
Por Nahuel Lag
“Puede ser que las revoluciones
sean el acto por el cual
la humanidad que viaja en tren
aplica los frenos de emergencia”
Walter Benjamín
¿Qué es el desarrollo? A más de 500 años de que los planes coloniales de Occidente se expandieran a este lado del Atlántico y a 250 años de que la primera Revolución Industrial iniciara un acelerado y constante cambio de la economía, las relaciones sociales y la cultura —mediante una inédita carrera tecnológica (“Mi bisabuelo llegó en barco, mi abuelo compró un Ford-T, papá fue al espacio y yo puse un robot en Marte”, podría decir algún joven científico de la NASA)— encontramos este 2014 de crisis económica, social y climática. El desarrollo convencional, sin lograr “derramar” lo suficiente para satisfacer necesidades básicas de millones de personas, parece haber encontrado un límite en la calidad de vida que puede ofrecer: hacinamiento en las grandes ciudades (existen 22 con más de diez millones de habitantes), sobreexplotación de los recursos naturales y las fuentes de energía (el consumo humano ya es superior a la capacidad de la naturaleza para renovarse, según varios estudios) y crisis ambiental (la Organización Meteorológica Mundial determinó que en el hemisferio sur se vivió el verano más caluroso de la historia, los estadounidenses enfrentaron temperaturas de 40 grados bajo cero y en el Ártico el termómetro registró diez grados más que lo habitual). Frente a la crisis civilizatoria, un paradigma alternativo al capitalista está siendo recuperado en Latinoamérica desde los pueblos originarios, los movimientos sociales y académicos, y hasta en las flamantes constituciones de Ecuador y Bolivia: el Buen Vivir. Sumak Kawsay, en quichua. Suma Qamaña, en aymara.
El Buen Vivir no es algo nuevo. Tampoco propone volver a un pasado remoto. El Buen Vivir muestra una alternativa a las ideas centrales que sostienen el modelo de desarrollo dominante, regido por la acumulación material infinita a través de la explotación de recursos naturales y humanos, sustentada en el individualismo y la competencia. El historiador aymara boliviano Fernando Huanacuni, en un estudio publicado por la Coordinadora Andina de Organizaciones Indígenas (CAOI), precisa que el Buen Vivir es el “paradigma de la cultura de la vida, que es naturalmente comunitario”, y que se sostiene por los principios de complementariedad entre el hombre y la naturaleza, que “emerge de la visión de que todo está unido e integrado”, y el de reciprocidad en la producción, la distribución y el consumo.
¿Y cómo se aplica a mi vida cotidiana?, se pregunta rápidamente el lector. “Entendiendo que el Buen Vivir no es vivir con el derroche al que nos acostumbró la dinámica del mercado. Eso forma parte de uno de los grandes desafíos, tal vez el más difícil de revertir, porque importantes sectores urbanos de Latinoamérica poseen un modo de vida ligado al consumo incesante de productos. El capitalismo, como modo de vida, nos creó un conjunto de necesidades que, de no ser resueltas, nos hacen sentir que vivimos en la pobreza. De ahí que cuando se estandarizan las formas de consumo, creemos que la sociedad se ha vuelto más democrática”, responde Sarela Paz, socióloga boliviana, doctora en antropología social e integrante del equipo de la Plataforma Boliviana Frente al Cambio Climático.
Cambiar el chip y pensar que las cosas pueden ser distintas no es un camino fácil en la filosofía de la calle ni en la de la academia ni en la de la política. Respecto de lo político: los movimientos sociales, urbanos y originarios impulsaron la llegada a la presidencia de Evo Morales en Bolivia y de Rafael Correa en Ecuador, y su mismo peso logró que las Asambleas Constituyentes impulsaran cartas magnas que reconocen los principios del Sumak Kawsay o Suma Qamaña. Sin embargo, de la letra al hecho… “Presos de ideas que consideran insoslayable pensar el desarrollo sin actividades extractivas, los gobiernos de Bolivia y Ecuador han encontrado renovadas formas de obtener ingreso fiscal para ampliar los alcances de sus políticas públicas, sin razonar críticamente acerca de cómo la forma renovada de obtener mayores ingresos fiscales implica, como en un pasado, la dependencia y la reproducción de los procesos de desarrollo del capitalismo mundial”, alerta Paz. En Bolivia también se aprobó, en 2012, la Ley de la Madre Tierra, que obliga a las empresas mineras e hidrocarburíferas a asumir compromisos con la regeneración de la naturaleza. En la Argentina existe la Ley de Glaciares, que impide la actividad minera en el nacimiento de los cursos de agua dulce.

A nivel teórico académico también hay un casillero ganado. Ante la crisis del paradigma de desarrollo, surgieron desde los países más industrializados —los más explotadores de los recursos naturales— conceptos tales como “desarrollo sustentable”, “desarrollo amigable” o “revolución verde”, propuestas que no se tradujeron hasta ahora en cambios en los modos de producción. Pensar desde el Buen Vivir permite resolver un conflicto planteado por Boaventura de Sousa Santos en relación a los cambios políticos y sociales en Latinoamérica: el sociólogo portugués indicó con ingenio que la tradición crítica eurocéntrica perdió los “sustantivos críticos” y comenzó a distinguirse de las ideas convencionales por “adjetivos”. Si la teoría convencional habla de desarrollo, la crítica dirá “sustentable”, lo cual perpetúa un límite en el horizonte político-intelectual. El desafío propuesto por el pensador es el de “abrir espacios analíticos para realidades ‘sorprendentes’ (porque son nuevas o porque hasta ahora fueron producidas como no-existentes), donde puedan brotar emergencias libertadoras”.
En este sentido, después de una década de gobiernos progresistas —con posturas marcadamente neodesarrollistas en los casos de la Argentina y Brasil—, el ecólogo social uruguayo Eduardo Gudynas sostiene que el debate del Buen Vivir y el posextractivismo “ofrece una orientación para construir colectivamente estilos alternos al progreso material y apunta a ‘desacoplar’ la calidad de vida del crecimiento económico y de la destrucción del ambiente”. A ese “desacoplar”, Horacio Machado Aráoz, catamarqueño, doctor en Ciencias Humanas e investigador en Clacso, le dice “batalla cultural por construir nuevas formas de vida” y asegura que “nos atraviesa a todos, incluso a las clases urbanas, que no se consideran parte de los pueblos originarios y se sienten atraídas por el modelo hegemónico de desarrollo”.
Machado Aráoz propone desarmar el rompecabezas del desarrollo: “El concepto de ‘riqueza’ tiene que ser profundamente resignificado. Incluso desde los paradigmas de la izquierda tradicional se habla de ‘redistribuir la riqueza’, pero se necesita repensarla, priorizando la disponibilidad del tiempo libre de las personas para su realización personal, su salud, el acceso a las fuentes de energía, la alimentación y el agua. La riqueza en términos de reproducción de la vida y no como acumulación de bienes. La dinámica del capitalismo ha producido sujetos insensibles a las fuentes de vida y nos acostumbramos a formas crecientes de violencia cotidiana en las grandes ciudades”.
El docente de la Universidad de Catamarca baja la teoría a su pago y destaca la lucha de las comunidades de Tinogasta y Andalgalá respecto de la explotación minera a gran escala, las cuales, ante la propuesta de “poner dinamita y triturar las entrañas de los cerros” para que las empresas transnacionales se lleven los recursos naturales locales a bajo costo y se importen al precio del último e increíble televisor o celular, decidieron reconstruir su propia historia y recuperar prácticas de siembra, cría de ganado y artesanía textil. “Esas son formas de resistencia”, asegura Machado Aráoz. Y agrega: “Catamarca, que siempre exportó mano de obra a Buenos Aires, está viviendo un reflujo migratorio, en el que terceras generaciones de familias catamarqueñas vuelven a arraigarse en su tierra en busca de otra forma de vida, bajo nuevas condiciones que no buscan repetir el pasado sino recrearlo”.
Alguno insistirá en el análisis convencional: “El futuro es progreso”. O “Volveríamos al pasado”. Machado Aráoz le responde: “La idea de los avances y los retrocesos es un lugar común en el pensamiento colonial. En nuestra concepción europea pensamos que el pasado es lo que vamos dejando atrás y el futuro lo que está por venir. Los pueblos originarios proponen que el pasado es lo que podemos ver y conocer, mientras que el futuro es lo que no. Entonces tenemos que manejarnos con mucha precaución ante cosas que son inciertas en un mundo absolutamente complejo. Tenemos que hacerlo con cuidado, guiándonos con el pasado como fuente de memoria y conocimiento. Lo que no quiere decir que todo desarrollo científico tecnológico que se produjo en la modernidad tenga que ser descartado. Podemos utilizar el teléfono para comunicarnos, la computadora como medio de trabajo, pero debemos repensar la utilidad de las armas, de las formas de transporte individualistas y de los insumos de la agricultura moderna, esos venenos que les ponemos a nuestros alimentos. ¿Qué nos daría el Buen Vivir y qué no?”.
Fuente: NaN #16 (marzo-abril de 2014). Conseguila escribiendo a hola@lanan.com.ar.