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Sudado en El Camarín de las Musas.-


La pieza plantea el conflicto  de la identidad a través de la desconfianza, los prejuicios y la discriminación. La música, un copilado que va desde bandas peruanas al puertorriqueño Chayanne, es el elemento dramático mejor manejado.

Por Lola Kuperman
Fotografía gentileza de Sudado

Buenos Aires, abril 2 (Agencia NaN-2013).- Casi como cuando te levanta un taladro a las seis de la mañana. Con esa incomodidad recibe la obra Sudado a sus espectadores, quienes para sentarse deben esquivar un personaje en escena e incorporar como natural los ruidos de máquinas eléctricas que descolocan a quienes esperaban una simple ficción. Bajo la dirección de Jorge Eiro, la obra pone en jaque la pasividad del público. Con delicadeza, presiona las llagas creadas por la desconfianza y advierte sobre su temible transformación en una fuente de descorazonada discriminación.

“Se llama Percy, no peruano”, dice un obrero a su patrón. Esa frase será la base teórica de la obra que tiene tres personajes en escena, dos argentinos y uno peruano donde dos son obreros y uno es patrón y los tres, latinoaméricanos. Los tres, también, seres sumamente sensibles. Un hijo debe ponerse la empresa de su reciente difunto padre a los hombros y el pantalón le queda demasiado grande. Un futuro local con una imagen gigante de Machu Pichu y una oficina que sólo se podrá ver desde adentro hacia fuera y no viceversa, es la construcción que su padre le legó.
Los dos obreros, Lalo y Ricky, tantean a su patrón “El pola”, con suma desconfianza y una pizca de lástima. En una puesta donde hay una amenaza latente de que se derrumben las paredes, se crea una forma extraña con tres vértices, ellos y un objetivo imposible en el medio: estar cómodos en su compañía. Tres códigos diferentes sobrevuelan aquel salón polvoriento y ninguno está abierto a desprenderse del suyo. Eso es Sudado, una ficción real y muy cabeza dura: si ninguno sale de su cuadrado rígido como las baldosas cuadriculadas del suelo, las paredes serán tan altas que en punto dado, hasta se dejarán de oír y de ver.
Una pantalla plasma que cumple el rol de una tele y  el casi permanente uso de celular por parte de El pola no dejan lugar a duda de que Sudado es una obra contemporánea, donde los prejuicios y la discriminación encubierta que se segrega en ese futuro local están profundamente arraigados en la sociedad actual. Al ritmo de Grupo 5 (http://www.youtube.com/watch?v=eVZHsc34icQ), los puntos de crisis de la obra caminan desde el enfrentamiento entre todos hacia el enfrentamiento personal, de ellos con ellos mismos. Y, sin embargo, los muros que parecen a punto de caerse, son lo suficientemente sólidos para mantenerse en pie.
La música, un copilado que va desde bandas peruanas al puertorriqueño Chayanne, es el elemento dramático mejor manejado. En los momentos de mayor tensión a cargo de los actores Facundo Aquinos, Julián Cabrera y Facundo Livio Mejias, los ritmos obligarán a esbozar una sonrisa y en los mejores casos, una pequeña risa. Sudadofunciona como un sistema que aspira al equilibrio, y aunque construyen para alcanzar el objetivo, nunca lo logran.
“Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. La identidad no es una pieza de museo, sino la siempre asombrosa síntesis de las contradicciones nuestras de cada día”, escribe Eduardo Galeano. Casi en tiempo real, la obra dirigida por Jorge Eiro plantea el conflicto de la identidad en Ricky, Lalo y El pola. Será una lucha encubierta y sutil para derribar la discriminación y los prejuicios, y los espectadores saldrán de la obra enmarañados por estas ideas que pretenden dialogar, aunque por prepotencia muchas veces no pueden. Los tres seres plantan su identidad, la defienden hasta extremos opuestos y sólo a veces, intentan construir otra, una grupal.
*Sudado se presenta los viernes a las 22.30 en el Camarín de las Musas, Mariano Bravo 960, Ciudad de Buenos Aires.