
Por Rocío Magnani
La Shock, poeta de barbarie. Tres tetas de colibrí y 115 hojas fresquitas aleteando su folklore. Niñita de todos los Danieles que fue y las Susy que vendrán. Coplera en la bizarría, cantora del Tucumán arraigado, serenata para los mujeres y las hombres de esta nueva humanidad. Sus versos siempre saltan del margen. Los hipnotiza al tun tun de la baguala y las letritas se crispan, retuercen, despegan. Salen disparadas del papel en hilera filosa, como baldazos al corazón. ¡Cuánta indiferencia!, dice la “n” de normal, y se cuela en la cabeza del más reacio, apalabrando lo rancio, más inquietante que nunca.
―¡Susy Choque, mi amor!— le gritan en plena plaza y corren a besarla.
Taco aguja negro y vestido rosa, la artista Susy Shock reparte invitaciones a la próxima Fiesta de las Noches Bizarras, que hará el 8 de diciembre para festejar los diez años de esa jarana, los dos de su espectáculo Burlesque, su propio cumpleaños y el cierre de un año repleto de proyectos. La Shock está inmersa en ese no género de recitado musical que creó, pero se hizo espacio para grabar su protagónico en Andrea, película de Edgar Do Santos, que estrenará el año próximo; y en María y el hombre araña, dirigida María Victoria Menis, en la que participa. Autora de Poemario Trans… pirado (2011), con prólogo de Marlene Wayar, y de Relatos en Canecalón (2012), con prefacio de Fernando Noy, el año que viene completará la trilogía con la publicación de una recopilación de su dramaturgia.
De momento, Susy disfruta del encuentro con lxs LGBTIQs reunidos en la Marcha del Orgullo. Los volantes que entrega son tamaño estampita, como los que imprimió para regalar en algún show con su Oración a la Divina Trans. “La oración es como un rezo en voz propia. La deidad, lo divino, es uno. No algo externo como un Dios. Yo creo mucho en la ley de atracción; es decir, que con pensamientos positivos se atraen cosas positivas del universo. Y es increíble lo que puede hacer una creencia. Pasaron cosas muy fuertes.”
A Vivi, del asentamiento 8 de Mayo, le iban a cortar una pierna por la diabetes y rezó cada noche suplicando ser oída. Se rezó a sí misma como mantra para atraer lo positivo del mundo. Señora de los Trans/sucia de pelo a rabo y tan bendita/ concédeme la voluntad de alumbrarme y alumbrar/ dame fuerzas para batallar/ (…) y la humildad de saberme diamante/ de mi propio crear. Y escuchó. La Divina Trans ―esa que Susy creó a medida del mundo de marlenes, sacayanes, lemebeles, monstruos transpirados, transformadores trastocados, transatlánticos, sudakas, agitadores de esa aputarrada alegría de ser― escuchó: a Vivi le cortaron un solo dedo. “Todavía me asegura que la oración le hizo el milagro y me obligó a darle todas las estampitas que me quedaban, para llevar a la gente del hospital.”
La idea de la oración, recuerda Shock, era proponer un juego de autocreación a partir de la resignificación del concepto católico de la deidad. “Pero no hay nada más serio que saber jugar. Supongo que ese es mi gran shock, el juego, saber incitar al otro a este juego mío de refundarme todo el tiempo, descolonizarme en esas cosas que me parece que me son ajenas, violentas, que no me pertenecen, que me alejan de la posibilidad más amorosa de pensarme creativamente.”
―¿Qué importancia tiene hoy el arte en el activismo LGBTIQ?
―El arte es el gran renovador y deconstructor de todo. Es el gran despertador que ha tenido esta humanidad siempre, al margen de la cuestión de género. A veces la coyuntura del país hace que esté muy pegadita a los movimientos sociales, como me pasó en 2001 y a partir del debate del matrimonio igualitario. Pero no significa que yo siga a rajatabla esa agenda de la coyuntura, porque el arte tiene otra agenda mucho más intensa. A las libertades se las intensifica y se las sueña cuando volás, pensándote más allá. Desde el arte, creo en el no género, pero no puedo explicarles a diputados y diputadas que mi género es colibrí. Hay que ubicarse, porque la coyuntura política nos obliga a pelear por derechos muy específicos, para los que necesitamos definirnos como comunidad trans, y a veces ni siquiera eso entienden. El arte es siempre otro juego.
―En otras palabras, las tuyas: “No importa qué somos, si alcanzamos a poder serlo”.
―Desde una teoría muy Marlen Wayar (NdR: activista y directora de la revista El Teje), que es una teoría sudaca, trans es todo eso que está en tránsito y que quiere deconstruir la heteronorma, este sistema que en general no le ha hecho bien a la humanidad porque ubicó al hombre en un lugar de sufrimiento, un lugar de no gozo e imposibilidad de hacer cosas más hermosas de las que se nos permite. Es decir, no importa precisamente el género ni la sexualidad en la que decida transitar. Somos personas trans, humanidad trans, en la medida en que queremos deconstruir todo eso que es violento. El heterosexual también puede ser trans.
―Tus poemarios recuperan mucho de la raíz folklórica. ¿Cómo te nació ese apego?
―Estoy muy ligada a eso porque mi familia es provinciana, de Tucumán y de La Pampa, y porque mi crianza fue muy tucumana. Estoy ligada al folklore desde chica, y aún hoy, cuando nos juntamos, cantamos y bailamos. Creo que hoy pude hacer una síntesis. Lo mío fue un proceso en todo sentido: caminé como actriz, como poeta, como cantante. Y hoy, indudablemente, el folklore es lo que más me genera. Siento en la baguala ese canto originario que precisamente es creador desde un no género. Porque cuando canta un coplero o una coplera, un flamenquero o una flamenquera, no creo que dé cuenta de lo femenino y lo masculino.
―¿Qué es la baguala para tus poemas?
―Hay algo con la caja bagualera que tiene que ver con una resonancia muy personal. Es una pulsión que resuena adentro tuyo cuando la tocás. Esto al margen de los ritmos, porque no me considero música, aunque sí cantante. Hay una resonancia que es personal, hay algo que se permite precisamente en este juego de la creatividad. Probar, ir y venir, y sentir que hay una pulsión tuya que es válida como música y como comunicación.
La Divina Trans ―esa que Susy creó a medida del mundo de marlenes, sacayanes, lemebeles, monstruos transpirados, transformadores trastocados, transatlánticos, sudakas, agitadores de esa aputarrada alegría de ser― escuchó: a Vivi le cortaron un solo dedo.
La Plaza de Mayo está llena: drag queens, familias diversas, parejitas por doquier. Anahí, la hija de 21 años de Susy, vende poemarios y camisetas estampadas en uno de los puestos. Lleva una musculosa con un diseño dedicado a su mamá: pecho con chivo peludo y tres tetas tatuadas con la frase (bien) shock: “Que otros sean lo normal”. El vaticano Normal/ el Credo en dios y la virgísima Normal/los pastores y los rebaños de lo Normal/ el Honorable Congreso de las leyes de lo Normal/ El viejo Larousse de Lo normal, dice Susy en “Reivindico mi derecho a ser un monstruo”. En la plaza también saluda a una pareja de mujeres, madres de trillizos.
―Los hijos diversos ya empiezan a dar cuenta de las nuevas formas de familia y eso es maravilloso; porque ser criados por una traba no es algo que les haga ruido. Y lo interesante es que comienza una nueva generación, en la que nuestros y nuestras niñas serán portadores ya no de violencia hacia lo diferente. No creo en ese concepto que tanto se promulgaba: “Déjenos adoptar que en los chicos no se va a notar nada”. No, mis hijos no van a ser iguales. Este mundo es violento porque ha sido criado con la heteronorma. Yo no quiero pedir perdón ni poner excusas ni requerir permisos. Este mundo no solamente no me gusta, lo combato. Y mi hija es una forma de darle a esta humanidad un nuevo ser con otros conceptos, con el amor de su mamá y de sus padres. No somos un matrimonio como ha sido el resto. Somos otra construcción afectiva.
La Shock no juzga tampoco a quienes no se atreven a desafiar esos parámetros de lo “normal”. Porque ya es mucho el dolor y el coraje que se necesita para ser mariposa. “Cuando vos sufrís mucho y te hacen pagar lo que sos, no querés sufrir más. Lo que querés es meterte en el tumulto de lo que es el resto, pedir permiso para entrar y desaparecer sin que se note. Y la verdad es que lo entiendo, aunque no lo comparta. La gente no quiere ser un monstruo. Y no digo que tenga que ser así. Pero siento y reivindico mi derecho a ser un monstruo. Es mi defensa y mi resistencia también.”
Artista trans sudaka. Pitonisa entre la realidad y la magia, según Wayar. Autodefinida colibrí. Nacida en la admiración a esa “Pachamama trans escritora que es la Pedro Lemebel” y en el amor al “enorme Fernando Noy”, que tiene la “letra puta y baila sobre el traste de este arisco suelo”. Ella, arte, monstruosa trans… pirada. Sabe que las letras libres pueden volar.
* Fuente: NaN #10 (noviembre y diciembre de 2012).