En charla con Agencia NaN, el prestigioso director que integró El periférico de objetos y El
Caraja-ji, grupos emblema del circuito independiente de post-dictadura, cuenta cómo trabajó la puesta de Nada del amor me produce envidia, que dirige en el Maipo y cómo prepara su incursión en el musical con Vale Todo. Sus comienzo en el under, su relación con el teatro comercial y su defensa al teatro oficial.
Caraja-ji, grupos emblema del circuito independiente de post-dictadura, cuenta cómo trabajó la puesta de Nada del amor me produce envidia, que dirige en el Maipo y cómo prepara su incursión en el musical con Vale Todo. Sus comienzo en el under, su relación con el teatro comercial y su defensa al teatro oficial.
Por Alfredo Mera
Fotografía Jorge Larrosa
Buenos Aires, junio 19 (Agencia NAN – 2013).- Hace casi 35 años que no para. Desde 1979 que actúa, canta, escribe o dirige teatro sin tomarse respiro. Y así habla. Sólo lo distrae la tormenta que amenaza con volver a inundar Belgrano. Alejandro Tantanian comenzó a estudiar teatro al mismo tiempo que ingresó al Nacional Buenos Aires en un lugar cerca de su casa en Las Cañitas. “A los dos años me puse a trabajar intensamente haciendo asistencia de dirección. Después, empecé a actuar con Manuel González Gil que estaba haciendo El Loco de Asís. A partir de ese momento nunca paré”, cuenta a Agencia NaN quien el lunes estrenó en el circuito comercial Nada del amor me produce envidia, del cordobés Santiago Loza y con Soledad Silveyra y prepara la puesta de Vale Todo, con Enrique Pinti y Florencia Peña, pero que desarrolló su carrera y fue parte de un cambio en la dramaturgia argentina desde el off.
—¿Estar en un colegio como el Nacional en plena dictadura no frenó su vocación?
—Esa época fue una pesadilla. En ese momento el colegio era un lugar horroroso, de muchísimo miedo, de una disciplina militar. Pero a mí me salvó el teatro. Me salvó de un entorno que estaba en contra de lo artístico y de la diversidad sexual. Porque en el teatro además podía jugar con lo que me pasaba con los tipos. Desde el juego y desde la posibilidad del encuentro real. Además, me servía para encontrarme “novias” que me hacían la gamba en el colegio para que eso fuera menos duro.
—¿Lo fue?
—Esa experiencia fue demoledora en lo emocional. En cuarto año traté de abrirme, de hablar con mis amigos y decirles “soy gay”. Automáticamente me dejaron de hablar. Eso te forma, te hace tomar conciencia de lo que sos capaz. Yo pude con eso durante seis años muy heavies. A mí no me pasó nada comparado con lo que sufrieron otros, pero muchas cosas eran muy difíciles si tenías cierta sensibilidad. Por eso digo que el teatro me salvó. Hay algo de eso que terminó siendo constitutivo, como con cualquier situación difícil. O te quedás en el camino o si te la bancas sos otra persona.
—¿Sería otro director sin esa experiencia?
—Seguro. Soy muy obsesivo y controlador en el escenario, que para dirigir está buenísimo, pero también sé cómo desarmar eso y que no llegue al punto del estrangulamiento donde nada puede ser vital.
—¿Ser obsesivo y controlador lo ayuda a no dejar de trabajar?
—Es que nunca dejé de laburar. Hay algo en el trabajo que me da muchísimo placer. Algo muy libidinal. Por eso no me canso, aunque los ensayos sean durísimos. Si bien es muy importante para mí tener tiempo de ocio, con un par de días a la semana estoy bien. Las vacaciones me cuestan más. Ya en tres o cuatro días me pongo inquieto.
—¿Ni siquiera se cansa cuando está al frente de dos obras?
—Es la primera vez que me pasa de estar dirigiendo dos obras a la vez. Lo que pasa es que en ambos casos no se dependen de mí al cien por ciento a nivel de producción. Pude decir que sí porque tengo un equipo buenísimo y porque lo que estamos haciendo con Soledad Silveyra es algo mucho más acotado, más íntimo, un monólogo que ya tenemos hablado, del que ya sabemos lo que queremos y que ya estrenamos en el año pasado. Vale Todo sí, es mucho más grande. Con dos Vale Todo no hubiera podido.
Cruces, cruces y más cruces
En el 2000 lo invitaron con El Periférico de Objetos (el colectivo que integraba junto a Daniel Veronese, Ana Alvarado y Emilio García Wehbi, entre otros) a hacer Máquina Hamlet al festival Next Wave de Nueva York. A las cinco de la mañana, antes de viajar, fue a buscarlos un flete al espacio Callejón, sede del grupo. Cargaron los baúles con los muñecos, uno de ellos se sentó al lado del chofer y el resto se acomodó entre las cosas en la parte de atrás, fumándose lo que largaba el caño de escape hasta Ezeiza. Cuando llegaron a Nueva York los esperaba una limusina blanca de esas de película, con whisky y un televisor adentro. “No me puedo creer ni la del flete ni la de la limusina”, asegura Tantanian. “Eso tiene que ver con la capacidad de juego, que es esencial en el teatro. Entender las reglas para ser el mismo siempre, no hacerse el raro ni el simple porque sí”, dice el director.
—¿Se puede encarar de la misma manera un proyecto en el circuito off que en el comercial?
—Sí, más allá de que al ser materiales distintos hay algunas diferencias. Pero entiendo a la obra respecto de la especificidad que tiene. Y creo que un buen director es quien puede tomar un texto y hacerlo propio. De todos modos, descreo de cualquier gueto y el teatro tiene esos compartimentos estancos. Si lo comercial puede ser artístico o si lo artístico puede ser comercial son cuestiones que no me importan. A mí me entusiasman los proyectos. Me tienen que encender por algún lado, si no no puedo.
—¿O sea que no podría hacerlo sólo por dinero?
—No es por eso que elijo un laburo. Con lo económico en estos casos te tirás a la pileta. Acá no cobras por ensayos, te asociás con tu trabajo y después te llevás un porcentaje de lo que entra a la boletería. Si va bien te puede ir bárbaro, si va mal perdés. Por ejemplo, en los tres meses que duró mi primera obra comercial (El Don de la Palabra) gané muchísimo menos de lo que puedo ganar en una producción en el Teatro San Martín.
—¿Tampoco hay diferencias con respecto al manejo de los actores?
—La realidad de los actores del circuito independiente y del comercial es muy diferente. Y eso atañe muchas cosas. No sólo su poder adquisitivo sino la gente que conocen, los libros que leen. Obvio que hay que hacer un abordaje diferente, pero también tiene que ver con el material. Vale todo es un boudeville livianísimo pero muy divertido donde no hay voluntad de psicologismo. Hay que entender esa propuesta para llevarla adelante. Si me pongo a trabajar con Florencia Peña haciendo historia del personaje, la estoy pifiando.
—¿Piensa que con Vale Todo está preparando una obra para un público diferente al que lo conoce?
—No, yo trabajo un espectáculo para que ante todo me guste a mí. Si me remonto a mi formación artística, creo que una de mis formaciones más fuertes fue la de ser espectador, y el teatro que veía, sobre todo en los 80, era el comercial. Yo también me formé ahí y cuando era chico quería estar ahí. Entonces estar haciendo un musical con Pinti y con Florencia en el Teatro El Nacional para mí es como ir al Italpark. Lo estoy gozando, no quiero que terminen nunca los ensayos.
Raíces alternativas
Tantanian pertenece a un grupo de directores y dramaturgos que en los ´90 quebraron una meseta en la que había entrado la escena local. Grupos como el Periférico de Objetos o el Caraja-ji (que integraba junto Rafeal Spregelburd, Javier Daulte, Carmen Arrieta, Alejandro Robino, Alejandro Zingman, Jorge Leyes e Ignacio Apolo) rompieron tres décadas después con ciertos puntos de vista establecidos desde los ´50 y ´60, porque, según el creador de Los Sensuales, “hubo muy poco recambio”. “Sólo está Kartun ahí, como un puente, como parte de una generación que desapareció literalmente. Y aunque no era entendido por el status quo de ese momento, yo nunca escribí en contra, por ejemplo, de Tito Cossa”, reflexiona. —Pero rompieron con algo establecido… ¿Contra qué escribían?
—Simplemente escribíamos lo propio. Descreo de lo rupturista per sé. Eso es algo relativo, porque cuando quiero hacer una obra hago esa obra, no otra cosa. En el Caraja-ji, los ocho éramos muy distintos entre nosotros. Eso sí era novedoso. Entendíamos la poética del otro sin querer ser coercitivos, sin tener un discurso político uniforme, un enemigo claro.
—¿Siente que formaron público?
—Sí, generacionalmente. Pero como expresión, no con el afán de romper nada. Hoy pasa lo mismo. Hay cosas que no me representan a mí, pero sí a gente más joven. Eso es algo que tiene que ser así y va a ser siempre así. Lo que pasó con nosotros fue más quebrado porque hacía mucho que eso no pasaba. Hubo modelos que se acoplaban a lo anterior, pero porque no hubo fuerza, no hubo generación.
—Dirige Nada del amor me produce envidia en el circuito comercial luego de cinco temporadas exitosas dirigida por Diego Lerman en el circuito independiente. ¿Toma como referencia lo que se hizo hasta aquí?
—Yo leo una obra e imagino lo que quiero hacer, no veo un montaje anterior con el afán de separarme de él o hacer lo contrario. Me enamoré del texto de Santiago Loza y cuando vi Nada del Amor… le dije que me parecía que había que moverlo para que lo hiciera una actriz popular. Entonces el año pasado le llevamos el libro a Soledad Silveyra para que hiciera una función en el ciclo Teatrísimo. Tuvimos una reunión en su casa para que nos lo leyera y pasó algo muy sorprendente. Santiago sintió que se lo había escrito a ella y ella sintió que lo habían hecho a su medida.
—La obra es atravesada por el enfrentamiento político-cultural de los años 40. ¿Cree que este momento es adecuado para revivirlo?
—Son cosas que pasan y pasaron. El texto tiene un contenido político inflamable para este momento y yo le quiero tirar un pucho. Esta costurera que no sabe si venderle el vestido a Evita o a Libertad Lamarque recrea esa lógica del “estás acá o estás allá”, ese binarismo constitutivo de nuestro ADN que pareciera que si no llega a un enfrentamiento radical no para.
—¿Cómo vive actualmente esa división de la que habla?
—Siento la imposibilidad de que se entienda que uno puede no estar de un lado ni del otro y que no por eso es un tibio. Yo no soy una figura pública, pero tengo la posibilidad de estar trabajando con Silveyra, Peña y Pinti y, más allá de cómo se posicione cada uno políticamente, puedo ver con ellos el efecto que tiene la política en la vida de las personas y lo que ella padecen. El odio que la gente tiene con Flor, por ejemplo, es irracional. Es como si fuera la suma de todos los males, como si fuera un Aleph que concentrara la energía negativa de toda la gente que odia a este gobierno.
Un teatro comprometido
Con su último montaje en escena en el Teatro San Martín, Tantanian firmó y leyó una carta frente al ministro de cultura de la ciudad, Hernán Lombardi, en donde denunciaba situaciones problemáticas en los contratos. También participó en la suerte de escrache que sufrió el mismo funcionario en la inauguración del Bafici 2011 por iguales motivos. Hoy aceptaría sin dudar una convocatoria porque cree que “el teatro público como institución excede cualquier administración y es mucho más importante que un partido político”. Firme, el teatrista declara: “No voy a renunciar a trabajar en un lugar al que amo”.
—¿Cómo ve la gestión cultural en la Ciudad de Buenos Aires?
—Creo que se está haciendo una suerte de privatización del teatro público en la ciudad. No porque se privatice per sé, sino porque hay un montón de productoras privadas que vienen a reemplazar a los subsidios estatales. No es que se está coproduciendo con un privado en otro teatro, sino que se le está dando al privado la posibilidad de estrenar en salas de la ciudad.
—¿Eso genera una carencia en la variedad de programación del Complejo Teatral?
—La poca diversidad tiene que ver con la falta de presupuesto. Se va a lo seguro y no se toman riesgos. Eso es algo en lo que se debe intervenir para que no siga pasando. El teatro oficial está obligado a sostener el riesgo artístico, no a buscar rédito económico. Esa idea de que sea redituable, con clásicos, con actores consagrados, con producciones privadas, es porque lo hacen depender de la boletería. Si en cambio tuviera un presupuesto más alto se podrían arriesgar porque ya no estarían atados a la venta de entradas.
