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Versos que escapan al encierro.-

Entre alambrados, rejas, paredes descascaradas y uniformados brotan las palabras de un grupo de poetas que se plantea resistir al poder, en el sentido foucaltiano del término. Esos torrentes de vida que se escapan de la Unidad 31 del penal de Ezeiza son parte de Lunas cautivas. Historias de poetas presas, film de Marcia Paradiso que retrata algunos retazos del taller Yo No Fui. En clave intimista, este documental no sólo testimonia el mundo femenino dentro de prisión sino que se pregunta hasta qué punto es posible alcanzar la libertad interior a partir de la escritura.
Por María Daniela Yaccar
Fotografía gentileza de Marcia Paradiso
Buenos Aires, agosto 2 (Agencia NAN-2013).-
–Este libro habla del sistema y de cómo cambió.
–¿Para bien o para mal?
–Y… si lo comparás con la época en la que te colgaban en la plaza, para bien.
–Ah… entonces no cambió nada. ¡Es la misma mierda!
Esta conversación la tienen dos mujeres en la biblioteca de la Unidad 31 del penal de Ezeiza, al sur del conurbano bonaerense. ¿Estarán hablando de Vigilar y castigar? Seguramente. Qué medio eficaz el cine para decir tanto en tan pocos minutos. Liliana Cabrera y María Ferreyra –tales los nombres de las mujeres– están hablando de Foucault en el mismo sitio en el que Foucault construyó parte de su filosofía sobre el poder. “Es la misma mierda”, le dice María a la bibliotecaria, que es Lili. Es la misma mierda, pero gracias a que antes de Foucault hubo un Sartre reconocemos algo que se llama humanismo, y que tiene que ver con la capacidad del hombre de hacerse cargo de la realidad, de su realidad. Que tiene que ver con la esperanza o, al menos, con otra reacción no menos intensa que es la resistencia.
                                                                               
Lunas cautivas. Historias de poetas presas es resistencia. María Medrano, coordinadora de la asociación civil Yo No Fui, lo es. Lili, María, Lidia Ríos, Silvina Prieto, María José Sánchez Rico, Adela C… todas y cada una de las muchachas que aparecen en esa pantalla son resistencia. Esa pantalla, que nos pone enfrente la cineasta Marcia Paradiso, nos conduce a un universo de altos alambrados, cuervos, rejas, ruido de candados, paredes descascaradas, uniformados que vigilan un predio que es la desolación misma. En contraste a todo eso, están las palabras que brotan de un grupo de poetas que se plantea resistir a la conquista del poder, en el sentido foucaltiano, desde un lugar que en el afuera muchos maltratan –los medios de comunicación, por caso–: la palabra. La palabra propia. No pasarán. Si uno tuviera una reja enfrente, si uno perdiera la libertad física, seguramente intentaría usar la libertad que le queda.
Es humanista el registro de Paradiso. Casi que no se nota que alguien estuvo ahí, presenciando por dos años los talleres de poesía (N.de.R.: Cabrera contó en una entrevista que, incluso, la directora del film participaba escribiendo), casi que las cosas se cuentan solas. No hay palabras ni miradas a cámara. Sí muchos primeros planos, muchos planos detalle también, de labios y ojos delineados, de manos agitadas cargadas de pulseras. No hubo, entonces –lo adivinamos–, preguntas invasivas. Paradiso se distancia de aquello que retrata aunque se percibe que lo sintió de muy cerca, que su sensibilidad supo llegar al aleph en el que todos los puntos se unen. Foucault, Paco Urondo, las rejas, el humo de los cigarrillos, los mates, las palabras… Paradiso –y gracias al visionado de la película, el mismo espectador– está en ese “torrente de vida que se escapa” entre el muro y las calles por donde circulan los que no están marginados, aunque cabría preguntarse qué y cuáles son los márgenes. Cada tanto una imagen nos vuelve al sitio donde estamos sentados, a la butaca del Gaumont, a los alrededores de la Plaza Congreso. En algunos planos, se ven autos que viajan hacia algún lugar. Mientras, hay una cárcel y muchas cárceles donde hay gente encerrada.

“La reja se cierra, deja surcos invisibles en el mosaico; marcas que permanecen como heridas abiertas, en las muñecas, cortes verticales en las venas, de esos que no se pueden suturar. Ustedes allí, nosotras acá. En el medio, un torrente de vida que se escapa. Es imposible unir lo que separa.” Este es un fragmento de un poema de Liliana Cabrera, una mujer arriba de los treinta que, antes de empezar el taller con Medrano tenía dificultades para hablar. Después fue bibliotecaria y después escribió un libro que se autoeditó. Luego un segundo. El tercero ya salió, se llama Tu nombre escrito en tinta chinay, en lugar de tener tapas de cartón como los anteriores, contiene a los poemas de Cabrera en maderas. La de Cabrera es una de las historias en las que profundiza la lente de Paradiso.
La documentalista eligió a tres mujeres a las que siguió de cerca aunque, en realidad, casi siempre se las ve en grupo. La poesía es en Yo No Fui y en las vidas y obras de estas mujeres una actividad en buen grado colectiva. Los nombres, en todo caso, ordenan el relato y además rotulan narraciones dentro de la gran narración que pueden tener un principio, un medio y un fin. La cámara se posa en Lidia Ríos, una mamá que recupera la libertad. Antes, la vemos escribir poesías; en una de ellas cuenta que es “amante cada quince días”, en otra que no se siente ni porteña ni provinciana… Hasta que una noche Lidia se sube a un camión y la iluminan las luces de la ciudad. La cámara sigue también a Majo, una española, que hace un buen tiempo que no ve a sus hijos, y que finalmente consigue una foto para volver a ver sus rostros, y que en sus poesías habla de volver. De volver a su familia, a su Patria. A sus hijos.
Lunas cautivas es una película que se disfruta, que es bella, bellísima, y tiene el funcionamiento de una poesía, que es una poesía con información. Además es una película necesaria. Hoy se usa mucho esa palabra en el periodismo cultural: tal o cual obra no es linda o fea solamente, es necesaria. Sí. Ante tanto discurso sobre la inseguridad, con las causas del problema absolutamente diluidas, como si naciera de un repollo; ante la asociación frecuente de la cárcel a “lo tumbero”; ante tantos focos de resistencia separados, funcionando en lugares distantes, en unos pocos medios alternativos, en talleres brindados por militantes, en iniciativas propias de los artistas que están detenidos; ante todo eso, que es malo, y ante –algo bueno– la recuperación de la idea de sujeto que se hace cargo de la realidad después de años tan apáticos, tan poco sartreanos, Lunas cautivas… habla de sujetos. Porque aunque un sistema se esfuerce por cambiar nombres por expedientes, siempre habrá sujetos. El Poder, sustantivo, y el poder, verbo. Una poesía es acción. Y hay palabras que no se puede llevar así como así el viento.

* El documental puede verse en el cine Gaumont (Rivadavia 1635, CABA) a las 15.50 y a las 21; y el Cosmos-UBA (Av. Corrientes 2046) de jueves a domingo a las 17.