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Hablando de mi generación

GENERACIÓN_ENTRADA
León Ferrari (Irupé Tentorio), Liliana Hecker, Félix Bruzzone (Santiago Meligeni), Milena Vidal y Ronan Núnez (Mariano Iñíguez) responden un cuestionario sobre la dictadura.

1. Defina la palabra “terror” teniendo en cuenta lo que se sabe de la última dictadura militar argentina.

2. ¿A qué generación diría que pertenece? Descríbala. ¿Cuáles son los prejuicios con que se suele aludir a su generación? ¿Cómo describiría la mirada de su generación sobre la última dictadura?

3. ¿Qué reflexión podría aportar sobre la vinculación entre el arte y los procesos históricos, en particular la última dictadura militar?

4. ¿Se puede hablar de generaciones más o menos comprometidas con la historia argentina? ¿Alguna vez se sintió discriminado al hablar sobre la última dictadura?

5. ¿Qué diría sobre la última dictadura que cree que no fue suficientemente dicho?

 

LEÓN FERRARI. ARTISTA PLÁSTICO
El 24 de marzo de 1976 tenía 55

1. El terror ya existía. Se decía que Auschwitz había sido el máximo. Con los aborígenes argentinos era terrible: les cortaban las manos, las ataban y las usaban como collar. Parecería que hay una competencia entre los asesinos para ver quién es más cruel. La crueldad y el terror van muy unidos. En el caso de la dictadura, son palabras muy débiles, porque había una banda de asesinos. Ellos estarán conformes porque inventaron el “desaparecido”. Pienso en la teoría de los dos demonios: por supuesto que el ERP y las FARC mataron gente, pero fue muy diferente porque que yo sepa no hubo torturas ni hijos cambiados. Ni 30 mil desaparecidos.
2. Nací en el ’20 y pertenezco a la generación del ’55, cuando empecé a pintar de casualidad, porque estudié ingeniería. No sé cómo describir a esa generación. Quedaron muy poquitos, mis compañeros se murieron todos. No sé dónde leí que cuando se mueren tus amigos tenés que aprender a tocar el arpa. Muchos de mi generación estaban de acuerdo con la dictadura. Era una “degeneración”. Yo fui a San Pablo y estuve ocho años seguidos. Pasó una cosa extraña: vi por televisión un partido de fútbol del Mundial de 1978 y había montoneros ahí… ¡Era un partido de la dictadura! El fútbol estaba antes que la vida. Los que más perdieron fueron los guerrilleros, los montos, los del ERP, las FARC. Yo tenía un hijo monto que desapareció.
3. En general, el arte fue una bandera de la Iglesia. Hizo posible que tuviera el papel que tiene: Miguel Ángel y todos los grandes pintores estéticamente maravillosos, éticamente se dedicaron a ensalzarla e ilustrar maravillosamente sus crímenes. En la dictadura no todo el arte sufrió una persecución. Cuando te fijás en los grandes, en el Renacimiento, estaban todos de acuerdo con el poder y con la Iglesia. Ahora algunos usan el arte como lo uso yo: para transmitir una opinión política.
4. El compromiso no es un problema de generaciones. Una cosa es asomarse y mirar y otra, militar, sea con las armas o la palabra. A mí me viene a visitar una comunidad atea que hace un libro y tiene una revista: eso también es militancia. Un amigo mío me ofreció inscribirme en uno de los organismos contra la dictadura, pero yo me iba a Brasil. Posiblemente fue una agachada, a veces me lo pregunto. Fui a Brasil, eran los finales de la dictadura de allá, pero me dejaron trabajar tranquilo. La novia de mi hijo Ariel, el desaparecido que era montonero, volvió a buscarlo y desapareció. Yo hice una denuncia a las Naciones Unidas, entonces en Le Monde Diplomatic salió un relato de las desapariciones en la Argentina, con una foto de ella, que se llamaba Liliana. Nunca me sentí discriminado al hablar de la dictadura.
5. Jamás se va a pensar que se dijo todo con respecto a las desapariciones. Posiblemente todavía no hay siquiera una obra de arte que retrate el horror. Yo escribí unos poemas, lo digo con mucha humildad, buenísimos (risas). Pero no hay una obra que pueda reflejar todo ese horror. Yo renuncié, pero he hecho dibujos bastante buenos (risas).

LILIANA HEKER. ESCRITORA
El 26 de marzo de 1976 tenía 33 años

1. Está muy claro, históricamente, lo que es el terrorismo de Estado. El miedo es un sentimiento individual, y el arte trabaja muy bien para registrar las distintas formas que toma. La historia y el documento periodístico registran lo general pero el hecho artístico, las formas de sobrevivir de cada uno. En mi novela El fin de la historia hablo del miedo que ni siquiera es el de una militante, sino el de alguien. Lo condenso en el momento de la noche en que hay que girar la cerradura de la puerta. Es algo físicamente oculto en la nuca: un no saber si se va a poder terminar ese acto trivial.
2. Pertenezco a la generación del ‘60, porque empecé a colaborar en El Grillo de Papel cuando tenía 17. Soy de esa generación por una suma de circunstancias. Hubo una generación del ‘60 propiamente dicha: Abelardo Castillo, Manuel Puig, Juan José Saer, Daniel Moyano y otros muy jóvenes. Y se dio otra generación muy precoz, que comenzó a publicar y hacerse muy conocida, con escritores como Ricardo Piglia, Vicente Batista y yo misma. Mi vínculo con la pasión por la polémica tiene mucho que ver con esa época. Ninguno de nosotros tiene ideas preconcebidas de la dictadura porque nos cortó, cayó sobre nuestras cabezas. Era una generación que creía en un cambio social. Algunos fueron asesinados y desaparecidos, otros se exiliaron y otros nos quedamos con nuestra manera de existir modificada. Un ejemplo: la calle Corrientes era un lugar de encuentro y debate, donde uno discutía los grandes problemas ideológicos. En El Escarabajo de Oro teníamos reuniones abiertas, en el café Tortoni venía cualquier joven narrador y leía su cuento. Los viernes a la noche había un bowling muy de moda donde competían muchísimo Rodolfo Walsh, Abelardo Castillo y Lautaro Murúa, que tomaban whisky a lo loco y discutían apasionadamente. El transformar la literatura en algo vital desapareció con el golpe militar. Tuvimos que concebirnos de nuevo. No hablo en nombre de Manuel Mujica Laínez ni de los escritores de derecha, que seguramente se sintieron muy cómodos.
3. El arte puede registrar experiencias personales, fijarlas para las generaciones que no la vivieron, que pueden sí estudiar los hechos históricos. Un hecho artístico dialoga de otra manera con el lector, ilumina un hecho. En principio, recorta y modifica hechos para que sean significativos de una manera estéticamente particular. Hay hechos de la realidad tan fuertes en sí mismos que no permiten la reformulación en hecho artístico. Entonces, uno trata de contar de otra manera. Por ejemplo, la literatura no puede ir más allá de la tortura, tiene que contarlo desde un costado diferente.
4. En términos generales, los escritores que surgimos en los ‘60 nos sentimos comprometidos con la historia. Hablábamos de un doble compromiso: uno intelectual, con la realidad; y otro con nuestra herramienta, las palabras. De hecho, es una generación con una excelente obra narrativa y poética. ¿Si me sentí discriminada alguna vez? Si alguien de la derecha me recrimina el odio profundo que tuve y sigo teniendo por la dictadura, me voy a sentir muy orgullosa. Tuve una polémica con Julio Cortázar sobre si había que irse o quedarse, pero es fascinante tener posturas distintas ante determinados hechos.
5. Es interesante que sigamos analizándonos, a toda esa generación muy politizada y lúcida, con muchas ganas de hacer, y ver realmente qué nos pasó, cómo nos marcó y quiénes somos. En cuanto a la dictadura, lo único que espero es que sigan juzgando a todos los criminales, que se siga enseñando cada vez con más claridad a los chicos en el colegio y dando enorme discusión sobre lo que fue.

FÉLIX BRUZZONE. ESCRITOR
El 26 de marzo de 1976 tenía -5 meses

1. Si me dicen “terror” pienso en una película de ese género. Puede ser terrorismo de Estado. Y yo lo veo como un eufemismo. Es una forma de decir, de contar lo que pasó, pero no dice mucho, es como el título de un libro. Puede llegar a sintetizar un conjunto de ideas, pero después hay que aclarar a qué se refiere. Pero con ese eufemismo, más que pensar, siento cosas. Cuando pienso en esa época, me la da sensación de que todo el mundo funcionaba con una lógica que defendía intereses. Incluso hoy sucede, aunque de otra manera.
2. Pertenezco a una generación que vivió de una manera directa la última dictadura: en carne propia o en sus consecuencias. Estamos entre los 30 y los 35 años. Cada vez somos más los que vemos que la dictadura no fue lo que le pasó a un grupo de personas sino a toda la sociedad. Con los nuevos aires y las leyes de los últimos diez años todo cambió para bien. No veo ningún prejuicio sobre mi generación, ni siquiera veo demasiado claro que entre los de mi edad podamos ser una en el sentido de promover un destino común. En cuanto a prejuicios de otros, hay uno de Andrés Rivera que me causa gracia: somos unos ignorantes. Lo que creo que hay como rasgo distintivo entre mi generación y las demás es una relación diferente con el problema: se lo mira, más que pensando en el pasado o en el presente, en el futuro.
3. El arte es también un actor histórico, no va suelto. Cuando uno participa en el arte desarrolla sensibilidades que actúan en la historia. ¿Qué leía Rafael Videla? ¿Y Mario Santucho? El arte cuenta los sueños y las pesadillas de la historia, lo que no se puede decir, lo que no se puede recordar.
4. Se tiende a mostrar que hay generaciones más o menos comprometidas con la historia argentina. No sé si es así. Lo que pasa es que hay un momento donde nos toca pensar sí o sí sobre el pasado y el futuro. A nuestra generación le toca esperar por varias razones; una de ellas, porque se alargó la adolescencia. De chico me sentí discriminado para hablarlo. De los seis a los diez años. Se daba, sobre todo, con el silencio para hablar de lo que pasó. En el espacio privado, la discriminación es mucho más sutil. Vivía la sensación constante de que los adultos no querían hablar de la dictadura. Y además, no sabía cómo hablarlo con mis amigos. Me volvía loco para nominar lo que había pasado, porque era un fragmento de la historia que a ellos no los había tocado directamente. Entonces, me dominaba el silencio.
5. Sobre la dictadura nunca se dijo todo. Cada época tendrá algo que decir. Fue un hecho traumático en la historia argentina que hará que se siga hablando, que haya más lecturas de lo que pasó en esos años de horror.

MILENA VIDAL. CINEASTA
El 24 de marzo de 1976 tenía -7 años.

1. El terror es la tortura física y psicológica, la desaparición forzada de alguien, de una familia. Es la sensación: el sentir que alguien no está, que no vuelve, que no volvió, que no volverá nunca.
2. Soy de una generación que en los ‘90 fue muy golpeada. Muchos en ella eran entonces totalmente apolíticos, algo que se plasmaba en frases como “no me interesa la política”, “que se vayan todos”, “los políticos son todos corruptos”. De forma progresiva se dio un despertar y el darse cuenta de lo que fueron esos años de plomo. Comenzamos a hacernos preguntas. De hecho, el motor de la película Padres de la plaza, diez recorridos posibles (realizada junto a Juan Vitale y Joaquín Daglio) es una pregunta: ¿qué sucedió con los padres? Es que quienes nacimos en dictadura o en los primeros años de democracia nos criamos en un contexto raro y empezamos tímidamente a preguntarnos.
3. De alguna manera, tenemos el privilegio de estar en democracia, de estar atravesando un proceso donde lo artístico tiene mucha liberación, y el cine es uno de los ejemplos. Actualmente, hay mucha producción de cine argentino, de cine documental, muchos grupos, mucha búsqueda y espíritu de profundización. Y lo veo en el ámbito de los derechos humanos, sobre todo. Una vez que terminó la dictadura y llegó la democracia se empezaron a generar manifestaciones artísticas al respecto. Investigaciones hay un montón. Y lo que se busca hacer desde el arte, en nuestro caso desde el cine, es favorecer la profundización, la expansión de lecturas sobre los hechos que forman parte de nuestra realidad.
4. No importa desde qué lugar opinemos cada uno, hay compromiso político en general. En mis viejos, mis abuelos, nosotros y los más chicos. Hay un latido bastante político, bastante de estar enterado de lo que pasa, de opinar, discutir, ir a las manifestaciones, criticar lo que haya que criticar y defender lo que haya que defender. El otro día estaba tomando unos tragos con gente del ámbito laboral y conté sobre la película. Uno de los chicos que estaba ahí, que tiene dos años menos que yo, dice: “Ah, mirá vos, deben ser todos zurditos de la UBA los que hicieron la película.” Para mí este tipo de expresiones surge de la ignorancia, el desconocimiento, el haber crecido en un ámbito muy cerrado. Mi respuesta fue, como jodiéndolo: “¿Y vos, que fuiste a la Universidad de San Andrés?” Se me quedó mirando. Pero son pocos los que hoy defienden la dictadura o a los milicos.
5. Sobre lo “no suficientemente dicho”, en el film intentamos una profundización, una lectura distinta. Es cierto que hay mucho hecho, dicho e investigado. Pero en nuestra generación y en las que nos preceden, cualquier elaboración de un discurso presente sobre lo que ocurrió en aquellos años, aunque sea individual, mínimo me parece valioso. Porque forma parte de la construcción de nuestra historia y de lo que no está en los manuales: la historia individual, única, fresca, pura y que inmediatamente activa el debate y el lazo. Que personas como nosotros o más jóvenes vayan al cine y vean esa película fomenta no sólo la educación sino una idea.

RONAN NUÑEZ
El 24 de marzo de 1976 tenía -16

1. Terror es no saber. Es temer a lo que desconocemos y no podemos controlar. Miedo a perderlo todo de repente.
2. Tengo la edad de los que aparecen en Policías en acción matándose a palos o diciendo “qué copado que está drogarse”. También la de los chicos que van al sur a ayudar a una escuelita rural. Soy de la generación de los hijos de los jóvenes que fueron a Malvinas o que escuchaban a Charly García y al Flaco Spinetta. No lo viví, no lo sufrí, no lo temí, ni me tocó de cerca. Lo que sé es un rejunte de lo que me contaron, leí o vi en algún documental. Y como el “si no lo viviste, no podés opinar” sigue vigente, es complicado abrir la boca a veces. No soy ejemplo de nada, creo que hoy la información está a la mano del que quiera tenerla, y si te querés involucrar, podés hacerlo. Hay muchos jóvenes que quieren saber y hacer cosas para mejorar la situación del que tienen al lado. Y eso es buenísimo.
3. El arte es energía viva que se mueve y ondula entre las personas y lo que les pasa. Así de simple. Si le ponés un muro adelante, el arte se choca, se para, se astilla… Pero también puede encontrar alguna grieta entre los ladrillos y colarse. La censura y la persecución son el muro.
4. Nunca me sentí discriminado. Sí es verdad que cuando uno no estuvo cerca o no lo vivió, no tiene un lazo íntimo con el tema; pero no tiene nada que ver si sos consciente de que, a tu edad, alguien estaba muriéndose de frío peleando por tu país. Y de que, de un día para el otro, ese mismo país le dio la espalda. También tiene que ver con que hoy vemos a las Abuelas de Plaza de Mayo y su laburo, a los ex combatientes que también cuentan su parte, y en el cine y el teatro siempre algo citan… los jóvenes estamos cerca de esa información. Entonces es lógico que escuches a alguien de 20 o un poquito menos explicar el porqué de “los dinosaurios van a desaparecer”.
5. Nací en democracia, la valoro y la elijo. Considero que sólo mediante la democracia se puede avanzar y mejorar. Y la forma de que funcione es que cada uno desde su lugar tome conciencia de que las armas las tiene en su voto y en su participación como ciudadano activo. Cualquier acción violenta no cabe dentro de esa ecuación. La Argentina del ‘76 estaba llena de violencia, confusión y miedo. Y no sólo lo que pasó tuvo consecuencias inmediatas sino que hoy hay hombres y mujeres que no saben su identidad. Entonces, ¿cómo no valorar la democracia? ¿Cómo no valorar tener el derecho a saber y expresar ideas?

Producción: Facundo Gari, Esteban Vera, María Daniela Yaccar y Nicolás Sagaian.

Fuente: NaN #1 (marzo-abril 2011)