Estructurado en una serie de doce relatos breves, Vencidos explora un inframundo de personajes frustrados, en donde la soledad, el vacío, o la lisa y llana imposibilidad de ser se encuentran a la orden del día.
Por Nicolás Alonso
Buenos Aires, diciembre 19 (Agencia NAN-2011).- “Ni aquí en la tierra de los vencidos donde el destino es el único destino y la vida llega marcada desde otro tiempo. Y la libertad no existe.” Será duro después de la contundencia de esta oración intentar siquiera explicar de qué va el universo de Vencidos (Editorial El Reino, 2011) el primer libro de la novel escritora Melody Geraldine. Estructurado en una serie de doce relatos breves, en ningún caso de más de dos o tres páginas, Vencidos explora ese inframundo de personajes frustrados, en donde la soledad, el vacío o la lisa y llana imposibilidad de ser se encuentran a la orden del día.
Si bien cada uno de estos doce apartados guarda cierta autonomía en entre sí y posee independencia, es indudable la comunicación y unidad que los permea y los vuelve un cosmos unificado. La soledad, la aislación y la imposibilidad de sostener la lucha por vivir; esa experiencia de saberse vencidos, de experimentar el puro vencimiento serán las constantes que darán una indudable sustancia y unidad a estos relatos.
Otra de las claves que sostiene la unidad del libro es, sin dudas, la particular prosa de Geraldine, que marca a fuego cada verso. Desde una perspectiva un tanto posmoderna se podría leer la prosa de Geraldine en clave románica, de cierta pompa inusual en el mundillo literario contemporáneo. La densidad en cada oración y, de a ratos, una excesiva búsqueda poética hacen dificultosa la dinámica de la lectura. Oscurece el potencial de personajes que se muestran de por sí bastante sólidos. Historia de desencuentros entre amantes necesitados, de mujeres atrapadas en su cotidianeidad, de mandatos aplastantes, herencias y mochilas de generaciones que conforman un mundo de imposibilidades y de resignaciones (“siempre tuvo que llorar sola, sin nadie que la consolara. Sola en su cuarto, escondida, donde ahora, una vez más, suena sola en el silencio”).
Vencidos recuerda aquella anécdota a la que Borges solía volver acerca de sus primeros escritos. Según cuenta, el padre le aconsejaba que no se apurase a editar, le recomendaba que se tome el tiempo necesario para que los textos maceren, maduren, con la paciencia y el esmero de quién se sabe por el camino correcto. Ese texto que el padre de Borges aconsejaba no apurar era la joya que más tarde se titularía Fervor de Buenos Aires. Evidentemente la paciencia fue recompensada. El problema es que ésa no es tarea fácil para un escritor, principalmente si se trata de uno joven e inédito y que encima no tiene (como el común de los mortales) la suerte de ser Borges. La urgencia, las ganas, el empuje, la pasión, esas nobles virtudes que suelen caracterizar a la juventud puede, a veces, ser vehemencia y convertirse en un problema si no se las sabe identificar y encausar a tiempo.
Con un poco de ciencia ficción se podría arriesgar la siguiente hipótesis: Vencidos podría ser un mejor libro si se le hubiera dado tiempo. Esto implica una vaga mirada según la cual a estos relatos les falta algo. Un algo que, podría suponerse, es aquél oxigeno regenerador que otorga el tiempo, el trabajo y la paciencia. Y más aun si pensamos en la narrativa y su imperante necesidad de depuración, de trabajo por capas sucesivas e inagotables que se van sacando hasta dar con el núcleo, con la identidad.
