Con su órgano y su voz, Josefina Lamarre versiona temas del Indio Solari, Björk, Chavela Vargas, Virus, Ella Fitzgerald y Silvio Rodríguez, entre otros. Pero su unipersonal no es un recital. Aunque es el tronco, la música está al servicio del teatro.
Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Melancolía Erótica
Buenos Aires, agosto 14 (Agencia NAN-2012).- A este unipersonal le quedan muy poquitas funciones en la bellísima sala de La Boca. Vale la pena no perdérselo. Por todo: por el talento de la joven actriz y creadora, Josefina Lamarre, por el tema espinoso que lo atraviesa, y porque no se entiende del todo bien qué es. Eso no siempre es bueno, pero en este caso sí. Es el golazo. El teatro y la música, por sobre todo, pero también la danza y el arte pictórico se ponen aquí al servicio de un relato descarnado, complejo, solitario, que promueve un zigzag anímico. Hay, también, lugar para la literatura. “Necesitaba crear un formato que me permitiera una amalgama entre todas estas disciplinas para expresarme totalmente a través de ellas”, cuenta Lamarre a Agencia NAN.
La obra toma su título de una enfermedad que se diagnosticaba en el 1600. Claro, todavía el gran Freud no había venido a cambiar el mundo –y a los hombres– con su tétrica noción de inconsciente. Con el término “melancolía erótica” se designaba a ciertos síntomas que remitían al enamoramiento. Pero también a trastornos, como el abuso sexual, uno de los grandes temas de este unipersonal. El infantil, para más precisión. La artista –es que no solo es actriz, sino también bailarina, compositora y cantante– que en escena es una especie de diva de los’50, juega con esos términos, destrozando visiones comunes. Ella, en escena, con peluca rubia –a lo Marilyn–, hermosamente maquillada, y con una malla y medias de red que dejan ver sus curvas, sus piernas y su cola, es preciosa. Es erótica. Pero no es una gatita de Porcel o una bailarina de Tinelli. Y en cuanto a la melancolía, cabe preguntarse de qué trata esa sensación cuando consigue ser materializada. Y, sobre todo, cuando se le transmite a otro. En este caso, claro, al espectador.
Porque la melancolía, aunque es agridulce, se asocia más fácilmente al dolor. Y en esta obra el dolor no lo es todo. Es una parte, una mitad. Aparece más que nada cuando la actriz recuerda un episodio lejano y se retuerce ante la fantasmagórica presencia de alguien que ejerce poder y violencia sobre ella. La otra mitad de este cuento es el amor. El amor (el eros, por caso) y el dolor –o la pulsión de vida y la pulsión de muerte, ya que hablamos de Sigmund– son en Melancolía erótica fuerzas con un mismo peso y en pugna. ¿Y en qué se ve el amor? En la creación. Esta diva hermosa y sufriente, que ha tenido no una sino –aparentemente– muchas historias dolorosas a lo largo de su corta vida, en lugar de clavarse un whisky, sigue cantando, sigue bailando y sigue generando belleza. No se rinde. Todo le duele, pero de repente se para y sigue cantando. Un órgano y ella, sólo eso, dan la música al ambiente. Pero, ¿quién es esta rubia que luego de una metamorfosis pasa a lucir el mismo traje pero negro, hasta que finalmente deja ver su verdadera cabellera morena y llovida?
Eso queda librado a la imaginación de cada espectador. Podría ser una cantante o una actriz que está ensayando un espectáculo o una mujer encerrada en su cuarto que tiene ganas de romper todo pero que, sin embargo, elige ir por el lado dionisíaco de la vida. Porque, lo dijo el Indio Solari: “Donde hay dolor habrá canciones”. El Indio no es aquí nombrado al azar: es uno de los artistas a través de los cuales habla Lamarre. Sólo –es curioso— habla a través de otros. Tal vez sea demasiado difícil escarbar tanto en uno mismo y haya que ponerse alguna máscara. Ella canta, en un momento de la obra, un tema muy popular de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota, “Todo un palo”. Las piezas musicales son las que marcan el recorrido anímico –muy David Lynch, en palabras de la autora– de la obra. Hay de todo: Cecilia Todd, Bola de Nieve, Björk, Annie Lenox, Chavela Vargas, Virus, Mina, Ella Fitzgerald, Silvio Rodríguez y músicos anónimos afroperuanos. A este mix Lamarre le pone su impronta y sus propios arreglos musicales. No se puede estar de acuerdo con todos, pero sí con el hecho jugado de cagarse en los temas y volverlos, en algunos casos, más intrincados. También hay pasajes de pensadores, como Roland Barthes o Zlavoj Zizek.
Melancolía erótica tiene disco propio. Pero no es un recital, aún cuando pueda disfrutarse como tal. Hay que pensarlo más que nada así: esa voz a lo María Gabriela Epumer que saca Lamarre no es la propia. En la ducha no debe cantar igual, y seguramente si canta por fuera del artificio teatral, tampoco. Esa voz vale sólo para ese relato en particular, se amolda a gestos y posturas, al grueso de la historia. Es un recurso más. No por nada, la joven –quien se autodirige acompañada por Emilia Escaris Pazos –caratula a su espectáculo “pequeño cabaret poético musical”. La verdad, un espectáculo muy maduro para los pocos años que tiene Lamarre.
Actualmente, ella integra la sólida compañía infantil Tres Gatos Locos, muy independiente. Pero antes se ha movido en el teatro comercial. Llegó, incluso a cantar en el hotel Faena. En el ámbito alternativo, Lamarre fue dirigida por Mariela Asensio, Marcelo Savignone y Rubén Szuchmacher. También pasó por el cine. Con Melancolía erótica probó la autodirección, aunque acompañada por Emilia Escaris Pazos. La obra obtuvo varios premios y va por su tercera temporada. Estará todos los viernes que quedan de agosto en Pi y Margall 1124.
