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«Soñar no cuesta nada» en La Carpintería.-

Cuatro actores, una estructura onírica, como un rompecabezas que va encastrando sus partes. Un cuento, una fantasía: sueños. Uno tras otro, sin saber quién es el que está soñando o es soñado. Esas es la propuesta de esta nueva obra de Hochman para niñas, niños y adultos. 

Por Soledad Arréguez Manozzo

Buenos Aires, noviembre 5 (Agencia NaN-2013).-  Aventuras en blanco y negro, canciones con olor a vainilla, besos de chocolate o travesuras en cámara lenta. Los sueños hacen que todo sea posible. Y la única fórmula (no tan secreta) para lograr que esa magia suceda es cerrar los ojos y dejarse llevar en un laberinto onírico. Esa es la propuesta de Soñar no cuesta nada, bajo la dirección de Claudio Hochman, que invita a la platea infantil a bucear la imaginación y hasta por qué no jugar con sueños prestados. La obra, estreno para la edición 2013 del Festival de Espectáculos para Gente Chica, reflexiona sobre la esencia de los sueños y la capacidad para movilizarnos a lo que deseamos concretar en el plano terrenal.
                                                                        
Entre sábanas y ropa tendida en la soga, cuatro actores en pijamas dan la bienvenida a chicas y chicos en el Teatro La Carpintería (Jean Jaures 858). Ronquidos, ladridos y canciones en francés se tejen de un sueño a otro, en un juego imbricado en el que soñando o despiertos cuentan sus sueños a los espectadores. Cada historia, con guiños para los adultos, logra atrapar la mirada inquieta de los infantes que entre las butacas se prenden de cada fantasía: la escena final de una película romántica, la jugada decisiva de un partido de fútbol y la loca rutina de una ruidosa ciudad. “¿Adónde para el colectivo anaranjado?”, se preguntan unos transeúntes a otros.

Con buenas actuaciones, el elenco –conformado por Marcela De Grande, Diego Freigedo, Vanina Judkovsky y Daniel Sansotta– sumerge a los pequeños en un viaje entre almohadas. La pieza narrativa de Hochman rompe, con gran cuota de humor, la linealidad de las historias tradicionales. Las escenas de estos soñantes se presentan bajo una estructura onírica, como un rompecabezas que va encastrando sus partes, un cuento tras otro, sin saber quién es el que está soñando o es soñado.

La cuidada puesta en escena construye sin dificultad ese puente mágico. Los elementos del escenario –cuatro sillas, cortinas y sábanas—componen, con buenos aciertos, el paso de un fotograma a otro como en una película de ensueño. En tanto, las luces tenues, aprovechando la arquitectura de las sábanas, logra la atmósfera ideal para los camisones en danza.

La música de Marcela de Grande sin duda es una de las claves de esta pieza teatral. Las canciones, acompañadas con guitarra criolla, dan ese condimento especial para que se produzca el hechizo y pasar del barrio porteño de Abasto a cualquier mundo donde los besos saben a fresa, chocolate o kiwi. A ritmo de milonga, malambo o chacarera, los chicos ríen, aplauden y bailan sobre las tarimas.

Despiertos o dormidos (quien sabe a esta altura) la cadena de sueños llega a su fin. La música se detiene, los sonidos callan y las luces se esconden. Entre sonrisas y aplausos, las niñas y niños salen de la sala, arrastrando a los papás camino a Pasaje Zelaya, donde un desfile de banderines de colores enmarca una tarde soñada para la infancia, esa gente chica.