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“Como mates con desconocidos”

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Así define la técnica del clown esta talentosa payasa. Añade que su sello distintivo es que se trabaja el material propio del actor. “Si uno se anima, genera un momento de empatía y de blanqueao de lo que nos sucede.” Tras actuar en el Cirque du Soleil, montó el unipersonal “Salto”, que volverá a comienzos de 2015. Fotografía: gentileza de prensa

Por Emmanuel Videla

Mercedes Lía Hernández es encantadora. Se la nota alegre y con una sonrisa que presta al contagio. Será porque pegó un salto en la escena porteña que la motiva cada día a involucrarse afectivamente en más obras. Es más, la payasa y actriz saltó de la gran maquinaria del Cirque du Soleil, luego de tres años de ir de acá para allá con su nariz a cuestas. “Mi fórmula era mantenerme viva, que la rutina no me comiera y no pusiera piloto automático”, dice sobre su experiencia en la compañía canadiense. Pero a pesar de su interés y su aprendizaje, se bajó nomás y empezó a remar en su propio bote. Hace unos meses, participó en la escena porteña en la obra Garibaldi IV, con la dirección de Gabriel Páez y texto de Gustavo Lista. Remó un poco más y arribó a su unipersonal Salto, una comedia trágica de altamar, que recientemente tuvo su última función en el Teatro Noavestruz y que se repondrá en febrero de 2015 para seguir con más viajes.

En Salto, Hernández es Rita, una cantante de ópera elegante que está a la deriva, perdida en un océano de incertezas. La pieza, que cuenta con la dirección de Luisina Di Chenna y María Florencia Álvarez, es un viaje por las aventuras de esta artista que, al parecer, saltó y se largó a la aventura sola con su valija. En esa búsqueda de un horizonte, Rita se topa con alegrías, picardías y tristezas. La particularidad de esta obra radica en la fuerza expresiva de la misma Hernández y de generar la acción en momentos que al parecer son de reposo para el espectador. El movimiento de su cuerpo es preciso y nada está librado al azar. Justamente, sorprende y genera risas inesperadas en los momentos más descriptivos de la obra. Es que se empapa de la técnica del clown para montar un espectáculo teatral. Por eso, Rita es Hernández también. En toda su obra, está latente el clown. Parece que va a romper la cuarta pared en algún momento. Todo está en su justa medida para lograr un equilibrio que hace a la obra potente por su destreza actoral y un texto debidamente ordenado de principio a fin. Esa fricción entre el teatro y el clown es lograda por Hernández.

—¿Cómo se encuadra su obra? ¿Es de clown o de teatro?
—No digo que sea una obra de clown pura. Está bueno contar el clown desde un lado diferente. No está rota la cuarta pared. Tomo la técnica porque soy clown hace muchos años. Es un desafío construir desde otro lado. La forma de contar la historia y los espacios son teatrales. Es producto de una búsqueda que tengo como artista por probar y profundizar. Probablemente, se piense que hay clown porque en la historia Rita mira mucho al horizonte. Y así se puede confundir.

—¿Qué sucede por lo tanto con la cuarta pared?
—Lo interesante es preguntarse si se la rompe con la vivencia misma de la historia, aunque no se la esté rompiendo técnicamente. Sin embargo, hay un momento en que se rompe, en realidad. Cuando hago un flashback y Rita canta. Más allá de todo, queríamos respetar el universo del personaje. Cuando se rompe demasiado la cuarta pared y el artista se involucra con el público, queda la historia en segundo lugar.

El vínculo que se va generando a medida que avanza la obra es fuerte. De hecho, Hernández bromea: “¿Pensaste que iba a agarrar a alguien del público?”. Esa interpelación, ese buscar el involucramiento directo del público, es muy propia del clown. Sin embargo, opina que en el teatro ese gesto “cómplice” también se genera, pero, claro, de otra manera.

Su amor por el clown llegó a los 18 años, “medio por casualidad”, porque no le daban los horarios para hacer un taller de teatro. “Vamos a probar”, cantó. De ahí en más, Hernández afinó cada vez más su nariz. “Fue amor a primera vista”, se libera y se ríe. “Cuando tuve la oportunidad de hacer la muestra del taller y estar en frente de un público, me di cuenta de que era lo que quería”. Su enamoramiento es tal que no recuerda muy bien cómo era esa imagen que tenía del payaso antes de empezar el taller. “Sabía que el clown, en una de sus facetas, tenía que ver con lo cómico y que estaba asociado al circo”, balbucea. Una cosa tiene en claro: “Cuando descubrí lo que significa la máscara y la nariz roja me cambió la vida”.

—¿Qué encontró en el clown que no le permite explorar el teatro?
—Lo que tiene de rico el clown es que se trabaja con el material propio del actor. Es muy constructivo. Uno construye arte a partir de sí mismo, de lo que uno tiene presente. Del costado emotivo de cada uno. Si uno se anima a trabajar con eso, es muy interesante para el intérprete y el público, porque se genera un momento de empatía, de blanquear todo lo que nos sucede. Como hecho artístico es genial. Genera una complicidad. Es como abrir una ronda de mate con gente desconocida. De golpe, genera mucha apertura. Y una de las cosas más ricas es que el clown de cada uno no tiene una forma definida.

Desde la distancia, Hernández ve con una sonrisa su experiencia en el Cirque du Soleil. La califica como “enriquecedora”. Es parte de su formación, pero una de las tantas a recorrer. ¿Cómo decir “no” a una oferta para explotar más aún su clown? Más allá de que contaba con un entrenamiento en teatro físico, en la gigantesca compañía canadiense precisó sus habilidades con el movimiento. “Como artista tuve que afinar mucho mi instrumento, es decir, mi cuerpo, para ser muy precisa, porque actuaba para 2500 personas todos los días y porque lo que yo exprese en escena se proyecta con más claridad”. A pesar de esos espectáculos masivos, “Mechi” —como la suelen llamar en sus propios talleres de clown— se mantuvo “fresca”. Es porque “hay algo intangible que se transmite en el escenario, como la instantaneidad y la frescura”, dice. Y reconoce, casi sin pensarlo, que “hay que estar presente y abierta para seguir haciendo el trabajo de payasa”. Prosigue: “La cuestión pasa por cómo renovar las ganas y las energías. No tenía que dejarme estar”. Una estructura como la del Cirque propone números relativamente estandarizados en todo el mundo, que hacen que cada artista se acostumbre a una rutina. Pero los clowns tienen más libertad para hacer algunas variantes en la estructura. “Si hubiese tenido que reproducir a la perfección algo que no tenía que ver conmigo, no me hubiese gustado mucho”, lanza inquieta. Será por eso que Hernández aprovechó todo el entrenamiento para lanzarse a una escena que está por fuera del circuito de la calle Corrientes. Para hacer reír y conmover a muchos espectadores. Esta payasa tendrá su nariz cada vez más roja y seguirá dando que hablar. Nada le falta. Y, como dice ella, “el clown jamás termina de descubrirse”.