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Los Niños, Trebian y Pequeña Orquesta de Trovadores en La Playita.-


Una noche de fogón imaginario ilumina las canciones de Los Niños, Trebian y Pequeña Orquesta de Trovadores, tres grupos que defienden las instrumentaciones acústicas e inusuales. Apoyados en la solidez de la amistad salen a tocar y cantar en una noche rebalsante de luna. 
 
Por Gustavo Obligado
Fotografía: gentileza de Los Niños

Buenos Aires, julio 31 (Agencia NAN–2013).- Son las 21:45 clavadas y en el escenario está Juan Niño y su banda: Los niños. Él es un sujeto bajito de pelos «timburtianos», ojeras pronunciadas y bigotes. Un pañuelo envuelto al cuello y una guitarra criolla para zurdos serán su armadura durante su repertorio. Su voz enmarañada, sensible y en ocasiones desgarradora entona un puñado de canciones sin desafinar. Está desenchufado. No por falta de micrófonos sino por una decisión inteligente. Así, él y los niños logran que la atención del público se concentre en ellos. Juan y su banda conquistan a un público juvenil, de amigos y parejas como si estuvieran rindiendo cuentas frente a un fogón invernal. En silencio teatral ayuda a que las letras se entiendan.



La Playita es un espacio recuperado. Un grupo de locos decidió redecorarlo con la suficiente delicadeza para no descuidar su esencia primigenia, esa de ser un reducto especial escondido en la gran ciudad. Las paredes despintadas y descascaradas, algunas intervenciones plásticas, afiches de fechas pasadas, luces de navidad, guirnaldas de colores, estrellitas fluorecentes y tubos de luz violeta. Todos los elementos abrazan al público junto a la buena atención y la calidez hogareña. Los espectadores se pasean con platos de comida casera entre sillas desordenadas de plástico blanco que no alcanzan para la cantidad de gente que se acumula en la sala.

El nacimiento de Los Niños se debe a las canciones que Juan tenía escritas hace tiempo y la convocatoria que hizo hacia el interior de su círculo de amigos para que las toquen. Para la fecha faltaron algunos de los músicos que integran el grupo original, pero a pesar de eso lograron sonar estables en la oscuridad blusera de «Daniela» o bien en los arpegios tensos de «Recreo», contrapuesto al cuasi bolero que es «Bailemos», desde el que proponen cómo ser caradura con una chica: “Dale probemos algo nuevo y olvidate por un rato de tu novio”. El juego coral que arma Juan junto a Vero Gerez (coros) es ideal como lo es también el que hace con el violín de Nacho Choro. La sutileza que se desprende del banjo de Santiago Azpiri y las melodías que recorren las manos del pianista Agustín Yabra son el colchón perfecto que sostiene las canciones.
El repertorio es corto, pero contundente. Los estómagos del público quedan con hambre. Se empiezan a escuchar las botellas, los vasos que se apoyan sobre el piso, los cubiertos que se golpean contra los platos en el intento desesperado por atrapar bocados de zapallitos de calabaza rellenos.

El turno siguiente será el de Trebian. Los oriundos de Villa Urquiza defienden su sonido acústico y susurran sus canciones con prolijidad pop. Los rasguidos de la guitarra de Martín Mikulik será la guía para las canciones, además Mikulik canta superponiendo su timbre de voz más apagado al agónico cantar que brota de la voz de Sofia Galarce, del que además se desprenden unas sugerentes y desgarrantes inflexiones. Las letras de los Trebian se inundan de desamor o abundan en el florecer del amor; evocan recuerdos de buenos momentos como en «Mar del Plata», donde entonan “tus palabras en los labios me dejaste, Mar del Plata, vacaciones, felicidad”.
La spinetteana “Los analistas”, con cortes y cambios de registro abruptos; la base bailable de «Amor Estribor» y el cierre esperanzador de «Preludio», en un canto al unisono que dice “ya no quiero depender de los demás” son la pincelada de un grupo pop firme con proyección y originalidad.

Los últimos de la noche serán los Pequeña Orquesta de Trovadores y la gente ya empieza a acumularse donde y como puede. Las opciones son sentarse en el piso o amontonarse en algún hueco o peldaño de escalera para poder escuchar un repertorio folk y de salón. La instrumentación inusual con acordeón de dos octavas que abre y cierra Agustin Yabra, las entrecortadas country que rasguea Martin D’Adamo y los arreglitos con un xilofón que salpica notas en la prometedora y enternecedora «Caramelos de Limón» se terminan de fortalecer con una endulzante armónica dylaniana sobre los versos que hablan de una chica/abuela que se pasea con su pañuelo bordo enamorado chicos.
La base que conforman la batería de Francisco Paz y el contrabajo eléctrico de Diego Rodriguez le darán al repertorio un toque swinguero afrancesado, cuasi cowboy, cuasi jazzero que encaja como rompecabezas con el salón añejo donde funciona La Playita.
La gente reconoce las letras y las murmura arriba, se sonríe con las ironías que proponen. Haciendo honor al nombre que llevan, las historias que cantan conforman el imaginario de personajes con los que es fácil identificarse como en «El loco del 9no A» o los «Seis Amigos del Revolver».
No es la competencia la que prima en el vínculo entre los tres grupos que integraron la fecha, sino la hermandad; una hermandad que se refleja en invitaciones que van y vienen o músicos que cambian de instrumentos y de formaciones con naturalidad. Es tal vez la búsqueda estética aquel punto en el que confluye el trío, debido a que usan en su mayoría instrumentos acústicos. Pero los estilos en los que profundizan cada uno les otorga la originalidad necesaria para distinguirse y obtener peso propio.