/Archivo

Cortos: «Cena para dos» (Joaquín Polito, 2012).-

Los paraguayos Polito y Violeta Sánchez, realizadores e intérpretes del corto, intentan plasmar en él cómo los avances en los derechos de la mujer no hicieron eco de igual manera en todos los rincones del mundo.

Por Paula Sabatés

Buenos Aires, octubre 8 (Agencia NAN-2012).- Algo de Pedro Almodóvar hay en Cena para dos, aunque este no sea una película europea altamente financiada sino un cortometraje paraguayo independiente. La reminiscencia tal vez responda, en un primer lugar, al uso poético del rojo como color expresivo y con significancia narrativa, que, como a las más recordadas películas del creador español, a la pieza filmada en blanco y negro le brinda pequeños escapes de color furioso como signo de algo. En este caso, de femineidad y elegancia en contraste con una realidad toda llana, gris. Pero también, indudablemente, el corto comparte con el director de Mujeres al borde de un ataque de nervios la composición de un personaje femenino muy singular, que para el mundo exterior representa una cosa (sólida, solvente, entera, bellísima) pero por dentro es otra completamente diferente.

Íntegramente realizado por Joaquín Polito y Violeta Sánchez —también únicos intérpretes—, el corto de 12 minutos de duración muestra el sacrificado intento de una joven, aparentemente ama de casa, por captar un segundo la atención de su frío esposo. La primera mitad de la pieza la retrata mientras prepara la casa para agasajarlo con una cena especial y se produce para lucir más bella que nunca y así él no pueda evitar ponerle los ojos encima. Intentos, ambos, que el hombre jamás registrará. Para él, será un día más de todos los que existen: llegará a la casa, cenará sin mirarla, apenas saboreando la comida y se irá a fumar un cigarrillo lejos de ella, sin percatarse del esfuerzo que la joven hizo por conquistarlo.

“El día en que sea posible para la mujer amar, no por debilidad sino por fortaleza, no escapar de sí misma sino encontrarse a sí misma, no humillarse sino reafirmarse, ese día el amor será para ella como es para el hombre, una fuente de vida», escribió el siglo pasado la escritora francesa Simone de Beauvoir. Si el personaje de Cena para dos hubiera leído esa cita, quizá no hubiera lavado los platos esa noche, probablemente no hubiera llorado frente al espejo y de seguro no hubiera dormido junto a su marido como si nada hubiera pasado, como si su desprecio fuera algo que ella, por su condición natural, por su puta suerte de haber nacido mujer, tuviera que soportar.

Pero el cortometraje ignora las reflexiones feministas que se suscitan desde que de Beauvoir escribió El segundo sexo, justamente porque pretende mostrar el funcionamiento de una lógica que hoy sigue vigente —algunos cambios son visibles, está bien, pero habría que ver hasta qué punto lo son de fondo—, sobre todo en sociedades como la paraguaya, donde la mujer pareciera ser un sub-sujeto o, más bien, un objeto del hombre-pura raza como el de Cena para dos, siquiera valorado y apreciado como tal.