Después de una primera novela, El viento que arrasa, muy elogiada, la escritora entrerriana continúa forjando una narrativa realista con una historia ambienta en un pueblo del Litoral argentino.
Por Juan Ignacio Sapia
Buenos Aires, julio 8 (Agencia NaN-2013).- En su nueva novela, Selva Almada vuelve a poner en escena un estilo propio, en el que la extrañeza de una geografía y unos personajes salvajes convive con una sensación de familiaridad, de sospechosa cercanía. Si el elogio para Este viento que arrasa (2012), acontecimiento literario, había sido el corrimiento del relato urbano, la construcción de una literatura no costumbrista, sino regional, Ladrilleros (Mar dulce editora), la nueva novela de la escritora entrerriana redobla la apuesta: construye una tragedia en pleno Litoral, que se alimenta de flashbacks y de presencias fantasmagóricas como del registro oral de sus personajes, y de una escritura realista, precisa.
La primera imagen es irresistible: Pajarito Tamai y Marciano Miranda, dos veinteañeros agonizan en medio de una feria local abandonada. Está amaneciendo, el barro, el cielo, y el ruido blanco que uno de ellos escucha forman una sola geografía fantasmagórica. A partir de aquí, Almada reconstruye de manera simultánea la historia familiar de cada uno de ellos, y de los hechos que desembocaron en la violencia de este desenlace, que se nos aparece predestinada, inevitable.
La labor minuciosa de la novelista se manifiesta en el ensamblaje de los episodios, con sus idas y vueltas en el tiempo, pero sobre todo en la administración de la información. Los personajes aparecen, nítidos, en las líneas de diálogo. Y la voz del narrador se mimetiza con la de los personajes: “A Estela le llovían los candidatos, pero mirá que ir metejonearse justo con el Elvio Miranda”). Hay una reconstrucción de la oralidad, un ánimo de realismo periodístico.
La construcción simétrica de ambas familias, la decisión trágica que hacen las mujeres de sus hombres, casi como una predestinación (“Celina supo que el forastero era el hombre que estaba esperando. Supo también que el padre pondría el grito en el cielo”), la rivalidad instintiva, todo confluye hacia la escena principal: Pajarito y Marciano agonizando y muriendo en simultáneo. Como en El Sur borgeano, los sucesos están atados a la potencia empírica de lo inevitable: los personajes están marcados por la predestinación, son marionetas de una irrefrenable pulsión violenta, que existía cuando ellos nacieron, y sólo puede acabarse con su muerte, con su extinción.
La voz del narrador se hace cargo de esta pulsión, y la acerca al sexo a través de la mímesis en el registro oral: “A los dos les gustaba coger así. Él montándola, mordiéndole la nuca, agarrado a sus pechos como a la brida de un caballo. Ella corcoveando, levantando y bajando las ancas para que el miembro de su hombre se enterrara hasta el tronco”.
Los antecedentes de la literatura de Almada van desde el realismo afiebrado y espectral de Horacio Quiroga hasta la narrativa precisa, diáfana, de Flannery O’Connor. Sin embargo, hay uno más cercano en el tiempo y no justamente literario: el cortometraje Rey Muerto (1995) de Lucrecia Martel. Almada le da contorno a lo que cuenta a partir de imágenes precisas (Pajarito está boca arriba, y Marciano boca abajo), que se ensamblan unas con otras, generando en el lector una sensación de cadencia cinematográfica, que la acerca al lenguaje audiovisual.
Ambas obras coinciden en la decisión de evitar lo transitado, de desplazarse en el mapa de la ficción en busca de lo local. Y las dos llegan al mismo resultado, construyendo una realidad en la que la extrañeza de lo extranjero, de la barbarie, convive con una sensación de familiaridad, de cercanía.
