
Por Loreta Neira Ocampo
Bien sabemos los melómanos que la música habla un idioma propio, que podemos escuchar alguna melodía cantada en una lengua desconocida, no entender nada y aún así sentir que comprendemos todo. Es algo que quizás no tienen todas las artes. Ya lo decía Wackenroder cuando afirmaba que el lenguaje nos puede describir todos los cambios sufridos por un río a lo largo de su trayectoria pero que la música nos da el río mismo. Resulta entonces complicada la tarea de tratar de plasmar en palabras las sensaciones que nacen bajo el manto del arte musical sin sonar cursi, sentimental o demasiado etéreo. Más complejo aún es cuando se es testigo de un momento en el que se entremezclan varias disciplinas artísticas en pos de la expresión honesta, de abrir mentes y corazones. ¿Cómo ser concreto al referirse a algo que nos voló la cabeza? Quizá no sea necesaria la concreción. Tal vez en ocasiones pensemos mucho y tratemos de encontrar respuestas y/o calificativos para hablar de sentimientos provocados por un simple (y no por ello “no complicado”) acto de sinceridad, y no nos damos cuenta de que lo fabuloso radica esencialmente en eso: en descubrir que alguien está siendo sin disfraces, sin caretas, desplegándose enteramente a pesar y gracias al miedo y al amor; explicándose a sí mismo a través de un medio que excede cualquier cosa que podamos expresar con vocablos. Ocurrió el último sábado de marzo en el show que brindó Proyecto Gómez Casa en el Teatro Caras & Caretas, cita que abrieron Jorge Crowe y Loli Mosquera, luego de que la tarde se disolviera entre nubes, suave viento y un dulce vinito de espera para entrar al universo de Bicho, séptimo disco del trío de rock experimental liderado por Rodrigo Gómez.
Con Ludotecnia —un hipnótico viaje audiovisual que involucró sonidos electrónicos, proyecciones, juguetes, calaveras y colores que mutaban según el ritmo— se dio por comenzada una ecléctica y multidisciplinaria jornada. Crowe y Mosquera, en conjunto, con circuitos electrónicos que exudaban psicodelia y sinestesia, mantuvieron atentos a todos quienes llenaban las butacas de la sala (incluido Diego Capusotto, fanático del trío), dejándose llevar sin más por un hecho real y ficticio que jugueteó rabiosamente con los sentidos. Luego de veinte minutos de esa experiencia multisensorial, que fue aplaudida intensamente, y de un pequeño break para calmar la psiquis, distender y fumarse un pucho en la vereda, a las 22.05 se proyectó el video dirigido por Iván Wolovik, en el que se retrata la experiencia de Gómez al entregar a domicilio las 70 entradas anticipadas para el concierto, muestra de una cercanía que se entendería firmemente a lo largo del show.
Al concluir la proyección, bajo la oscuridad aparecieron en escena Leonello Zambón, Sebastián Rey y Rodrigo Gómez. Llevaban atuendos negros y energía espesa, y de modo abrupto comenzó a sonar “Rockero 3”, segundo tema del disco grabado por Patricio Baumann en septiembre del año pasado. Con idioma propio (realmente, pues el ex baterista de Gordoloco trío y Open 24 se lo inventa a modo de refugio y terapia, para poder expresar ciertas cosas más bien privadas), matices de dinámica, distorsión y oleadas de ritmo atravesando las vértebras, el tema —que completa las dos composiciones tituladas “Rockero”, del disco Familixina (2010)— fue un majestuoso comienzo que dejó a todos meneando las cabezas, atónitos y hambrientos de más de esa intensidad, realzada por una lúdica iluminación.

La preocupación (o, mejor dicho, ocupación) por la puesta en escena se mostró desde el primer momento y fue casi teatral. “Casi” pues no es teatro, más bien se trata de una propuesta musical que piensa el vivo en sus infinitas posibilidades, a favor de la comunicación, de la exhibición del caos presente en cada uno de nosotros. Lejos de incomodar, ese caos llegó como un momento íntimo y expansivo, hermoso y movilizador.
Sin pausas extensas entre tema y tema, el ambiente era intenso y misteriosamente alegre. Jugando con distintos timbres y manipulando instrumentos, Gómez presentó en una primera parte del show siete temas que constituyen aproximadamente el ochenta por ciento de Bicho, más “Tranquilo”, la primera canción del disco homónimo lanzado en 2013. “Tranquilo, ya no tenés que demostrarle nada a nadie”, se oyó por los altoparlantes, mientras Gómez se movía sobre el escenario, de un lado a otro, como queriendo reafirmar eso que por sanidad mental no deberíamos olvidar nunca. La electrónica analógica acompañada por los efectos sonoros de la mano del hardware hacking de Zambón y la repetición lírica generaban un efecto de trance y ganas de lanzar las sillas lejos, imposible en una sala de teatro.
Siempre con un estilo de performance, con cambios de vestuario (de Gómez, pues Leonello y Rey mantuvieron sus atuendos durante todo el concierto), entradas y salidas de Los Fluxians (grupo encargado de la puesta en escena e integrado por Martín Flugelman, Axel Rothbarts e Ian Greiner), y rupturas de la llamada cuarta pared debido a intromisiones de Gómez y sus secuaces entre el público, el séptimo hijo de estudio del proyecto —que comenzó en 2002 en formato solista y que hoy es un mundo integrado por música, danza, lúdica iluminación, teatro y visuales flasheros— trasladó al espectador hacia un lugar dulcemente oscuro. Sonó “Golpeate” (sexto track de la placa de estreno) y se presentaron nuevos timbres de la mano de dos bronces: un trombón y una trompeta, que brindaron brillantes detalles a sombríos ambientes. Con sorpresas más melódicas y con formato canción, PGC presentó temas como “Algo en tu interior” y “De nuestro corazón”, composiciones que si bien no sueltan la esencia representativa de la banda, se alejan un poco de la dureza sonora característica (especialmente el segundo).
La última parte del show fue de canciones del trabajo anterior, álbum que cuenta con una fuerza sonora reveleadora y que hizo temblar la sala del barrio de Once. Al compás del sonido envolvente, tres mujeres se plantaron en el pasillo a bailar sin tapujos y con energía envidiable. Con agradecimientos múltiples, emoción y un carisma difícil de esconder, Gómez se dirigió hacia el público para continuar con su misión de responder a la vida y sus altibajos con creaciones; al amor con amor. Con una despedida de poco adiós y mucha bienvenida, Proyecto Gómez Casa anunció el último tema: “Me verás sonreír”, música que hizo subir a varios amigos de la banda a corear una frase en idioma desconocido (pero ese día bastante conocido), que se repite en compañía de bronces y de un atmosférico sonido de sintetizador. La tormenta sonora —rebosante de rayos y plenitud— se desvanecía mientras su eternidad sonreía hacia el futuro.