
Por Juan Marco Castiglione
Dos personas. Un hombre y una mujer. En Buenos Aires, año 2012. Batería y guitarra. Estética atemporal, casi de banda de rhythm and blues. “Ok, seguramente será otro fallido intento de retro garage rock, estilo tan en boga en los últimos años”. Punto. Y aparte. El inmenso caudal de agrupaciones repetidoras de fórmulas cuyo éxito ya se ha comprobado en Estados Unidos y otras latitudes ha ahuyentado cualquier atisbo de sorpresa o quiebre de reglas en el underground local. Bueno, esa idea rondaba por la cabeza de este cronista hasta minutos antes de que los integrantes de Riel, Mora Riel y Germán Loretti, subieran al escenario para demostrar que de vez en cuando a los preconceptos hay que sepultarlos tres metros bajo tierra.
Dos fuerzas sobre el escenario y las herramientas mínimas e indispensables para ejecutar la performance musical. Batería y una guitarra eléctrica conectada directamente a un amplificador de bajo. No hay pedales, no hay pistas, no hay nada. Sólo un dúo y el nutrido público que se aglomeró el pasado 18 de junio en Club V, antro porteño que remite a esos otros antros que todavía pueden encontrarse en las profundidades del conurbano bonaerense. No hay saludos ni arengas. Como un shock, la melodía de la guitarra, entre el surf californiano y el cuelgue “mántrico” del stoner, interrumpe cabalgando sobre un sonido tan grave y saturado como hipnotizador.
“Parasomnia” es el tema que abre el recital y ya desde el primer rasguido deja al espectador completamente entregado al set. La atmósfera que transmite Riel está claramente delimitada por dos elementos clave. Por un lado, la batería de Loretti, que flota entre la potencia descomunal del sacado Animal de los Muppets y la prolijidad alla inglesa del siempre atildado Charlie Watts. Por el otro, la guitarra densa e intrincada de Mora Riel, que pisa fuerte desde el primer acorde y combina un sonido por momentos tremebundamente pesado con incursiones en arpegios, mix que arma una atmósfera oscura de la que es difícil escapar.
“La de los hijos”, segundo tema de la noche, deja de lado el ritmo cansino de su predecesora y se embarca en un viaje frenético que es marcado por un compás robótico y una rítmica deudora del Graham Coxon más zarpado en etanol. Temas como “Antonio”, “Desalojo” y “Pedaleando” siguen la misma línea, que circula entre excursiones plenamente instrumentales y pequeños fragmentos cantados que dejan a la vista la voz etérea y despojada de Mora, que se filtra entre la espesa pared de sonido que construye Riel canción a canción. De Los Natas a Dick Dale, la guitarra pinta cada una de las escenas del no muy extenso recital con incursiones en géneros actualmente harto revisitados (garaje, post punk) de las que el dúo sale airoso gracias a la frescura de su ejecución. Las intensidades de cada tema son dosificadas con miradas; casi no hay palabras. Con un rápido movimiento de muñeca las oscuras bases de tinte drone dan un giro de 180 grados para transformarse en luminosas melodías oníricas y demostrar que, detrás de la construcción de cada tema, existe una máquina de composición más que aceitada.
La intensa “Merienda” corona el cierre allí donde los acordes gruñen sobre el repiqueteo incesante de la batería. “Belgrano” deja de lado los ambientes claustrofóbicos para adentrarse en terrenos del pop que otras referentes del rock femenino vernáculo, como Rosario Bléfari, supieron transitar con la misma soltura que ahora muestra Mora en este escenario de la Avenida Corrientes. Los últimos instantes del set se esfuman entre el mar de acordes saturados de frecuencias graves y una intensidad en descenso que sirve para dar un cierre solemne a 30 minutos de actitud, potencia y melodías capitaneados con la simple ejecución de dos músicos en trance total. Sin ornamentos ni incursiones por lugares comunes, solamente una guitarra y una batería que obligan a uno a pensar: “¿Pará que más? Esta es la medida justa”.