
Por Nahuel Lag
“Ese día el partido venía bastante fulero. El clima estaba bastante caliente. Los tipos discutían todo.” Así nomás parece que está por comenzar otro divertido cuento inspirado en el rectángulo verde, la gambeta, el once contra once. Sin embargo, el dibujante y guionista Emiliano Utrera sólo deja correr los nueve primeros cuadros de Barras para poner la mirada del lector en los verdaderos protagonistas: en los “chicos” de la bandera, el bombo y algunas cosas más. Pasan pocos cuadros más para empezar a ver la otra trama de la historia: el “Gordo” o “Castro”, un cuidacoches de la barra de Almirante Brown, se escapa de la Policía que intenta emboscarlo para llevárselo de “perejil”, luego de que el capo de la barra le soltara la mano. El trazo en tinta china le pone dinámica, las viñetas se completan unas a otras para imprimir velocidad; los gritos, golpes y saltos son exaltados por unas líneas rápidas, la caligrafía cambia para marcar la fuerza de una acción, el paisaje del conurbano marginal aparece entre tachos abiertos, fábricas recicladas sobre las vías y las pintadas de algún candidato a algo.
Con la historia del “Gordo” también aparece la del “Indio”, otro ladrón de medio pelo de la hinchada de Yupanqui, y “Xuxa”, el pesado de la historia, el que mueve las armas y la guita, jefe de Los Borrachos del Tablón. “En la cabeza tenía más de diez historias, por lo que lo más difícil fue seleccionar y empezar el relato. De todas maneras, tampoco sé bien lo que va a pasar ahora, eso aparece mientras dibujo”, explica Utrera, que se supo valer de las historias que le llegaron en su antiguo barrio de residencia, Villa Celina, tierra de Almirante Brown y Nueva Chicago, y de primera mano de fanáticos de las tribunas. Además, le sirvió su afición por las páginas de Internet dedicadas a historias del aguante.
Entre tanto material escuchado y leído, el primer y el segundo número de esta historieta —que según su dibujante y guionista tendrá más de 50 capítulos, si la economía se lo permite— entrelaza tres y casi una decena los personajes que empiezan a tomar identidad. Esta no es la primera historieta que encara Utrera, quien ya había hecho Barrios Bajos y colaborado en la multifacética obra de la organización Culebrón Timbal El Cuenco de las Ciudades Mestizas. Aquellas dos también tenían en su registro historias de barrios excluidos del conurbano bonaerense, más educativa la primera y más fantástica la segunda. Con Barras, decidió meterse con los “matones”, con el estereotipo de una realidad que ya no puede obviarse —aunque políticos y dirigentes parecen intentarlo— y que a la hora de dibujar le entregaba colores para la acción.
“Me ofrecieron guiones de detectives, siempre tipos altos y con gamulán, todos muy norteamericanos, sin acción. Me gusta que haya corridas, peleas. En los ‘matones’ encontré eso”, explica. Lejos del hincha amistoso que Caloi creó en Clemente, Barras muestra la real-politik, el mundo mafioso, oscuro y desesperante. El dibujante confiesa que no va en busca de la historieta documental del Maus de Art Spiegelman sino que lo que le interesa es crear una historia. Lo otro, asegura, queda en “evidencia”. Por eso, adelanta que el guión, que por ahora tiene como protagonistas a los barrabravas, en próximos números traerá a policías, dirigentes y políticos. Y, por las dudas, enumera: “Ya sabemos de la relación de (el jefe de gobierno porteño) Mauricio Macri con la barra de Boca; o que la ‘Chancha’ Ale, que fue presidente de San Martín de Tucumán y lo sacó campeón, es un dios en la provincia que tiene detrás el caso de Marita Verón”. También recuerda las novelas de Cristián Alarcón Cuando muera quiero que me toquen cumbia y Si me querés, quereme transa para referenciarse y cerrar el debate de qué y cómo contar.
Entonces, metido en el cuadro por cuadro, el lector se sumerge en el barrio y se acerca a una serie riquísima de personajes grotescos, de rasgos exagerados, de personalidad fuerte, grosero, de códigos inviolables. Es imposible no trazar un puente hacia Cazador. “¡Quién no tuvo una Cazador en la mano!”, celebra la coincidencia Utrera, respecto del registro popular de la historieta. “Cazador marcó un pequeño giro, una pequeña revolución. Antes, había cosas de las que no se podía hablar”, apunta. “El mundo del cómic es muy cerrado, las obras buscan líneas muy poéticas y yo quiero que lo que hago lo lea la gente que no se acercaría a la historieta. También hay una línea muy autorreferencial en ese mundillo y yo digo: ¿todo lo que te pasa merece que lo cuentes?”, lanza Utrera para seguir: “Me gusta divertirme mientras dibujo y crear historias”.
Y de eso sí que no falta en el mundo variopinto de Barras, con escenas hasta delirantes como la de un malón de hinchas de Yupanqui yendo a robar… a caballo nomás. Además de los personajes secundarios: el transa –-un viejo con forma de niño al que nadie respeta, pero todos acuden en busca de todo lo ilegal–, la prostituta, la quiñelera, la kiosquera; mujeres con voz en el guión y que imponen su respeto. Los diálogos ayudan a crear un mundo a partir del uso de un vocabulario de “gueto” –“del hampa”, diría la policía—- y el dibujo trabajado a detalle provoca que ese mundo esté integrado por seres que, si bien pueden ser ubicados temáticamente en una realidad más palpable que cercana, pertenecen a la ficción. “Me dedicó mucho al dibujo, le pongo mucho empeñó, y noto que falta trabajo en ese sentido. Apareció en el cómic un estilo de dibujo muy sencillo, como si no importara más que como excusa para contar algo”, señala el dibujante. Esa pasión y la dificultad de presentar trabajos en la esfera editorial, “donde te piden trabajos cerrados para publicar en algún momento, si tener un momento para sentarse con el editor a pensar qué historia contar” es la que acerca a Utrera al mundo del fanzine, a ese espíritu en el que “lo importante es que la historia sea publicada pero siempre con la mejor calidad”, sostiene. Habrá que esperar un tercer número para seguir la historia de “Castro” o el “Indio”, esos “antihéroes”, porque, claro, “nunca pueden ser héroes los barras; para héroes están los yankis: ellos saben hacer los personajes que van a salvar al mundo”.