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“El tecnopop es un género bastardeado”

HIROSHIMA_ENTRADA
Ex productor y tecladista de The Quindimils, Pablo Rivas presenta su segundo disco, “Las ideas negras”, nueve canciones que se disputan el podio de la canción de amor perfecta. “Incluso si hacés un disco conceptual de tu equipo de fútbol, como los de Copani, el tema del amor está siempre presente”, observa. Fotografía: Sebastian Pani

Por Walter Lezcano
@lezcanowalter

Todos los que leímos Moby Dick, de Herman Melville, sabemos que hay obsesiones que pueden costarte la vida. Pero no todo es tan destructivo. A veces aparecen obsesiones que no te matan, sino que pueden hacerte crecer. Sobre todo si sos artista. Por ejemplo, buscar belleza donde otros ven mugre. O, y ahí nos metemos en el tema de esta nota, tratar de escribir la canción de amor perfecta. Éso es lo que se impuso como meta el músico, productor y artista plástico Pablo Rivas, también conocido como Mambo o Hiroshima Dandys. Así, persiguiendo ese anzuelo tan seductor, fue cómo logró darle forma a Las ideas negras, un disco que tiene muchas máquinas y ritmos robóticos pero cuya tracción, definitivamente, es sanguínea.

Son nueve canciones que suman un total de 31 minutos y en las que pueden escucharse cosas como: “Un tiempo antes de conocernos/ yo ya sabía que existías”; “Pero me estoy ilusionando otra vez,/con lo tranquilo que estaba estando mal”; “Canciones de amor/ en épocas de guerra”; “Mi oscuridad más grande/ con tus colores más brillantes”. Es decir, es un disco que cae en la redes del amor en su versión más conflictiva, pero que también trata de encontrar un sentido. ¿Cuál es la naturaleza de ese sentimiento que algunos llaman amor? Y, un interrogante temible, ¿cuáles son sus límites? Éstas son cuestiones que están presentes en Las ideas negras de manera más o menos explícita.

En ese combo que suman las letras y los sonidos emerge, como un pequeño desequilibrio que resignifica lo anterior, la voz de Rivas. Con un perfil de crooner curtido, la entonación de Rivas —por momentos fría y a veces entregada al melodrama y al desenfado, pero siempre muy personal— logra ensamblar con sutilezas todos los conflictos íntimos que plantean las canciones.

Las ideas negras de Hiroshima Dandys es, entonces, una búsqueda sonora y estética por los caminos trillados del amor. Sin embargo, y ahí surge lo interesante, el disco logra generar climas y texturas que envuelven y hacen que el oyente caiga nuevamente en la trampa: el romance y la esperanza de llenarse el corazón con una compañía eterna.

—¿Cómo nace Las ideas negras? ¿Qué tenías ganas de transmitir?
—Tenía en mente escribir una canción de amor, una canción de amor ideal, que a mí me gustara escuchar y, de ser posible, que me sacara una lágrima, aunque no tenga ni me interese mucho encontrar a quién escribírsela. Fue casi como un ejercicio. No me salió. Pero seguí intentándolo en cada uno de los temas y al final, en el último del disco, me pareció que sí tenía esa canción de amor.

—¿Cómo fue el proceso de grabación y cómo fuiste seleccionando a quienes participan en el disco?
—Lo grabé en mi casa. Debo haber empezado a demear la primera canción a principio de 2014, con una aplicación muy simple para hacer música en una tablet: tirando acordes, bases y descartando canciones. Después, cuando encontré las nueve canciones que más me cerraban, lo contacté a Carlos Shaw (que acababa de producir a los ABducidos en un disco tremendo) para que me diera una mano mezclando. También le pedí a Fok Electrochongo unos sintetizadores y unos pianos, y las guitarras las grabaron Adrián Guzmán, que es un músico que admiro desde que nos conocimos, y Nico Gonzalez, de Los Telepatas, Diskette y Partido de la Costa, que además es el curador del sello Sólo Le Pido a Dior y la persona más manija que conocí en los últimos tiempos. Aunque el primer colaborador, antes de grabar la primer nota, fue Sebastian Pani, fotógrafo con el que me entiendo mejor que con cualquier músico. Desde siempre me fascinaron las tapas y me parecen tan importantes como los discos.

—En el tema “Triple agente” hablás de “canciones de amor en épocas de guerra». ¿De eso se trata este disco? ¿Ésa es la idea que cohesiona todas las canciones?
—Ese tema salió mientras escuchaba un podcast de una historiadora colombiana. En ese programa hablaba de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial y de cómo la BBC encargaba canciones que contuvieran mensajes cifrados para la aviación. Me pareció una cosa maravillosa. Después los versos fueron cambiando y de la idea inicial sólo quedaron el título y el estribillo.

—¿Cómo trabajaste el sonido del disco? ¿Reconocés alguna influencia?
—La idea inicial era que el sonido del disco fuera como los primeros dos de OMD o Feline, de Los Stranglers: temas híper simples, cajas de ritmo muy básicas y unas reverberancias casi insoportables. Pero por suerte Carlos Shaw, mientras luchábamos codo a codo en la mesa de mezclas, me convenció de limpiar algunas partes y ensuciar otras para que la gente no tenga que sufrir en sus oídos mis caprichos.

—¿Las líricas te resultan sencillas? ¿Cómo te llevás con la escritura?
—Me encanta escribir letras pero me parece un trabajo dificilísimo. Siempre siento que tengo más cosas que quiero no decir o palabras que no quiero usar que las que sí quiero decir, pero dentro de ese condicionamiento creo que consigo buenas cosas. También suelo escribir narrativa pero nunca llego al momento de tener que ponerme a corregir, que me parece que es el trabajo más duro y el más delicado, así que por lo pronto me llevo mejor con la lectura.

—¿Es posible hacer un disco de pop sin hablar de amor?
—Es difícil. Calculo que en un EP de cuatro o cinco temas sí se puede hacer, pero en un disco de más de ocho o nueve canciones, si no te gustan ni los coches ni el fútbol es imposible. Incluso si hacés un disco conceptual de tu equipo de fútbol, como los de Copani, el tema del amor está siempre presente.

—Sos ilustrador, dibujante y artista plástico. ¿De qué te sirve todo ese capital gráfico a la hora de hacer música?
—La verdad es que no creo que sirva de mucho. Hasta perjudica, porque mientras estoy dibujando pienso que tendría que hacer una canción y mientras estoy grabando, que estoy postergando otra cosa. Pero debe ser de culo inquieto nomás.

—Éste es tu segundo disco. ¿Sentís que evolucionaste? ¿En qué aspectos lo notás?
—Creo que este disco tiene menos “letras falopa” que el anterior. Me refiero a cuando uno escribe un montón de palabras y utiliza un montón de imágenes en función de la necesidad de llenar una melodía con la voz. Antes eso lo justificaba pensando que era poesía, pero si uno se da cuenta que no es muy genuino, es falopa.

—Hay un tema que se llama “El tecnopop de los trabajadores”. ¿Eso significa que hay un electropop de chetos?
—“El tecnopop de los trabajadores” viene de un chiste que hacíamos con Electrochongo: renombrábamos el tema de Pier “Sacrificio y tecnopop”. El tecnopop es un género re bastardeado, incluso por la gente que lo hace. Salvo a los Kraftwerk, a nadie se le ocurriría hacer un tema como “El rock de la cárcel” o “El blues de las 6 y 30” pero con orgullo, de clase, de género y de género musical. Además, te digo una cosa: aunque los trabajadores seamos la mayoría en todo, el mundo del arte siempre fue un hervidero de chetos.

—¿Dónde pensás que se disfruta más un disco como el tuyo: en soledad, en una fiesta, en un boliche o en un estadio?
—Sin dudas solo. Y, si es posible, de vacaciones. Y, si es posible, antes de las diez de la mañana.