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Multiexposición a diez años del 19 y el 20 en Matienzo.-

En el ciclo de jornadas que se realizan recordando el estallido de diciembre de 2001, el sábado pasado en el Club Cultural hubo dos obras del ciclo 15/20 y una charla abierta entre el director teatral Lisandro Rodríguez y el militante popular Pablo Solana.

Por Lola Kuperman
Fotografía de Natalia Fernández Acquier

Buenos Aires, diciembre 20 (Agencia NAN-2011).- El mutis, en teatro, se compone de un movimiento básico que exige el fin de la continuidad dramática. Puede ser, por ejemplo, que el actor o su interlocutor abandonen la escena, dejando que el silencio gane terreno para darle paso una sensación de quiebre, vacío o de falta. Pero no todo es tan lineal y puede ocurrir lo contrario en determinados contextos. Como sucedió en el Club Cultural Matienzo (Matienzo 2424), en el marco de la multiexposición por los diez años de los sucesos del 19 y el 20 de diciembre de 2001, donde el director teatral Lisandro Rodríguez terminó de entrevistar al militante popular, electricista y diagramador Pablo Solana, en una charla bien amena, cerveza de por medio. Habían hablado de Maximiliano Kosteki, Darío Santillán, la forma cooperativa como método de producción, la horizontalidad en la organización social y, claro, la fatídica jornada en el Puente Pueyrredón bajo luces que tenían la misma intensidad entre el público y el escenario. Al finalizar la entrevista, los dos protagonistas jamás estuvieron más lejos del mutis.

La conversación fue precedida y seguida por dos obras: la primera de Melina Marcow y la última de Claudio Mattos. Ambas formaron parte del ciclo 15/20 (15 directores sobre el 20 de diciembre) que durante el sábado 17 de diciembre envolvió a la terraza del Matienzo de un clima ideal para disfrutar de una noche de teatro. La pieza inaugural, de Marcow, construye su linealidad entre una puesta de cartón, medias blancas como títeres y una proyección donde los actores se integran a los espectadores. En cambio, la de Mattos utiliza una ácida ironía que coloca al espectador en la difícil encrucijada de no saber si reír o llorar. Una pareja en un restaurant y un mozo musicalizan una triste cena en la que los casados se disparan barrabasadas con un micrófono y una media sonrisa en los labios. “Dije que me importabas. No debí, fuiste un Papá Noel muy triste”, escupe ella y él se ríe hasta enojarse, como diez años atrás, cuando una parte de los argentinos salió a la calle al grito de “que se vayan todos”. 

El relato de una micro sociedad, el pueblo de Los Olmos, es narrado en la obra de Melina Marcow. Tres formatos son el camino para llegar hasta la debacle total. Unas medias en manos humanas relatan con las voces, ya grabadas de los actores, las frutas aún inmaduras de los saqueos que viviría luego el pueblo. Inmediatamente, los interpretes, como despertaron los argentinos aquellos días, se paran frente a sus espectadores y cuando escuchan su voz por los altoparlantes, levantan la mano. Se hacen cargo, todos, de sus palabras, de sus voces, de su historia. 

Por último, la obra de Marcow logra la catarsis en una proyección que va captando la atención de los participantes de la escena, quienes desinteresados miran sus peras y comen con un incierto equilibrio entre voracidad e indiferencia. Las imágenes, proyectadas por encima de sus cabezas, van elevando su tensión hasta que los actores no pueden ignorarlas más. Hay muerte, hay violencia, hay egoísmo y hay muestras de los sitios más oscuros que posee el ser humano. El teatro en el teatro, según la crítica Anne Ubersfeld, siempre dice la verdad. Una verdad que remite directamente a la represión policial, a sus 38 muertos y más de 400 heridos.

La noche finaliza con la fotografía de Fernando De La Rúa tomándose por el cuello, un plano cerrado, sin posibilidad de un mutis y menos de un respiro. Antes, Lisandro Rodríguez había mostrado la tapa del periódico Le Monde Diplomatique donde se leía: “Argentina 2001 – Europa 2011”. “Ese modelo lo miran desde allá y no lo pueden creer”, señala Solana, sopesando cada una de sus palabras e introduciendo las pausas escénicas que irrumpen en la mente de los oyentes. Él, militante del movimiento de Trabajadores y Desocupados de Lanús y del Frente Popular Darío Santillán, repasa su experiencia una década después frente a un público que asiente ante la propuesta de “lo que somos en chiquito, en corporaciones, se puede hacer a grande escala en sociedad”.

La conversación finaliza con una canción a cargo de la guitarra y voz de Rodríguez. Él sostiene que es “al azar”, sin embargo «Cantata de Puentes Amarillos» es impresionantemente adecuada. “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir que todo tiempo por pasado fue mejor, mañana es mejor”, canta Rodríguez y a los espectadores se nos pone la piel de gallina. La música da por terminada la entrevista, pero ningún interlocutor se mueve. Nadie quiere irse de la escena, ni para el caso, de la terraza. A diez años del 2001, ningún mutis es necesario.
*Hoy, a partir de las 18 horas, comienza la Jornada Interdisciplinaria del estallido de la crisis argentina, en Club Cultural Matienzo, Matienzo 2424, Ciudad de Buenos Aires.