En el teatro, la música y el cine, nuevas corrientes intentan complacer a los espectadores bajitos, a quienes se considera un público exigente. Los artistas buscan formar espectadores y romper con una “falta de respeto” que detectan en otras producciones para niños.
Por Soledad Arréguez Manozzo
Ilustración Candela Carreras
Fotografías Hernán Paulos y Magalí Costas
Los tiempos cambian, el mundo se transforma. Los chicos también. Por eso, cada vez aparecen más propuestas artísticas que exploran caminos alternativos. El objetivo es romper con los estereotipos de una infancia caducada, porque los nativos de este siglo poco tienen en común con los de hace 50 años. Ya no se los considera un público fácil de complacer con un globo o una golosina. Las nuevas corrientes, que entendieron esto, buscan desarrollar nuevos lenguajes artísticos a partir de la creatividad, la diversidad y la participación. En ellas hay una reivindicación del contenido, las formas y la profundidad de los mensajes para no reproducir discursos “infantilizantes” (sencillos, breves, que no requieren reflexión). Los más bajitos dejan de ser vistos como receptores pasivos o meros consumidores, son considerados personas completas, con derecho a ser tratados con respeto. La meta de estos grupos pareciera ser, entonces, no sólo entretener sino formar espectadores críticos capaces de enfrentar el mercado cultural desde los primeros años. Para que, así, el día de mañana puedan decidir con mayor libertad qué quieren consumir.
La infancia está reconfigurada. Lejos de las historias de princesas, canciones pegadizas y recetas probadas, hay un abanico de artistas en una búsqueda constante de una manera novedosa de hacer producciones actuales, inteligentes y con respeto por los espectadores más bajitos. Los más grandes, de esta forma, pueden disfrutar de igual modo el espectáculo musical o teatral. Ni para grandes ni para chicos. Para todos.
SIN PAYASOS NI GLOBOS
“Apta para todo público”: esta es la esencia de los nuevos infantiles que rechazan la etiqueta de “infantil”, como si se tratara de clasificar la (in)capacidad de los más chicos para comprender los mensajes de las producciones artísticas. “Nos gusta respetar a la audiencia infantil, tomarla como hecha de personas quizá con menos educación por los años pero no menor capacidad. Al contrario: las nuevas son generaciones más evolucionadas. Hay que hablarles de frente, no como ‘bobos’. Hay que respetarlos como seres humanos, empatar con los adultos. Entonces, el espectáculo es para todos”, afirma Galileo Bodoc, director de la compañía teatral Tres Gatos Locos.
“Hay que ser distinto al teatro de antes”, asegura. Los actores de este grupo no son los únicos que piensan así. Cada vez más compañías trazan libretos alternativos para encontrar nuevas formas de contar. Ellas apuestan a textos ingeniosos e inteligentes. Los payasos, los globos y las escenografías recargadas parecen dejar cada vez más lugar a la sencillez de contar a partir de la imaginación de cada espectador. Los chicos recrean montañas, bosques y viajes de alta mar, sin verlos. Y esto es posible a partir de una acertada combinación de música, canciones y bailes, que logran sumergirlos en la atmósfera mágica de una historia.
A simple vista, lo que puede entenderse sólo como una historia de hadas y duendes puede poseer una dramaturgia de fondo, con la capacidad para atrapar al niño y divertir al adulto. Son textos imaginativos y sustanciosos, como Rojo, un cuento de Liliana Bodoc que Tres Gatos Locos llevó al teatro. Ésta no es una historia de argumentos simples o tontos: hay una crítica social (hacia la megaminería y la corrupción) y mucho humor. Además, en el guión adaptado al teatro hay una cuidada poética, para que los chicos puedan descifrar señales en la construcción del relato, y los más grandes también puedan sonreírse a partir de guiños políticos, filosóficos y religiosos que
se deslizan en la historia.
El desafío es sumar cada vez más chicos y adolescentes a las salas. Los jóvenes no van al teatro, porque se aburren, o al menos eso dicen. “Es un problema cómo se encara el teatro para niños: no podemos hacer teatro igual que hace 50 años, porque en la ciudad están en un gran nivel de recepción de información. Consideramos que se les ha faltado mucho el respeto con el teatro infantil”, señala Juan Manuel Gabarra, uno de los actores de Rojo.
Las nuevas corrientes deben luchar contra el prejuicio de que “¿para qué hacer teatro para niños y adolescentes si no les interesa?”. Allí comienza un espiral vicioso y sin fin: cómo interesarlos por el teatro si ellos no encuentran propuestas acordes a su edad, gustos e intereses. “Hace absolutamente falta una dramaturgia destinada a los adolescentes. No existe como tampoco existe un teatro pensado para ellos”, remarca Carlos De Urquiza, presidente de la comisión directiva de la Asociación de Teatristas Independientes para Niños y Adolescentes (ATINA).
Ya no les interesan las historias de brujas y príncipes, pero tampoco son seguidores del teatro para adultos. La dramaturgia debería, entonces, profundizar en el abordaje de problemáticas y vivencias de los jóvenes, para acercarlos a nuevos lenguajes y crear entonces un nuevo teatro pensado para ellos, que se diferencie de las otras propuestas de chicos y grandes. De Urquiza apunta: “Hay un trabajo que realizar para que los jóvenes comiencen a interesarse por un lenguaje como el teatral. Para eso, el teatro tiene que dar el primer paso y empezar a enfocar situaciones y temáticas que le sean interesantes a los adolescentes, donde ellos se sientan reflejados”.
Muchos de los jóvenes llegan al teatro por medio de la escuela, lo que a veces puede jugar a favor, pero otras en contra. “Algunas instituciones los llevan a ver cosas espantosas para satisfacer las necesidades programáticas. Entonces, es un sufrimiento y no un placer. De ahí deducen que es una porquería”, reflexiona de Urquiza. El camino a seguir debería ser una dramaturgia a partir de los centros de interés de los adolescentes, en la que no haya lugar para el aburrimiento o el rechazo. Claro que si ésta fuera tarea sencilla, las salas probablemente estarían llenas…
CANCIONES PARA DESCUBRIR
En la música, uno puede encontrar esas otras canciones pensadas para los más chicos. No abundan rimas fáciles, versos pegadizos ni melodías trilladas. Las melodías de Los Musiqueros, Sonsonando, Cielo Arriba, Banda del Grillo, Al Tun Tun y 5 EnCantando, entre otros grupos, se destacan por la originalidad, la calidad de la composición y la astucia de las letras. Logran renovar el repertorio del cancionero infantil con nuevos matices, por ejemplo, al combinar diferentes ritmos rioplatenses (candombes, milongas y tangos) con humor. Éste es el espíritu del Movimiento de Música para niños (Momusi) que busca, desde hace quince años, el acceso a diversos mensajes musicales mediante la creatividad, el juego y la participación. Daniel Viola, coordinador de este colectivo, sintetiza: “No nos interesa la música que exclusivamente entretiene. Buscamos que el niño cree y recree”. Y, sin dudas, esto exige otra relación del niño con la música.
A diferencia de muchos de los espectáculos para chicos, los grupos nucleados en Momusi ponen el acento en la escucha atenta, en lugar de en las palmas desenfrenadas o en los saltos excitados. Esto deriva en la trasformación del vínculo entre el artista y el niño espectador: hay un intercambio simbólico con el impulso del valor del juego y la participación en el disfrute de la musicalidad.
También hay, quizás por esa razón, una apuesta a la música totalmente en vivo, sin pistas, para que los chicos disfruten las melodías en el aquí y ahora. La premisa es escapar a lo que aturde: evadir la “música de calesita” (que repite y repite), el sonido homogéneo y las fórmulas comerciales. Estas agrupaciones, con una lógica anti-Disney, toman la posta de compositores clásicos como María Elena Walsh. Hay detrás de estas propuestas una educación musical para abrirse camino entre las imposiciones del mercado, propias de las industrias culturales.
Ya no se trata de oyentes pasivos, seguidores de hits pasajeros, sino de espectadores con un sentido crítico de la musicalidad, que pueden elegir qué cosas les gustan y cuáles no. “Pensamos en otras estrategias para que la música no sea un producto desechable, esto es, que tenga calidad y un valor artístico”, asegura Viola, coordinador del colectivo.
LA PANTALLA ¿CHICA?
Los chicos se enfrentan a la permanente exposición a las pantallas. Pero este avance de los relatos audiovisuales no es directamente proporcional a las producciones televisivas de calidad pensadas para la infancia. “Hay un requisito de cantidad y de calidad (en la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual), pero, salvo por Pakapaka no hay criterios elaborados en los canales sobre qué se considera programación de calidad para los niños”, alerta Susana Vellegia, directora
de cine y televisión, miembro del Consejo Asesor de la Comunicación Audiovisual y la Infancia de la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual (AFSCA).
“No hay un conocimiento ni un interés por parte de los programadores y productores audiovisuales de profesionalizarse en la producción infantil”, considera la especialista. Hay “producción infantil e ‘infantilizante’” que sólo sirve para los más chiquitos, y advierte: “No hay una idea de la infancia
de hoy, no hay competencias en materia de guión. Suelen ser bastantes pobres”. La televisión parece haber quedado detenida en el tiempo para los chicos del siglo XXI: muchas de las series son trabajos producidos hace décadas, como la vieja tira El Zorro.
La oferta local es escasa. Y cuando se refiere a la actualidad, la mayoría proviene del extranjero. “Más del 90 por ciento de los productos audiovisuales que consumen nuestros niños vienen de un solo país: Estados Unidos. Y están traducidos al español neutro, por lo tanto es lógico que después hablen así. Hay una pérdida cultural”, explica Vellegia, directora del Festival Internacional de Cine Nueva Mirada para la Infancia y la Juventud. Para revertir este cuadro, este encuentro promueve el incremento de la cantidad y la calidad de las producciones nacionales como así también la diversidad cultural.
En la relación del niño con la pantalla se construye también parte de su identidad. Las tendencias predominantes, salvo excepciones, contemplan a los chicos como consumidores. Los riesgos de consumir productos de un solo origen es que “después, no hay espectadores para el cine argentino, porque fueron formados desde su infancia en la mirada única”. El avance de las tecnologías de la información y de la comunicación requiere usuarios y espectadores críticos, que puedan navegar por sus redes, atentos a qué es lo que se dice, cómo y quién.
Es imprescindible, según señalan los especialistas, formar públicos competentes en los medios audiovisuales. En esta línea de trabajo, está también el proyecto de la Linterna Mágica, un club internacional de cine para chicos de 6 a 12 años, que propone educar a los más chicos como un público abierto y crítico. “Es un club de formación de espectadores. Se busca generar un espacio de educación relacionado con los contenidos”, remarca Ilan Brandenburg, que junto a Demian Adler y Cecilia Perczyk hacen las funciones en Buenos Aires desde 2008.
Los tiempos que corren demandan una nueva mirada hacia la infancia. Los niños y adolescentes, a pesar de sus pocos años, tienen una gran capacidad para descifrar signos y señales poéticas. Se les faltó el respeto con producciones artísticas que los miraban como tontos. Ya no sucede lo mismo: numerosos artistas toman la posta de los grandes teatristas, compositores y dramaturgos que no se interesaban por dar argumentos sencillos, sino que les exigían a los bajitos un poco más. Puede que ganar terreno en el mercado (regido por el valor de la cultura como mercancía) sea cosa difícil, pero allí estará la astucia de lo que saben trazar los caminos alternativos, que abandonan viejas matrices y apuestan a nuevos parámetros de creación. Una producción artística no debería ser desechable como una botella de plástico, para dar paso a otro producto y a otro, sino que cada una debe dejar una huella en el espectador-niño.
*El artículo integra la edición número 8 de Revista NaN, correspondiente a los meses de julio y agosto de 2012. Se trata de una publicación producida por el mismo colectivo de periodistas, fotógrafos y diseñadores que sostiene esta agencia.