
Por Nahuel Lag
Había una vez una tierra ideal o imaginada o simplemente posible llamada Puerto Quilombo. El territorio fue hallado por un grupo de fotógrafos que, en busca del lenguaje propio, hizo foco en las historias que emergen de los territorios que se autonconstruyen en los bordes de las grandes urbes o resisten en los campos rodeados por el agronegocio. Territorios-vidas invisibilizados por las luces del centro, por los flashes de las selfies, por los ojos del relato hegemónico. El camino a esa ciudad lo marcaron Gisela Volá, Nicolás Pousthomis, Gerónimo Molina, Martín Barzilai, Verónica Borsani, Gabriela Mitidieri, en Buenos Aires, y Olmo Calvo Rodríguez, en Madrid. Los siete integran Sub, Cooperativa de Fotógrafos, que hace diez años retrata-construye otra realidad y una filosofía de vida a partir del oficio que los une. El boleto a Puerto Quilombo se obtiene hasta el 8 de febrero en el Centro Cultural Recoleta (Junín 1930, Ciudad de Buenos Aires).
El cartel luminoso enmarcado por la abertura de ingreso a la sala 12 del centro cultural indica que estamos allí. Es un cuarto largo, pero chico para ser una ciudad. No sólo tiene imágenes enmarcadas, como para decir que uno está en una muestra tradicional. Sub, en la víspera de cumplir una década como cooperativa fotográfica, venía amasando un concepto, una síntesis de los trabajos realizados en la Argentina, Latinoamérica y Europa. La idea inicial era un libro —aún en construcción—, pero la oportunidad de exponer los tentó a darle cuerpo, desbordar la muestra restrospectiva, e instalar una ciudad sobre la base documental de resistencias, amores, dolores, solidaridad, fraternidad sin fronteras. “Trabajamos con la idea de palimpsesto: aquellas escrituras antiguas que se sobrescribían una sobre la otra. De alguna manera, mostramos el recorrido de la cooperativa superponiendo las imágenes de estos años, una capa sobre otra. Desde las imágenes con cámaras analógicas en blanco y negro a hoy, ante una situación tecnológica muy distinta”, explica Borsani.
En la sala, una marquesina callejera carga varias imágenes en blanco y negro (2001 en el Obelisco, toma de tierras en el Indoamericano, un retrato de la cultura villera). Sobre ellas, otras historias-imágenes a color cargan el dolor diario y la simbología que lo hace más llevadero. En frente, una gigantografía de un viejo clic que capturó la palabra “dólar” pintada sobre una pared sobrecargada de cal. El color o su falta pierde el sentido del paso del tiempo ante una palabra transversal en la vida de los argentinos. Una chapa se sujeta sobre la gigantografía: “¿Cuánto cotizará en verdes el techo de un rancho humilde?”. Más allá, el retrato de un barco de papel espera que suban los que se fueron en 2001, que bajen los que volvieron más tarde, que crucen las fronteras los ciudadanos del mundo, que sigamos navegando rumbo a Puerto Quilombo.
—¿Por qué tuvieron la necesidad de desbordar el formato típico de muestra?
Gisela Volá: —Es un diálogo entre diferentes tiempos. Al pensar en cómo celebrar los diez años de la cooperativa, si bien son muchos para nosotros, no queríamos caer en una retrospectiva porque tenemos respeto por quienes tienen muchos más años. Por otro lado, hacer algo como elegir las mejores fotos es aburrido.
Verónica Borsani: —Nos interesa que Puerto Quilombo sea una experiencia, que quien pase tenga la sensación de algo envolvente. Hacer una muestra clásica de cuadros enmarcados en vidrio no permitía construir el concepto del viaje, de flashes, momentos, experiencias, sensaciones.
G.V.: —La primera vez que jugamos con el concepto de instalación fue el año pasado con Gilda. Ocurrió que con la muestra de fotos nos quedamos sin la parte musical. Nos faltaba mover las caderas y entender otras cosas. En esa muestra la fotografía fue un lenguaje más dentro una trilogía compuesta por video y la instalación de un santuario. La idea es lograr, a partir de la historia propuesta por la fotografía, que se despierte algún sentido más que el de la vista.
Dos verbos podrían contener la muestra, si no se tratara de un palimpsesto para cada visitante: amar y resistir. “Si estuviera aquí ahora sería otra persona, pensó un chico libre como cualquier otro habitante de esta ciudad autoconstruída”, dice el texto impreso en la pared cerca del retrato de una mujer morena. La resistencia aparece en el amor del núcleo familiar, en retratos que desbordan la pared, en la forma explícita de las manifestaciones y la cotidiana de la vida en los barrios.

El reflejo del sentimiento y la acción contiene una tensión en el trabajo fotográfico de Sub: el fotoreportaje, lo documental, y la captura de una historia más profunda y por tanto universal, la poesía. “En San Darío del Andén hubo un quiebre. Veníamos trabajando algo más documental, y de pronto la historia de un santo, de alguien que ya no está. Nos encontramos con el desafío de representar de otra forma y eso provocó un giro a lo poético. La búsqueda estética está dada por la historia: no es lo mismo una familia en un country, un militante asesinado u otra figura canonizada como es el caso de Gilda. La respuesta la vas a tener en la historia”, analiza Borsani.
San Darío del Andén fue la primera muestra de Sub en el Recoleta, en 2010, a ocho años del asesinato de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en la estación de Avellaneda, que ahora lleva sus nombres. “Experimentamos la estética. Buscamos la belleza y, si está relacionada de alguna manera con el esteticismo, aprovechamos de ello las herramientas para contar mejor las historias —agrega Volá—. En San Darío… hicimos un trabajo que no tenía pretensión de ser documental o fotoperiodismo; al contrario, hicimos una composición desde la imagen, desde lo lumínico. En lugares multitudinarios, durante movilizaciones, hicimos retratos con flashes, una puesta en escena, porque pensábamos la estética de la imagen en función de atrapar la historia. Era un hecho que si lo hubiésemos encarado desde lo fotoperidístico, que es nuestra esencia, no hubiésemos abierto el debate en otros espacios como el Centro Cultural Recoleta. Para nosotros es interesantísimo traer nuestro trabajo a este espacio y al mismo tiempo sostener muestras en la vía pública, en lugares amigos, en lugares autogestionados, en hospitales públicos como lo hicimos con Gilda en el Muñiz. Nos interesa abrir espacios, no tener uno fijo”.
—¿Cómo definirían el recorrido desde que se identificaron como Sub hasta la materialización de estos diez años de trabajo en Puerto Quilombo?
G.V.: —El concepto “sub” surgió en la búsqueda de lo que estaba por debajo, lo suburbano, subterráneo, surrealista. En estos diez años, lo “sub” lo desarrollamos, y descubrimos las historias que convivían en ese universo. Cuando las conocimos, empezamos a entender su identidad: territorios, culturas, idiosincrasias, costumbres. Empezamos a componer un territorio propio, evidenciamos qué cosas de Bolivia pasan en Paraguay, en Perú, en Ecuador, en Cuba, en la Argentina, en Chile, en Brasil. Esas constelaciones de historias que fuimos armando en esta década tienen cosas bellas y trágicas, que nos gustan y enamoran. Con ellas construimos un lugar: Puerto Quilombo. Al igual que Sub, esta ciudad es un territorio donde no hay reglas, pero sí sentidos comunes: la libertad, la emancipación, la celebración de lo trágico de la vida, lo maravilloso de las relaciones humanas.
V.B.: —Puerto Quilombo también es un homenaje a las quilombolas, a los espacios libres creados por los esclavos que escapaban de sus amos en lo que hoy es Brasil. De la misma manera que aquéllo era una apuesta de liberación, en 2004 armar una cooperativa y apostar a algo distinto dentro de lo que es el capitalismo y las relaciones laborales, no solamente en lo económico sino en lo emocional, también lo fue. Al crear Sub nos propusimos vivir de la fotografía, pero de otra manera, emparentada a los modelos de las fábricas recuperadas, a la autonomía.
—¿Qué evaluación hacen de diez años de trabajo colectivo?
G.V.: —Cosas como la firma colectiva, armar trabajos de manera grupal, fueron experiencias que pusieron los cimientos del grupo de manera radical. Lo más importante que hicimos en estos años, lo realmente político, es repartir nuestro salario de manera igualitaria. En ese hecho se juegan otras cosas. El hacerlo y sentir que puede lograrse, que podés ponerte a la par del otro para lograr algo que completa esa palabra de “lo colectivo”. Dando mi creatividad, mi tiempo, mis ganas, mi esfuerzo, mis ideas y encima mi sueldo, el proyecto es total, una forma de vida, una filosofía y no sólo formar parte de un grupo.
V.B.: —Es una forma de funcionar que multiplica un montón. Es un aprendizaje constante en el que cada uno puede ser, como individuo, pero que nos permite reírnos de nosotros mismos. La experiencia colectiva licua el ego. La firma colectiva valora el rol de cada persona: no solamente la que hace el clic, el rockstar de la fotografía, sino que te hace comprender que vos pudiste hacer ese clic allá, en tal viaje, porque acá, en la oficina, hay otro que está levantando el tubo para vender tu nota. Entonces, la firma colectiva no es sólo invisibilizar al individuo. Para nosotros es la forma de realmente ser justos y justas, de que cada persona que trabaja sea valorada. Todo se cocina entre todos.
G.V.: —Otra cuestión que es realmente política son los principios. Todo lo que hemos hecho ha sido con ganas de lograrlo, sin transar, sin esperar que nadie te dé nada. Partiendo desde ese lugar, cuando te proponen algo, lo pensás dos veces, y aprendés a decir que no. Un buen consejo para un grupo que quiere armarse y lograr objetivos es ir tranquilo, porque las cosas van llegando de a poco, pero lo que no hay que perder son los principios: lo político y lo humano. Las personas que forman parte del grupo tienen que poder entender qué es lo que el grupo propone para poder aportar desde lo personal. Tiene que haber un cobijo en el que poder adecuarse y también transformar, partiendo de códigos comunes que le dan forma, que son las razones por las que estás ahí.
—Esta década fue también la de la explosión de la imagen. La evolución técnica generó una práctica cultural, la selfie, y un medio de comunicación, Instagram. ¿Cómo reacomodan la imagen como herramienta para contar historias?
G.V.: —Si retomamos el concepto de palimpsesto y lo revisamos en el contexto actual, podemos ver a Instragram como un espacios de reescritura constante y expandida por todos lados. Sin embargo, lo que es completamente diferente es que en la reescritura cibernética es muy poco lo que queda. Hay una masividad de la imagen como un nuevo lenguaje que no dice mucho. Si bien utilizamos esas herramientas, tratamos de analizar para qué realmente sirven. En ese sentido, pensar una muestra fotográfica en esta era sirve para no perder la práctica de elegir pocas fotos con una razón, con un sentido, tratando de que no sean sólo buenas fotos sino que armen un concepto, una historia y provoquen un pensamiento, una reflexión: que la foto deje de ser sólo una cosa. Nunca fuimos sólo fotógrafos. Somos personas que dialogamos constantemente, con formaciones completamente distintas, siempre relacionados desde la imagen, pero con bagajes particulares. Está bueno frenar el ritmo del agite fotográfico cibernético que todo el tiempo parece querer decirnos cosas pero que no nos está diciendo nada. Por eso, la muestra tiene distintos planos, microhistorias y, al mismo tiempo, un concepto general que lleva tiempo madurar.
V.B.: —Reflexionamos mucho Puerto Quilombo, hace años que lo hablamos, lo sentimos. Como todo proceso creativo, son años de amasar y amasar. De repente, todo esa sustancia cuaja. Hay una honestidad grossa en la creación de Puerto Quilombo, no es sólo una imagen que se sube a una red social.