
Por Ailín Bullentini
El síncope puede ser una obra de danza teatro, una original y divertida mezcla de canto, actuación y baile, y también una historia que retoma la estrategia más utilizada por la ficción en cualquiera de sus formas: el triángulo amoroso. Pero es más que esas tres cosas juntas, bastante más.
Desde las anteojeras que para la tarea analítica ofrece la danza, la propuesta de Analía Slonimsky, Luciano Rosini y Federico Pérez Gelardi proviene de la danza experimental y apuesta a mover el cuerpo en relación con las cosas sobre el escenario. Un sillón, dos o tres lámparas y varios objetos de decoración hogareña que, a la vez, sirven de instrumentos improvisados se convierten en superficies propicias para ser bailadas, elementos que comulgan con las coreografías, cuyo ingrediente mayoritario es el contemporáneo. El resto de las técnicas —tropicales, clásico— sólo aparecen en clave paródica.
Sin embargo, la danza es sólo una parte de la construcción dramática y escénica de la apuesta del trío, cuya última presentación en los escenarios porteños fue el pasado sábado, en el marco del Festival Escena. El teatro y la música juegan un rol fundamental. Los artistas construyen sus personajes con el cuerpo en movimiento, pero también —y mucho— con los gestos de sus rostros. Desde ese punto, evitan el porte oficial de bailarín, que está obligado a mirar un punto ciego al fondo de la sala y a sonreír suavemente o a estacionarse en la nostalgia pase lo que pase sobre tablas, cuente lo que cuente la historia. Las caras de los artistas son una de las bases fundamentales de lo que propone El síncope.
Además de jugar con objetos, la historia danzada de El síncope también lo hace con la música en vivo, que le gana por lejos a la que sale de los parlantes de la sala de Café Müller Club de Danza. Las idas y vueltas de Slonimsky, que gataflorea entre Rosini y Pérez Gelardi, es cosida con retazos de boleros, tangos, villancicos y canciones de la resistencia republicana española cantadas por el primero y acompañadas por el segundo a cajón peruano.
La construcción, que aporta a la escena de la danza independiente porteña desde su coqueteo con los límites del hibridismo de los géneros, cuenta una especie de convivencia de a tres en la que la música —no sólo de diversos instrumentos y voces, sino también de la rutina misma— se convierte en el rescate de toda miseria humana. No hay salvación de la avaricia, de los celos y la angustia, del mercado y la propiedad privada, más allá de la música. La historia de El síncope es una de amor y abandono, de dos hombres que se disputan una misma mujer… sólo si se la mira por encima. El triángulo amoroso es, aquí, la punta de un iceberg que intenta otra cosa: una crítica. En ese sentido, la idea del trío es original (también) desde su contenido.
La bella Slonimsky es la única que aparece en el escenario con calzado. Unos borcegos con tacos a los que convirtió, durante los primeros minutos de la obra, en una extensión de su voz. Rosini es el único que canta, con esa herramienta intenta pelear el amor de la dama, y Pérez Gelardi el único hombre que baila: su danza (mayoría contact improvisación) es su arma de seducción. Ninguno lo logra. O, mejor dicho, ambos se cansan de las idas y vueltas, de la pasión y el desencanto de su deseada.