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“¿Cómo se siguen 300 alumnos por semana?”

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Gonzalo Santos es escritor y maestro. Acaba de publicar su primer libro, “En las escuelas”, mezcla de ensayo, crónica y memoria sobre el malestar docente en el conurbano. Fotografía: Laura Cabrera

Por Emmanuel Videla

El cuerpo de Gonzalo Santos se pierde en la ciudad. Es casi un cliché evocar esa figura para un escritor, pero es la manera más apropiada de definirlo. Su paso es lento. Su mirada parece ir más allá de las cosas que rodean Avellaneda, quizás producto de mucha lectura. Estos son pagos que conoce bastante bien. Y es él quien rompe el hielo con tono de broma: “Esto es como una cita a ciegas”. Una ligera sonrisa, nada más. Su decir es reflexivo y conciso. La charla con NaN arranca entre silencios y algunos comentarios sobre literatura. Lo que aqueja a este escritor y docente por estos días es la educación y más precisamente la del conurbano bonaerense. No es para menos. Santos acaba de publicar su obra prima, En las escuelas (Santiago Arcos), un desgarrador relato sobre las violencias que sufre un docente de provincia.

Desde una primera persona explícita y sin concesiones, el profesor de literatura oriundo de Piñeyro retrata quizás lo más oscuro del sistema educativo argentino. Su visión se asienta en las primeras páginas: “Así soy. Bien posmo y bien absurdo, en el sentido más filosófico y existencial que se le pueda dar a esa palabra, y me gusta serlo”. A través de esa identificación, viaja por su formación académica, por sus primeros cursos en los secundarios, donde lo más brutal lo espera: la violencia para con él de los alumnos y el desdén institucional de directivos e inspectores. Más allá de esa primera persona, la habilidad de Santos radica en realizar también un ensayo en ciertas páginas, lo cual permite pensar el rol del Estado como garante del derecho a la educación y el de los docentes y la comunidad. Otro punto clave es la vinculación en el relato de lo cotidiano (como las ganas de mirar una profesora que está buena) con lo intelectual (una hipótesis sobre el sistema educativo).

En el mismo sentido, es más que el promedio de los libros sobre educación; “mezcla de crónica, memorias y ensayo”, enumera el escritor. Es una forma de literatura, ese arte “inabordable e inevitable”, según una sucinta adjetivación de Santos. Es la excusa perfecta para dialogar sobre letras pero con más ahínco sobre ese otro lado de la educación del que poco se habla: la formación docente. En definitiva, su obra es “un rapto de ira hecho libro”, confirma.

Café de por medio, Santos se despacha sobre el sistema educativo: “Es una inclusión demagógica cuando todos entran en los profesorados o en los secundarios y no dan los recursos para poder trabajar”. Se lo ve preocupado. De hecho, reconoce que lo tiene mal lo que pasa en las escuelas. La experiencia le da autoridad y ejemplifica: “Tengo a cargo un taller de escritura y lectura, cuatro comisiones de entre 70 y 80 personas, y se supone que tengo que seguir el rendimiento de cada alumno. ¿Cómo hacés para seguir el desarrollo semanal o quincenal de 300 alumnos?”. Se sabe y lo afirma Santos, las puertas se cierran cuando se plantean cuestiones a resolver. “No hay ninguna respuesta”, sostiene.

—Una cita de su libro llama la atención: “Los Simuladores Mayores podrían incorporar sus pomposas y orwelianas estadísticas y transmitírselas como verdades irrefutables a la opinión pública”. ¿Qué quiso decir?
—A la gente del Ministerio de Educación provincial no le importa demasiado si los jóvenes están aprendiendo. Quieren tener sus números y sus planillas. El único momento en que ellos intervienen es cuando los números no les dan en esas planillas. Ni antes ni después. Creo que el ministerio está muy apartado de los conflictos de las aulas. Hay gente que sabe mucho de educación allí pero que no conoce qué está pasando realmente en los profesorados y los secundarios del conurbano. Por eso también me parece interesante un libro así, un libro crudo. Uno pide que se abran más cursos y que pongan otros profesores, pero no hay respuestas.

A Santos le cuesta salirse del debate sobre educación para meterse un poco más en la cocina del acto creador. Pero lo hace. En el mundillo de la enseñanza se sabe que abunda una literatura pedagógica que se parece a la de los cuentos de hadas de Disney, salvo excepciones como la del pedagogo Jorge Medina, que publicó hace unos años El malestar en la pedagogía. Allí se ensaya sobre la posibilidad de llevar el acto educativo hacia el devenir histórico y no como papers que sitúan a las aulas por fuera del espacio y el tiempo. Entonces, lo de Santos es mala palabra frente al caudal infinito de hojas sobre una educación que no se encuentra en ningún lado. “No sé si está bien o mal escrito, si es buena o mala literatura, pero mi idea es muy atrayente y novedosa, porque no hay libros de estas características que hablen de violencia en las escuelas.” Lo políticamente correcto queda atrás y califica a esos manuales como “mamotretos” que “abordan desde un lugar teórico y abstracto la violencia, que no se relacionan con las vivencias del docente en el conurbano”, sentencia.

Es una exhortación a la reflexión desde los parámetros de la experiencia concreta, del aquí y ahora. Esa brutal franqueza le valió comentarios en Facebook cercanos al insulto. Probablemente, aquellos que atacan a Santos no pisen las aulas, no sepan que un alumno trata a veces a su maestro de “cagón”, con la arrogancia que viene de saber que desde la dirección no se hace nada. Santos, atrapado en su relato, confiesa: “Creo que el mismo Paulo Freire no hubiera resistido darle un sopapo a ese alumno, pero yo me aguanté”.  No se deja de preguntar: “¿Qué carajo estaba haciendo ahí, dando clases normalmente veinte minutos después de que un alumno me pegara un cachetazo?” Este desencuentro entre alumno y docente Santos lo cuenta para dejar al desnudo a un Estado que no supo llevar prácticas de inclusión entre los integrantes del ámbito educativo. Los dos son víctimas. Los alumnos están desamparados de un equipo que los pueda contener verdaderamente. La acción docente también está minimizada, ya que los reclamos no se canalizan por ningún medio.

Santos critica el funcionamiento de los terciarios bonaerenses aunque se reconoce producto de ese mismo sistema, lo cual legitima su visión. “Me formé en un profesorado y ahora soy formador, por lo que conozco bastante bien el mecanismo burocrático y pedagógico”, apunta el escritor. Además, opina que “bajó mucho la calidad educativa en los profesorados”. De hecho, en el avance de En las escuelas plantea que las estadísticas, probablemente, generan un estado de hiperrealidad y que lo que se llevan de realidad los docentes son “cefaleas del carajo”.

—¿Cuáles son los síntomas para sostenerlo?
—Lo que uno ve en los profesorados es lo que veía antes en el secundario. En Teoría Literaria ya ni siquiera se lee el Quijote entero. No se lee a Roland Barthes sino bibliografía secundaria. En Filosofía se ven videos de José Pablo Feinmann y se lee Derrida para principiantes. Uno tiene que tener en cuenta la necesidad de los alumnos, su formación, pero tampoco podemos bajar tanto la calidad educativa. Es decir, estoy de acuerdo con la idea de tender puentes, pero para hacerlos avanzar, porque tengo la sensación de que los alumnos del tercer año están casi en la misma situación intelectual que los de primero. No hay muchos avances y eso es lo que habría que empezar a cambiar.

Cada página de En las escuelas se devora con brutalidad. Abunda la intertextualidad en sus cortas y concisas palabras. El modo de relatar de Santos lo evidencia como un gran lector de literatura y filosofía. “Empecé a escribir a los 16 años, casi al mismo tiempo que empecé a leer a algunos autores como Lovecraft y Poe”, cuenta. “Fue un momento en que me sentía muy solo, apartado; uno nunca sabe por qué empieza a escribir.”

—¿Y la filosofía? Es notorio que se apropió de su escritura.
—En un momento leía mucha más filosofía que literatura. No trabajaba, entonces tenía la posibilidad de leer mucho. Esas lecturas se fueron incorporando a mi escritura de manera explícita, originando una intertextualidad.

DE LA ESCUELA A LA NAVE ESPACIAL
Aunque no es un lector de ciencia ficción, confiesa que sus relatos terminan en ese género, en algún tipo de futuro remoto. Santos publicó sus primeros relatos en blogs y fanzines. Casi como todos los autores, reniega de los rótulos. “No me gusta encasillarme. Aunque es ciencia ficción, tiene elementos de la literatura gótica del siglo XIX, del realismo mágico y de la literatura de terror”, describe. Recientemente publicó la novela El nudo celta de la calle Bioy Casares. Dos libros en menos de tres meses.

—¿Cuál es el conflicto de la historia?
—En realidad son tres historias que en algún punto se cruzan. La historia de un tesista que nunca termina su tesis. La de un profesor con problemas de sexopatía, que está todo el tiempo mirando mujeres y que escribe para una psicóloga, porque se supone que es una especie de técnica para tratarse ese problema. Y la de unos seres llamados topos, que viven en una especie de trincheras luego de una explosión nuclear. Esas historias se cruzan, se tocan.