Con un argumento consistente, respaldado en una prosa precisa y clara, el escritor se vale del mundillo del dos por cuatro para contar la historia de un quinteto de músicos que tiene una oportunidad que los consagrará o condenará a un triste y solitario final.
Por Nicolás Alonso
Buenos Aires, septiembre 16 (Agencia NAN-2012).- Hay, desde el vamos, una propuesta argumental y estética interesante en el tercer libro de Luis Longhi. Y es que El Pulpo o la muerte del tango –editado por Editorial Abrazos y el Centro Cultural de la Cooperación– es una novela que se desarrolla en el mundillo del tango contemporáneo, lo cual no es poco. Sus personajes, sus diálogos, ambientes y ritmos, están profundamente determinados por esa elección que logra resistir las tentaciones de los años dorados del tango, con mucho humor y algo de melancolía. El argumento es ingenioso. Una orquesta (o quinteto, “orquesta nos queda grande”, como gusta remarcar a uno de los personajes) que se prepara para una presentación en un reconocido festival tanguero: “El Festival del Bandoneonazo”. Después de años de remarla, la participación en ese festival es para el grupo un punto de quiebre, una bisagra. La apuesta es a todo o nada. O la consagración definitiva y la gloria, o el fracaso y el olvido.
Pero, como se sabe, para que exista una novela debe haber un conflicto. La organización del evento exige a las bandas participantes la presencia de un cantante, algo no muy bien visto por el Tano (así el nombre del protagonista) y sus colegas. Necesitan un cantante, sí, pero uno “que no se corte sólo, que sienta que es parte de un todo, porque todos vienen con el chamuyo de que quieren que su voz sea un instrumento más de la orquesta como argumentaba Troilo, pero después de que los diste a conocer los turros se hacen solistas, se llenan de guita, se garchan a todas las minas, y vos, otra vez sopa, a buscar otro cantante que recomience la rueda que termina siempre de la misma manera”.
Pero ante los momentos definitivos no cabe titubear. La apuesta es a todo o nada y hay que arriesgarse. Este quinteto decide dar el “batacazo” y recuperar una gloria de los años ‘40, a Anselmo “El Pulpo” Vittorica. Los problemas son varios. El Pulpo está avejentado y sólo en un geriátrico, pero más allá de eso “fue, es y será un autentico hijo de puta”, cómo señala otro de los curiosos personajes, el Licenciado Eugenio Rataplán (“rara mezcla de Horacio Ferrer con Pedro Quartucci y el tío Antifaz”). Una especie de bicho de laboratorio tanguero. Estudioso, desquiciadamente académico en su modo de hablar, este tipo es un erudito del tango (que lo ama, y lo odia a la vez). Conocedor de la vida del Pulpo, les facilitará a los muchachos del quinteto la información que necesitan para llevar a cabo el plan. Aunque rápidamente esa ayuda comenzará a convertirse en un lastre.
Además de los miembros del grupo y el Licenciado Rataplán, el otro personaje que aparece en el texto es Tebi, un encargado y dueño del bar que suele frecuentar el Tano. Con el correr de las páginas este personaje que al principio aparenta ser accesorio tomará un protagonismo más marcado, poniendo en evidencia el particular vínculo que, sin que el Tano lo sepa, los une.
Los diálogos fluyen, precisos. No hay necesidad de aclaración. Después de unas primeras páginas en las que el lector necesita ir “acomodándose” a las voces de cada personaje, se ingresa al ambiente que propone Longhi, en el que esas voces se transforman en un flujo constante. Podría decirse que la narración, con la fuerte presencia de los diálogos, adquiere cierto tono cinematográfico. Deviene una suerte de guión comentado por el Tano, este protagonista, líder del grupo, en el que el autor deposita el peso del relato. Él es la primera persona en la que está narrada la novela.
El Chuzo, el Froca, el Tano, Andrés y Fabián corporizan sus deseos de consagración, sus charlas filosóficas, debates éticos, sus discusiones eternas y circulares, en la eficaz pluma de Longhi. El argumento es consistente y convoca la urgencia por avanzar en el lector.
La prosa es precisa y clara, apuntalada por la primera persona que encarna el Tano, logrando potenciar, de esa forma, la fuerza del argumento y la contundencia de las escenas que se suceden sólo interrumpidas por alguna que otra reflexión del protagonista. Como si esto no alcanzara, el desenlace es exquisito, guinda del postre que cierra una novela dinámica, entretenida, ingeniosa y, ante todo, bien lograda.
