
Por Eric Olsen
Mientras en el lado A de Niceto Club se desarmaba el recital de Johnny Marr y comenzaba a prepararse la fiesta del Club 69, el Lado B juntaba su propia multitud. Para las 23.30, la última edición del Ciclo Cosmos, organizada por la discográfica Crang y la productora audiovisual Sonido Ambiente, ya había cortado varias entradas. Frente a una mesa con los cassettes de las bandas que se iban a presentar, con Invisible sonando en los parlantes, definitivamente había algo “lado B” en el aire. El gusto a ultra festival internacional todavía quedaba en la boca, pero la noche del jueves siguiente se presentaba como antítesis de esa híper estimulación de cuatro escenarios, con sólo uno, pequeño, suficiente.
La primera banda en subir fue Te King, la última adición al sello Crang. Su camino empezó lentamente con “Azul”. Cada palabra de Damián Cubilla arrastraba una mezcla entre nostalgia y catarsis blusera. Pero el sonido no se dejaba encasillar. De a poco, el set se fue moviendo a un lugar más cálido. Betty Confetti, con segundo micrófono en mano, demostró que tiene mucho más que cumbia para cantar. Si con su Conjunto Tropical la crudeza de su voz era su fuerte, en Te King es más un dejarse llevar por el ensueño de cada canción, sugiriendo detalles envolventes y también protagonizando melodías, como en “Imprevisto”. Pero durante la mayor parte de la noche su presencia fue un instrumento más. Cada capa de sintetizador y guitarra encuadraba en sintonía fantasma con la canción, inundando ese Lado B de misterio. Las ideas se formaban, se disolvían y se volvían a formar. Cada golpe y ritmo era un paso incierto en la oscuridad azulada, con la posibilidad fija de caer al vacío y apagarse, pero siempre volviendo a salir vencedor. Cada verso era un pensamiento que había sobrevivido a la melancolía para ser cantado.
Diosque fue la segunda sombra en el escenario, con su propia barra de fanáticos, como tiene todo artista de culto (si es que se puede hacer esa distinción en una noche en la que todos fueron lados B). Teniendo en cuenta que Bote, su segundo y último disco, fue editado hace ya tres años, dedicó gran parte de la noche a presentar nuevos temas. Los estrenos tienen la misma voz retrospectiva que llenan la larga carrera de Diosque de canciones personales, letras que mezclan un profundo análisis sentimental con lo cotidiano. Pero el último acto en esta larga búsqueda teatral por encontrar una identidad y explorar los límites de su sonido lo sitúa ahora en un lugar alejado del folk acústico con el que empezó y el pop con el que avanzó.

Con la ayuda de un baterista y una técnica híbrida entre pista de beat, batería y pad electrónico, las nuevas canciones lo vieron a Diosque experimentar con nuevos ritmos. Un purgatorio entre cumbia y electrónica: por un momento pareció que los sonidos de baile eufórico del Club 69 que se escuchaban a través de las paredes venían también de escuchar este nuevo material. El escenario temblaba con los saltos del cantante tucumano, con guitarra eléctrica en mano, incluso cuando la banda lo dejó solo para cerrar con un par de temas en solitario, a todo pulmón. Puede que los próximos lanzamientos consagren la fase más interesante de Diosque hasta la fecha, un nuevo rumbo de exploración para los cantautores locales.
El cierre de la noche lo dio Pablo Malaurie, con un íntimo pero poderoso recital. “Desalineada” fue la apertura, el primer paso en el “viaje de una cabaña destrozada a una discoteca”. Bien acompañado por integrantes de Les Mentettes y el tecladista Nacho García, la banda se tomó a pecho la tarea de llevar las canciones del juglar anónimo a un formato inmenso. Las baterías de Tomás Molina Lera viven la canción como un sacrificio de energía, como un golpe gigante acompañado por los bajos de Adrian Rivoira. Cada sonido que sale de García alza vuelo desde el escenario hasta el fondo del lugar, recorre el perímetro y vuelve a la tecla. No hay compás que pase sin estar cargado de un tremendo esfuerzo, todo sin perder fluidez y manteniendo un ritmo impecable.
Con un repaso irreprochable por los hitos de El beat de la cuestión y un par de paradas por El festival del beso, Pablo & sus Malauries sonaron más directos y afilados que nunca. La misma fuerza latía en la relevancia y frescura que mantienen ya clásicos como “Interferencias totales” o “El beat de la cuestión”. “Pesti Si Barcute” explotó en rumano el cierre de la noche. Sin fuegos artificiales, sin parlantes kilométricos, sin artistas internacionales, sin entradas de una luca, acá estuvieron las voces de nuestra generación. Si este es el lado B, no tiene nada que envidiarle al A.