El muralista platense habla de un arte que condensa lo primitivo del mural y la fuerza discursiva del graffiti. Usa aerosol, pincel y pintura. Elige la sonrisa como símbolo y la pared como territorio. “El muralismo es una actividad artística comprometida, en este sentido, la pared siempre está ahí, abierta a todos”, plantea.
Por Ana Esperança
Fotografías: Analía Osaba
La Plata, abril 18 (Agencia NaN-2013).- Todo comenzó en Tailandia, milenario país entre Laos y Camboya. Era 2008 y Santiago Cereceda, de ahora en adelante Sato, estuvo allá cuatro meses y en un momento de lucidez atajó la ficha, grande como un piano, que caía en tiempo real bajo el cielo del sureste asiático: quería dedicarse al arte. Así las cosas, se encaminó a desafiar el típico imaginario desde el que vivir del arte es una cuesta arriba, y llegó a la primera parada de un viaje que no sabe dónde va a terminar. Estado de situación a la fecha: por viajar a un pueblo junto a tres ilustradores a pintar un mural. Planes de un futuro mediato: viajar laburando. “Mi proyecto con el arte es vivir de esto y con esto viajar”.
En análisis retrospectivo ensayamos definiciones sobre el mural y el graffiti como expresiones artísticas y sociales. En su trabajo, el impulso creativo tiene algo de espiritual. Una fibra vibrante que lo atrae una y otra vez a la pared inspirándolo a flipar en diversidad de formas y colores. A contar desde un ángulo abierto, porque su campo de acción es la calle. “Me interesa todo lo social, la sociología, la filosofía. El muralismo es una actividad artística comprometida, en este sentido, la pared siempre está ahí, abierta a todos”, analiza el artista que el año pasado pintó el mural Hospigraff para promover la construcción de un hospital en Los Hornos, en una fábrica abandonada. Una de las aristas complicadas del oficio es el costo de los materiales: “Los materiales son carísimos, un aerosol de 300 mililitros sale más caro que un litro de látex. Y eso es complicado siempre a la hora de laburar. Cuando hacemos gestiones de tipo barrial el Estado generalmente no se copa en ayudar a solventar los materiales”.
Además de la impronta militante y popular del arte muralista, Sato tiene un ímpetu gregario que le hace conocer constantemente personas y conectarlas entre sí. “Unir gente me re divierte, que se conozcan y en ese compartir fortalecer una mirada del mundo”, plantea. Agrega: “Me llama mucho lo social, todo lo que ahonde en lo humano. Iba a estudiar filosofía o ciencias de la educación. Al final estudié plástica, hice dos años y dejé, pero empecé a producir a pleno.”
Como escenario, asoma el mural que pintó con extensor (un palo con un rodillo en la punta que oficia de mega pincel) en el último diciembre sobre la pared lateral de un edificio que da a la terraza de la Casa C´est la Vie. El dibujo describe lo combustible que puede ser el humano: un sumario recargado de emociones, una autobomba, en el más extremo de los casos. En parte por la dimensión, en parte por lo que representa, captura enseguida la atención: es un cerebro del que salen venas coronarias abrochadas a la válvula de seguridad de una granada. Sato volcó en esa gigantografía algo que sobrevolaba su cabeza y lo cristalizó para los eventuales visitantes de la terraza: “Después de una conversación con mi ex, centrada en que no podía conectar mi cerebro con mi corazón y, consecuentemente, iba a explotar, salió este mural”.
¿Los vecinos del edificio dijeron algo, se quejaron?, pregunta esta cronista por la bestia sobre la pared. “Creo que todavía no se dieron cuenta”, suelta, relajado.
“Un mural cuenta algo muy metafórico, muy flashero”, dice Sato y sigue: “Escapa un poco a eso de ponerse reglas. Uno se pone reglas para sentir o ser en una relación, algo que en realidad es muy chuvi” (según él, algo es una composición equilibrada entre una cagada y una truchada).
“El mural nace para contarle una historia al pueblo analfabeto, sobre cómo sembrar o las cuatro épocas de siembra, por ejemplo. Es ancestral, viene desde los neandertales que pintaban las cuevas”, concluye.
El graffiti es una expresión popular que tiene la connotación de la protesta social y el escrache. Es el uso popular del espacio público o privado por el aerosol urbano y tribal que tan bien se describiera en Vencedores Vencidos. “El graffiti tiene eso de transgresor en sí mismo, el uso del espacio, la inscripción que se hace en la calle”, puntea Sato en una revisión sintética sobre el arte callejero. Y cuenta que también usa el aerosol para pintar murales.
La primera vez que participó de un evento de pintura en vivo fue en 2010: “Era febrero y me invitaron a pintar. Ahí conocí a Itu, un chico de Buenos Aires que para mí es una bestia, usaba de todo, pintura, látex, lo que sea. Incorporé eso de estar abierto a distintos recursos, materiales y técnicas. También quedé impresionado con el trabajo de Rodex, un colombiano que hizo un elefante con extensor y tachos de pinturas de color que quedó genial. Aprendí que la pared es un soporte que tiene pliegues y ventanas y, sobre todo, una física muy atractiva. Es el espacio que prefiero, tiene una dimensión que no tiene la hoja, impacto. En cuanto a los recursos, son una mezcla de lo que la historia creó tecnológicamente, aerosol, pincel, pintura”.
–¿Hay algo que se repita en tus dibujos?
–La inspiración te encuentra trabajando, decía Picasso. Muchas veces me sorprendió algo que después se instaló como parte de una estética. Hay días que bajo la lapicera y me pongo a hacer un dibujito y algo llega desde cierta línea, una especie de canalización. De chico me pasaba que empezaba a dibujar y no sabía adónde iba a terminar, lo seguía como hipnotizado y ese dibujo me estaba diciendo algo. Cuando empecé en pared, sí comencé a buscar una estética sobre lo que quería transmitir: casi todos mis dibujos tienen sonrisas, me parecía que si iba a estar en la calle era bueno transmitir eso. Creo que con el tiempo se va a poner más intelectual: este (el mural cerebro/ corazón/ granada) es mucho más nerd que el que está en 531 y 8, que es un chabón riéndose: me gusta eso de la bocota, cómo queda, plástico y visual. Pero yo me veo en distintos dibujos.
–¿Usás recursos de otros campos, para inspirarte, de la literatura por ejemplo?
–No me gusta leer mucho. Leo lo que me interesa pero soy medio anti lo que se supone que hay que leer. No es que me parezca mal, pero no lo elijo para mí. Cuando me preguntan ¿no leíste Rayuela? Ay, no, no lo leí. Algún día me va a caer. Yo veía que toda la gente de mi edad (26) estaba leyendo Rayuela, pero a mí no me llegaba en ese momento. Me atrapa lo que tenga un costado social y humano, por ejemplo de Hesse, Demian y Sidharta. Pero sí, todo te puede inspirar.
–¿Qué te gusta de lo que se está haciendo en La Plata?
–En pared, Valentino Tettamanti me encanta, tiene unas líneas muy lindas. Rodrigo Acra, también. Gente que hace graffiti, letras, el Porra. Mi abuela, que dibuja zarpado, le decimos Pirucha, poné Pirucha, por favor, siempre nos ponía a todos los nietos a dibujar o a bordar. Yo hacía cualquier bizarreada y a ella le encantaba. Decía que como la obligaban a copiar había perdido la capacidad creativa, no podía arrancar sino no miraba un modelo. Eso me sirvió para no copiarme de nadie. Me pasa que conozco algún artista que me gusta y no me gusta explotarlo, invadirlo. No me gustan los extremos ni los fanatismos.
Pareciera que el paradigma –espontáneo y personal– del arte en Sato es seguir su río interior sin detenerse o dudar. Nadar como un pez confiado al impulso. Seguir a ese pez fluyendo sin interrupciones –como el agua que rellena cada hueco antes de seguir avanzando– manteniendo el ritmo y la claridad del líquido en movimiento. Lo abismal, el agua. Hexagrama 29 del libro de las mutaciones.