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danza con lobos

terrorismo

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A comienzos de siglo, el filósofo italiano Giorgio Agamben señaló que el “Estado de excepción” se transformaría en el modo de gobierno “normal”, es decir, uno a uno se suspenderían los derechos consagrados en los órdenes constitucionales vigentes en pos de una constante y creciente necesidad de asegurar la “protección” de los ciudadanos. En su obra Estado de Excepción, publicada en 2005 en nuestro país por Adriana Hidalgo, el filósofo italiano responde en la entrevista que abre el volumen acerca de esta ambigüedad constitutiva del orden jurídico que es a la vez “vida y norma, hecho y derecho”: “El estado de excepción es el lugar en el cual esta ambigüedad emerge a plena luz y, a la vez, el dispositivo que debería mantener unidos a los dos elementos contradictorios del sistema jurídico. Él es, en este sentido, aquello que funda el nexo entre violencia y derecho y, a la vez, en el punto en el cual se vuelve ‘efectivo’, aquello que rompe este nexo”.

 

Quizás el ejemplo cercano más dramático sea la reciente decisión de la Asamblea Nacional francesa de extender el estado de excepción (L’état d’urgence) a causa de lo ocurrido en Niza, precisamente cuando los legisladores estaban a punto de ponerle fin a la medida tras varios meses de vigencia. El Primer ministro, Manuel Valls, declaró en una conferencia de prensa: “Francia deberá vivir con el terrorismo por mucho tiempo”. Mientras, los gobiernos europeos profundizan las estrategias de extrema vigilancia (con sus respectivas consecuencias, como una mayor presencia de policía militarizada en las calles, razzias cotidianas y quejas sindicales de parte del personal de seguridad sobre cuestiones salariales o logísticas), a la vez que endurecen la legislación vigente (enmiendas, decretos, extensión del estado de excepción, entre otras medidas). Podría establecerse una curva ascendente desde la Patriot Act estadounidense de 2001 hasta las actuales medidas de contraterrorismo que se desarrollan en Europa: cada vez más leyes, más personal, más armas y más vigilancia. Las características particulares de la Unión Europea combinan, por un lado, esfuerzos significativos de cooperación (tal como se plasmó en el último documento del G7 sobre “el plan de lucha contra terrorismo y extremismo violento) y, por el otro, particularidades de cada país, con diferentes capacidades y tácticas frente a la cuestión.

 

Un aspecto importante de este conflicto es el tipo de terrorismo que se pretende enfrentar. Muy lejos de aquel prototípico que buscaba imponer determinadas ideas políticas o religiosas a través del uso de la violencia pero vinculado, ya sea a organizaciones políticas (el tradicional binomio “brazo político-brazo armado”), la “propaganda por el hecho” anarquista o la toma violenta del poder en busca de un orden institucional nuevo. En los últimos atentados, tanto en Europa como en Estados Unidos, proliferan los llamados “lobos solitarios”, es decir, personas que llevan adelante atentados por su propia cuenta, sin formar parte de manera explícita de ninguna organización (o respondiendo a “proclamas” lanzadas por Internet, como el refugiado sirio de 27 años que se detonó en Ansbach, Alemania, hace dos días) y que acaban con su vida durante sus acciones o, acorralados, se enfrentan a las autoridades hasta la muerte.

 

Foto: Anita Pouchard Serra
Foto: Anita Pouchard Serra.

Ante formas de acción tan particulares son muchos los aspectos que deben tenerse en cuenta, como muchas son las hipótesis que suscita la progresión atroz de los acontecimientos. Tomemos el caso francés, por ser actualmente el país más golpeado por atentados. En primer lugar, elementos históricos subyacentes que, aunque lejanos, inciden claramente en el presente. Tal el caso del modelo colonial francés, basado en una separación tajante entre “lo europeo” y “lo nativo” (la cultura autóctona del norte de África), lo que originó en la actualidad grandes porciones de la población francesa con orígenes marroquíes o argelinos que sufren la exclusión de las instituciones políticas, educativas o culturales. En este contexto, particularmente los jóvenes de los suburbios más desfavorecidos (banlieues) son a menudo carne de cañón de la prédica religiosa radical. Asimismo, se dan casos de seguidores de las teorías conspirativas racistas más delirantes. El 22 de julio reciente se conmemoraron cinco años del atentado en Noruega perpetrado por Anders Breivik, un “lobo solitario” que pretendió “alertar” a Europa de la amenaza de la islamización y el marxismo matando a 77 personas.

 

Como elementos emergentes, se encuentran las redes sociales y todos los dispositivos, plataformas y sistemas de comunicación que permiten entrar en contacto con mensajes de odio que retratan a Occidente como un lugar decadente y atroz (al cual hay que “destruir” desde una posición de extremismo religioso o “salvar” desde un lugar de idealización político-cultural de “lo europeo”), al mismo tiempo que expanden las imágenes de las acciones terroristas, dándole a los perpetradores una audiencia inaudita de miles de millones de personas que pueden reproducir en modo continuo los fusilamientos, las explosiones y las decapitaciones. Hasta el momento, todos los planes de censurar o controlar el flujo de esas imágenes y consignas por parte de los medios y las empresas de Internet han resultado infructuosos.

 

Otro aspecto es la precariedad económica que actualmente padecen las juventudes europeas (otra vez Francia y su política de flexibilización laboral, con virulentos y masivos conflictos en las calles, huelgas, manifestaciones y represión). Este círculo vicioso de desprotección-exclusión-marginalidad-terror espectacular se repite en las comunidades afroamericanas de los Estados Unidos, con una dialéctica siniestra de ejecuciones sumarias de transeúntes negros llevadas a cabo por la policía en plena calle, y asesinatos grupales de uniformados por parte de francotiradores, todos ellos “lobos solitarios”, al igual que el autor de la masacre de la discoteca Pulse, en Orlando, del pasado 12 de junio o, en horas recientes, el tiroteo en otro local bailable (Club Blu) al sur de Florida y el ataque a machetazos realizado por un solicitante de asilo sirio de 21 años en Reutlingen, Alemania.

 

A estas complejas cuestiones internas de cada país se suman los conflictos armados en Oriente Medio y sus inmensas cuotas de desplazados y refugiados, con potencias occidentales tomando partido en un tablero de poder altamente inestable y con conflictos regionales interreligiosos y étnicos de larga data (turcos-kurdos, chiismo-sunnismo, rusos-chechenos, etc.).

 

Esta suma de situaciones preocupantes no se encuentra muy lejos de aquella analizada por Roberto Espósito en su libro Bíos. Biopolítica y filosofía. Allí, en las primeras páginas, indicaba que “de la guerra de y contra el terrorismo a las migraciones masivas, de las políticas sanitarias a las demográficas, de las medidas de seguridad preventivas a la extensión ilimitada de las legislaciones de emergencia, no hay fenómeno de relevancia internacional ajeno a la doble tendencia que sitúa los hechos aquí mencionados en una única línea de significado: por una parte, una creciente superposición entre el ámbito de la política, o del derecho, y el de la vida; por la otra, según parece, como derivación, una vínculo igualmente estrecho con la muerte”.

 

Police secures the area of a subway station Karlsplatz (Stachus) near a shopping mall following a shooting on July 22, 2016 in Munich. Several people were killed on Friday in a shooting rampage by a lone gunman in a Munich shopping centre, media reports said / AFP PHOTO / dpa / Andreas Gebert / Germany OUT
Foto: Télam.

La lucha por la preservación de la vida de todos los miembros de la sociedad parece correr una carrera interminable contra la sucesión cada vez más vertiginosa de asesinatos masivos que pueden estallar en cualquier parte. Teatros, discotecas, shoppings (como en Múnich recientemente), aeropuertos, iglesias, mezquitas o supermercados pueden convertirse en cuestión de minutos en verdaderas zonas de guerra por obra de estos personajes anónimos que actúan desde cualquier parte. Esta caída de las lógicas políticas tradicionales ya aparecía esbozada en la obra de Espósito: “El dato incontrovertible es un desplazamiento general del campo, de la lógica e incluso del objeto de la política. En el momento en que, por una parte, se derrumban las distinciones modernas entre público y privado, Estado y sociedad, local y global, y, por la otra, se agotan todas las otras fuentes de legitimación, la vida misma se sitúa en el centro de cualquier procedimiento político: ya no es concebible otra política que una política de la vida, en el sentido objetivo y subjetivo del término”.

 

La noción de “inmunidad” adquiere así todo su peso específico en momentos donde ya no se intenta construir un conjunto de instituciones políticas como elemento básico de la vida en común, sino que lo que se busca con urgencia es proteger la vida a como dé lugar, lo que origina una circularidad y homogeneización de las terminologías, las disciplinas y los protocolos, como señala Esposito: “Cuando se considera por una parte el léxico explícitamente médico —incluso epidemiológico— adoptado en el combate contra los virus informáticos temidos, de por sí, como potencial vehículo de terrorismo internacional; y por la otra, la terminología expresamente militar con la que, también en ámbitos científicos, se ilustra el funcionamiento del sistema inmunitario ante las amenazas ambientales, el círculo se cierra de modo perfecto sobre sí mismo”.

 

Si el terror adquiere en estos momentos ribetes de “infección global” es porque, en palabras de Espósito, esta vez de su obra Immunitas: protección y negación de la vida (2005, Amorrortu): “El término que mejor se presta a representar esta mecánica disolutiva —justamente por su polivalencia semántica, que lo ubica en el cruce entre los lenguajes de la biología, el derecho, la política y la comunicación— es “contagio”. Lo que antes era sano, seguro, idéntico a sí mismo, ahora está expuesto a una contaminación que lo pone en riesgo de ser devastado”.

 

Foto: Télam.
Foto: Télam.

Es precisamente en este contexto que la idea de “nación” y de “autoridad transnacional” o “unión de naciones” colisionan constantemente (para muestra es suficiente indicar el asunto Brexit). La cooperación internacional en materia de seguridad tiende a aumentar (tal el caso de los operativos que se están llevando a cabo para los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro). De manera paradojal, el aumento de la presencia policial, militar y cámaras en las calles, los aumentos de presupuesto en seguridad y las bases de datos privados analizados masivamente por organismos transnacionales de inteligencia producen un mundo en apariencia más “seguro”, pero por cuyos pliegues y puntos ciegos se cuela el horror de modo casi diario.

 

De este modo, la figura emergente del “lobo solitario” puede ser considerada en cierta medida como “punto de convergencia” no solo de factores personales que no agotan el fenómeno (la sucesión de hechos en diversos países y contextos no permiten hablar de meros “casos psiquiátricos” aislados), sino también puede visualizarse el despliegue de estrategias políticas radicales de preservación de la vida frente a amenazas que se vuelven cada día más difíciles de prever y controlar.

 

Ya Michel Foucault indicaba en su clase del 18 de enero de 1978 en el Collège de France: “La ley prohíbe, la disciplina prescribe y la seguridad, sin prohibir ni prescribir, y aunque eventualmente se dé algunos instrumentos vinculados a la interdicción y la prescripción, tiene la función esencial de responder a una realidad de tal manera que la respuesta la anule: la anule, la limite, la frene o la regule. Esta regulación en el elemento de la realidad es, creo, lo fundamental de los dispositivos de seguridad”. Quizás ahí yace el desafío actual, en la tarea imposible de regular una realidad global en constante aceleración, hipermediatizada y atravesada por conflictos de toda índole.

 

*Es becario UBACyT en el área de Cultura y Sociedad. Actualmente trabaja en el proyecto «La figura terrorista en la seguridad global. Un analista biopolítico de los modos de control y resistencia a partir de la legislación terrorista posterior a 2001», bajo la dirección de María Gabriela D’odorico.

 

barro@lanan.com.ar