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“Los pibes estudian para luchar”

TRAPITO_ENTRADAS
Javier Di Pasquo, director del documental “De trapito a bachiller”, llevó tres años una cámara a las clases para jóvenes y adultos de la recuperada Maderera Córdoba. Fotografía: Marcos Drago

Por Soledad Arréguez Manozzo

El pañuelo se agita como señal de vacante mientras una camioneta roja se aproxima. El automóvil se estaciona en el lugar y queda al cuidado de Gonza, un joven de 23 años en situación de calle que se gana la vida limpiando autos en la Ciudad de Buenos Aires. La lente lo acompaña de una esquina a otra, en medio de baldes, trapos y detergente. “Puse mucho de mí y no quiero volver a caer”, cuenta frente a la cámara. Por eso tomó la decisión de ingresar al bachillerato popular de una fábrica recuperada, para terminar el secundario. El largometraje documental De trapito a bachiller, los tres años que conmovieron al Gonza, de Javier Di Pasquo, logra retratar desde lo cotidiano la realidad de muchos jóvenes pobres que pelean por salir de la calle con apoyo de la educación popular. “Gonzalo es un ejemplo de esfuerzo para otros pibes en situaciones similares”, cuenta Di Pasquo en diálogo con NaN.

El documental es un viaje por el mundo interior de Gonza entre 2009 y 2011, a partir de su ingreso al bachillerato para jóvenes y adultos Maderera Córdoba, una de las cientos de fábricas que fueron abandonadas por sus dueños durante la crisis de 2001 y quedaron en manos de sus trabajadores. Cada clase le brinda a Gonza herramientas para adquirir un nuevo protagonismo en su propia vida. Desde esas cuatro paredes, comienza a pensar en un futuro mejor, diferente. La lente lo acompaña a clase durante tres años, hasta el 3 de diciembre de 2011, día de su acto de graduación. Ahí la cámara se apaga, pero la vida continúa: después de su paso por el bachillerato, Gonza volvió a la calle. “La película es un tramo en su vida. La suya es una lucha que aún no ha terminado. No se presentó a las citaciones de una causa pendiente y ahora pasa sus días en el penal de Marcos Paz (a la espera de un juicio oral que defina su situación). Sigue luchando para no perderse en el pozo”, explica el director.

El film, que tiene el apoyo del Instituto Nacional de Cine & Artes Audiovisuales, capta con acierto la dinámica de estos espacios autogestivos que buscan garantizar el acceso a la educación de miles de jóvenes y adultos expulsados por el sistema educativo formal. La cámara participa de sus clases, asambleas y actividades, logrando imprimir la cotidianidad de los bachilleratos populares que funcionan en la ciudad y el Conurbano.

—¿Por qué decidió filmar el día a día de un bachillerato popular?
—Quería hacer algo con lo solidario, ver cómo se gestaban estos lazos. Esa idea me llevó directo al bachillerato Maderera Córdoba. Para contar su cotidianidad, lo primero fue estar con la cámara en las aulas, porque los chicos tenían que familiarizarse para que luego la lente no los sorprendiese y que fuera una más del grupo. Eso me facilitó entenderlos en el lenguaje y en su dinámica, me dio la satisfacción de estar en el momento y lugar adecuado en el que se daban las cosas. Nada fue recreado o con indicaciones.

—Sin embargo, la cámara encendida algo cambia.
—La cámara parece “la Poli”. Ese comentario se escuchaba en el bachillerato. Pero después, cuando todos nos conocieron, aflojaron. Quería que fuese un documental por observación: ser uno más de ellos, estar en todo momento para captar el funcionamiento del lugar, conocer a los chicos y chicas, y mostrar la heterogeneidad del ambiente. Cada uno venía con su dinámica de la calle, su forma de hablar y pensar. Cada uno se integraba con sus características. Las diferencias no eran obstáculos.

—¿Cómo fue la filmación de las asambleas?
—En principio me desilusionaron. Pensaba que se escucharían el uno al otro en las discusiones. Después me explicaron que los pibes vienen con su dinámica de la calle y que, de a poco, toman la de la asamblea: el turno para ser escuchado, los tiempos, el respeto… Con el tiempo se van apropiando del lugar, pintan su colegio, lo limpian, ayudan a juntar dinero para arreglar algo. El bachillerato es de ellos, los hace sentir protagonistas de su propia historia, les demuestra que pueden moldear la realidad…

—Que pueden reclamar por sus derechos vulnerados…
—Por eso las marchas y los reclamos al Estado son un ámbito más de enseñanza. Aprenden que pueden dialogar, cuestionar, exigir al Estado. Pero para eso tienen que unirse. Eso Gonza no lo tenía, porque pertenecía a la calle, a un sector marginal que trata de evadirse de esa realidad que pesa. El bachillerato les da la posibilidad de agruparse, de pensar en un Estado distinto, de exigirlo. Cuando les pregunto para qué estudian, los chicos dicen claramente que para luchar. Esa es la función que tiene el bachillerato popular: darles voz a aquéllos que fueron excluidos de la educación media, darles protagonismo en su historia. Si imaginaron un futuro mejor, lo pueden construir en el presente. Una educación distinta puede llegar a cambiar la sociedad, dándole sentido propio.

—¿Cómo lidió con los estereotipos en torno a los trapitos y la calle?
Ellos sienten el rechazo a flor de piel. Gonza me decía que notaba que las mujeres apretaban las carteras cuando se acercaba. Pasé esa barrera cuando lo conocí. Por eso, quería que se conozca la persona, porque todos pueden ser como él. Eso te aproxima. Después de la película, no soy el mismo. Me enriqueció conocer a estos chicos. La experiencia me hace ver la realidad de una manera distinta. Ahora cuando veo a un trapito, pienso que puede ser Gonza. La película abre una ventana, muestra una realidad distinta. Y el que quiere, puede indagar un poco más.

* Todos los días a las 14 y a las 17:25 en el Cine Gaumont, Av. Rivadavia 1635, Ciudad de Buenos Aires.