
Por Emmanuel Videla
El Gauchito Gil. Una pulpería. Dos cantineros que llevan adelante el negocio. Pocas noticias para contar, pero hay una que interesa a todos. También, hay otros, esos otros que marcan la historia de otra forma y la signan hasta el final. Contemos un poco más: lejos de la capital. El campo. Está claro que es un pueblito. Chico, claro, pero el infierno es grande. Un infierno en algunas singularidades, en algunos cuerpos que se entregan, que dan toda su potencia expresiva para obnubilar las palabras, los dichos, la trama. La trama es a través del cuerpo. Así es Perro, un cuento rural, la primera pieza teatral que dirige Hernán Grinstein, en la que lo densamente humano se potencia en todo el acto a través de un personaje paradigmático. Es una obra sin bozal.
Ahí nomás, como anticipación de lo que se viene, un perro –el perro– se presenta, delinea el sendero por el que irá la obra. Desde el comienzo hasta los últimos minutos lo que está latente es la lucha de ese perro, desde la que se desprende toda la construcción de la trama: entrenamiento, enfurecimiento del dueño porque el perro no entrena como es debido. Y un mito que también recorre el discurso del dueño del canino: el perro fue fuerte y campeón. ¿Lo será luego? ¿Campeón de qué? Perro… es una pieza anclada en el realismo, pero con aditivos surrealistas. Y el cuerpo se pone al servicio de contar lo humanamente desgarrador y lo humanamente conmovedor en las relaciones. La noticia esa que interesa: el perro volverá a pelear. Su rival es faraónico, a su altura.
La imagen está adiestrada, también. Esa imagen que construye Grinstein en escena es cuidadosa. Todo está en su justo lugar. Nada sobra, tampoco falta. Las penumbras, los momentos más iluminados. Pero todo se desarrolla en un tenue claroscuro. Así, dentro de ese paradigma visual, el perro expresa ni más ni menos que esas dos maneras en las que se disocia lo humano, que conviven, que se mezclan: la brutalidad y la bondad.
Sin embargo, la trama no sorprende. Goza de una linealidad que lleva hacia el final al espectador. No hay giros en la historia que sugieran que algo va a sorprender. La habilidad del director está puesta en otro lado, bien significativo también. Las transiciones de escena a escena por medio de las luces y, en varias ocasiones, con la presencia de los actores sobre las tablas marcan una forma de hacer teatro. La latencia del aquí y del ahora. Los actores se muestran hasta en los bloques en los que la acción parece detenerse por un instante, al menos. Tarea difícil, pero bien lograda por el director.
En el transcurso no se desprenden de la cadena algunas relaciones que dan que pensar, que construyen implicaciones entre los personajes que realizan la actriz Maday Méndez (Leyla) y el también actor Hernán Grinstein. Ese perro entrenado para matar muestra su lado más humano, del amor, del sexo, de la ternura y la complicidad con el otro. Una relación simbiótica que antagoniza con la figura del dueño que quiere un perro con hambre de campeón.
La obra de Grinstein está asechada por la muerte y es en esa clave mortífera en la que la gloria que espera el dueño del perro no llega. En definitiva, es una gloria en claroscuros. El bozal no está. Tampoco es un ladrido; es un grito animalmente humano compartido para la destrucción, pero quizá también para la unión y la salvedad de una situación límite.