
Por María Luz Carmona
Para ellas la risa siempre está presente. Es una búsqueda constante, es necesaria. La risa sutil o la carcajada, en cualquiera de sus formas, manifiesta alegría, disfrute, goce. Son payasas. Entonces cuando se calzan la nariz roja y entran en ese lenguaje teatral se zambullen en un viaje sin retorno. Y lo hacen acompañadas del espectador, que está siempre presente y comparte cada paso. A transitar ese viaje infinito invitan las seis actrices protagonistas del Encuentro MuchaChica, que comienza mañana y continuará el domingo y los días 14 y 15, en el espacio cultural NoAvestruz (Humboldt 1855). Se trata de seis unipersonales de clown que versan sobre temáticas universales como la búsqueda del amor, la necesidad del encuentro con el otro y con uno mismo, la felicidad, el deseo, la libertad. “Después de cada obra, las payasas ya no son las mismas porque transitan una trasformación muy grande. Ya nada va a volver a ser como antes”, coinciden.
El encuentro propone seguir dando visibilidad a la técnica que está tomando cada vez más fuerza en la escena teatral porteña. De hecho, cada vez son más las mujeres que se animan al desafío del unipersonal clownesco. “En los últimos seis años, esta disciplina se expandió muchísimo. Las mujeres han ganado espacios en todos los ámbitos, hay muchas haciendo clown. Y buscando otras formas de vivir y de vincularnos con el trabajo”, subraya Yanina Frankel, durante la entrevista con NaN. En cada jornada se podrá ver tres obras: a las 18, a las 20 y a las 22. Irene Sexer presentará Querida Marta; Yanina Frankel, Ingue; Marina Barbera, Seis; Luciana Wiederhold, Un poquito sola; Valeria Maldonado, Vuelo; y Paula De La Cruz, No sé si quiero.
–¿Por qué eligen trabajar desde el unipersonal?
Valeria Maldonado: –Hacer un unipersonal es un proceso único. Y es como un rompecabezas. Mi búsqueda fue de armarme a mí misma. Y conocerme. A través de la búsqueda que hacemos en el unipersonal te conocés a vos mismo. Yo conocí mis raíces, las piezas de mi misma. Había trabajado en dúo y en un momento decidimos separarnos y armar cosas por separado. Y fue difícil rearmarme, pero fue una búsqueda interesante. En el unipersonal trabajÁs con muchos materiales, uno de ellos es la identidad, por eso digo que es la búsqueda de las partes de mi historia. Y me resultó muy interesante porque entregarme a esa búsqueda me hizo atravesar un montón de situaciones, y en el camino fui encontrando las piezas del rompecabezas para armar esta historia. A través de esta experiencia conocí la historia de mis abuelos paternos, que no los conocía. Y empecé a entender de dónde venía y hacia dónde quiero ir. Creo que es la búsqueda de todas en los unipersonales. Hacemos un proceso en donde conocemos de dónde venimos, moldeamos el material en escena, junto con el público, y luego vemos la resolución, que a veces está en signos de pregunta.
Yanina Frankel: –Es un unipersonal justamente porque hay algo muy personal que uno quiere decir. Yo no podría haber contado esta historia con otro, porque tiene que ver con mi historia, con mis raíces. Entonces fue una oportunidad para contar algo muy mío. Y además es un desafío estar en el escenario sola. Es muy difícil. Hay un deseo muy grande de encontrarse con uno mismo. Y trabajando con otro se trabajan otras cosas, vas en busca de otros caminos. Pero estar solo ayuda a profundizar muchas cuestiones personales.
Marina Barbera: –El punto de partida es muy autobiográfico, sin embargo siempre tendemos a buscar que el lenguaje vaya hacia lo humano más universal. Porque ponemos en escena cosas que nos suceden a todos los seres humanos. Aunque se parte de una historia personal porque uno se está riendo de uno mismo. En mi obra siento que toco mis puntos más en sombra, son cosas que me costaba abrir, ¡soy insoportable! Y reírse de eso hace bien.
–¿Es sanador poner en escena ese material tan personal?
Y. F.: –Si, pero después trasciende lo personal y se convierte en el espectáculo. Porque empieza a ocupar un lugar universal.
V. M.: –Es recontra sanador. De repente ponés en escena un material tan íntimo y lo compartís con el público, que se deprime y se ríe con vos. Estos unipersonales tienen eso en común: comparten con el espectador un estado eufórico, que se revierte y muta. Y sana ahí, en el aquí y ahora.
–¿Por qué creen que cada vez hay más mujeres haciendo unipersonales?
Y. F.: –Creo que hay una tendencia en estos últimos años. Antes la pregunta era “¿hay más chicas haciendo clown?” y hoy es “¿hay más clowns haciendo unipersonales?”. Hay un recorrido que se hizo en estos últimos años. Las mujeres han ganado espacios en todos los ámbitos, hay muchas mujeres haciendo arte. Y buscando otras formas de vivir. Y otras formas de vincularnos con el trabajo. Somos muy apasionadas…
M. B.: –Como referente tenemos a Cristina Martí, que era parte del Clú del Claun, era la única mujer. Pero cuando yo decidí que quería dedicarme a esto estuve muy cerca de Lila (Monti), que es mi par, mi hermana, fue la primera payasa que vi actuar. Entonces mi referente fue alguien que también era mi par. Cuando hice mi primer unipersonal nunca había visto a una payasa en un unipersonal. Y eso me hacía sentir que tenía que probar. Sentí que a partir de esos años empezó a crecer mucho esta disciplina en Buenos Aires principalmente. Salís de acá y no es la misma movida.
Y. F.: –Cada vez hay más mujeres y cada vez tenemos más necesidad de juntarnos y compartir las energías. Y cada vez se está reconociendo más como un trabajo.
–Es una técnica generosa porque recibe a todos, sean actores o no…
V. M.: –Creo que cada vez hay más gente haciendo clown porque la técnica toca puntos muy personales, los puntos que están en sombra. Y, de repente, a través de la risa podés conectar con esa sombra y hacer reír a otro. Además es una técnica que cualquiera puede abordar, no es necesario que seas actor. Hay gente que no es del palo y va para reírse. El clown es el arte de ser genuino. Un taller de clown podría llamarse “Taller para ser verdadero”. Y es difícil trabajar con el material de uno. Hay que reírse de si mismo y eso es re difícil. La gente quiere hacer un taller de clown porque trabajás con vos mismo. Hoy en día está todo muy tapado, muy máscara.
M. B.: –Es que antes una cosa era el trabajo y otra cosa la vida, algo bien separado. Para mí el trabajo y la vida no están separados, es lo mismo. No es que tengo que ser diferente en cada ámbito. En un punto, cada vez hay más trabajos que nos permiten integrar lo que uno es. Pero también hay algo de lo social porque se trabaja con algo personal, pero si no salís al mundo con el trabajo, no sirve. El clown no existe si no se encuentra con un otro. Solo en la habitación, en su mundo, no existe. Entonces empieza a ver que lo que hace tiene que ver con un contexto social, político y cultural en el que está. El clown no puede estar ajeno a eso.
–¿Creen que tienen algún rasgo en común entre las seis payasas?
V. M.: –Que nos hicimos una remera que dice “Soy fan del clown” (risas).
M. B.: –Todos los espectáculos tienen transformaciones grosas… Luego de las obras no somos las mismas payasas. Es como si tocaran algún punto que hace que se les den vuelta las cosas. Además, tenemos edades bastante parecidas. Hay algo generacional. De 30 para arriba.
V. M.: –Que en las obras todas partimos de una búsqueda de algo del pasado, que se vive en el escenario y terminamos dando un mensaje de futuro. La crisis es algo que está en las seis payasas.
Y. F.: –Después de la obra ya no somos las mismas, hay algo que cambió. Hay una decisión de que eso sea así, que nada es como antes. La payasa ya no es la misma.
–¿Por qué eligen el lenguaje del clown?
M. B.: –Cuando empecé a hacer clown sentí mucha libertad, fue una exploración, algo infinito. Tenés la máscara que en realidad te desarma y aparece el material creativo. Te da libertad para crear.
Y. F.: –La técnica te moviliza internamente tan fuerte que siento que no quiero hacer otra cosa, no puedo, no sé que pasa. Hay algo que se encarriló para ese lado. Y el humor es muy necesario. Hay una satisfacción muy grande por estar ahí. Mucho disfrute. Y somos así todo el tiempo, nos reímos todo el tiempo.
V. M.: –Te da una libertad creativa que nunca acaba. ¡Y ya somos fanáticas del clown!
M. B.: –¡Por eso no encuentro pareja! Porque no puedo dejar de reírme (risas).
–¿Qué significa la nariz para el payaso?
M. B.: –Usar la nariz significa defender a los payasos, es una manera de decir “que se dé cuenta todo el mundo que esto es un payaso”. En realidad, tener la nariz tiene que ver con un trabajo interno. Es una máscara y también es un punto de partida. Una máscara viene a decirte cosas, uno no le puede imponer nada. La nariz nos dice “entro en tu rostro y animate a la transformación que te trae este código”. Cuando el payaso se pone la nariz hay una entrega muy grande por parte él.
Y. F.: –Es una máscara que te permite expulsar ciertas cosas. Pedagógicamente es una ayuda muy grande, para poder liberar. Además es estético y a la vez te coloca en un estado, te da muchas posibilidades.
V. M.: –Es un dispositivo que te ayuda a transitar ciertas emociones, lo grotesco o absurdo que tienen las situaciones. El clown que no usa nariz la traduce en otra parte del cuerpo. Igual, lo más profundo de la técnica es el contacto a través de la mirada. Es el condimento más importante.