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Libros: «Vísperas» (Adriana Lunardi, 2008)

La escritora brasileña Adriana Lunardi convirtió en poesía cotidiana algo tan incómodo e incierto como el momento previo al final de la vida. Y lo hizo a través de un estudio minucioso de las biografías de memorables escritoras, y no para analizar su legado sino lo que podrían haber sentido, después de todo.  
  
Por Nicolás Alonso
Buenos Aires, junio 17 (Agencia NAN-2013).- Horas finales en las que nada es pensable, en las que ninguna pregunta puede ser siquiera formulada, cincelada o apenas esbozada. Aquello que Derrida define magistralmente recurriendo al concepto de aporía. Esos límites, ese esperar(se) en los umbrales de una muerte que se vive en los últimos retazos de vida. De eso se trata Vísperas (Bajolaluna), compendio de relatos que la joven escritora brasileña Adriana Lunardi escribió en base a ciertos hechos que conforman esas “últimas horas” de literatas célebres como Virginia Woolf, Dorothy Parker, Ana Cristina Cesar, Colette, Clarise Lispector, Katherine Mansfield, Sylvia Plath, Zelda Fizgerald y Julia Da Costa.
 
La materia prima son los hechos de biografías siempre prolíficas. Y en particular, los aspectos más llamativos de esas biografías. Recordemos que tanto Virginia Woolf, como Ana Cristina Cesar y Silvia Plath se suicidaron. Mientras que Julia Da Costa murió luego de pasar sus últimos años de vida ciega, escribiendo lo que sería su primer novela. En tanto Clarice Lispector murió de cáncer después de pasar sus últimos días internada en Río de Janeiro.
 
Esos hechos de la vida, digamos personal, suelen ser utilizados por la crítica a modo de brújulas o, más bien, como herramientas para desarmar un obra literaria. Para intentar subsumir ese universo creativo que cada obra representa en la tranquilizadora experiencia de vida (o muerte) de quién la haya creado. De igual forma sucede con las lecturas psicológicas de las obras. Aportan algo, nadie lo duda, pero ni por lejos llegan a dar cuenta de la inmensidad de una obra. Por todo ello es que la propuesta de Lunardi es tan fresca y vitalizante. Porque recupera los fragmentos últimos de las biografías de estas reconocidas escritoras, y los utiliza para incorporarlos al mundo al que aquellas escritoras siempre pertenecieron: la literatura.
 
“El esfuerzo desesperado de Virginia ignora las reacciones del cuerpo. Las voces no permiten que ella calcule ya sus avances. Es como una pesadilla en que se cree correr sin salir del lugar. Todo comienzo es así, ella sabe de esas cosas. Los cuentos, las novelas, las cartas. Sufría el mismo terror de no poder lograrlo.” La intimidad juega un rol preponderante en todos los relatos. Es como si cada “víspera”, si cada signo de ese final que se aproxima se manifestara con toda su contundencia en lo cotidiano, en lo íntimo y banal que se sucede a diario. La tenue poesía con que fluyen los relatos le da a Lunardi una herramienta invaluable a la hora de construir ambientes, escenarios y situaciones de una manera sólida, fresca, autentica.
 
La fuerza de los nombres propios que aparecen en Vísperas es utilizada a favor del despliegue literario. No abruman, no pesan. Al contrario. Aparecen como en un juego en que todo aquello que los lectores, más allá de su conocimiento de estas escritoras, conciben como lejano y etéreo, se vuelve cotidiano, íntimo y, sobre todo, vivo (“Dottie descubre que un peine es poco para desembarazar la cabellera”). Esa vitalidad no sólo reside en la prosa tan lograda de Lunardi, sino en la actitud misma de vérselas con semejante trabajo de investigación (recordemos que estos relatos están basados en las últimas horas de esas nueve literatas), y luego, con la sola convicción de decidir jugar, en el buen sentido, con eso. Utilizar esa información como motor para la creación, para la invención.

En definitiva, este libro –traducido al castellano por Leopoldo Brizuela y respaldado por la siempre valiosa editorial Bajolaluna– constituye un hermoso intento por entrar en el juego ficcional, haciéndose cargo de esos escritores admirados para transformar esa admiración en energía creativa. Energía puesta al servicio de la poesía y la reflexión porque si existe un tema sobre el cual escribir, ese tema es la muerte. O más bien el aspecto visible de la muerte: las horas finales de la vida.