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Reggaeton, rap y misterio hasta que se te caiga la careta.-

                             

La invitación es tan secreta y misteriosa como los artistas que abren las puertas al submundo de una calle porteña. La propuesta también rompe los moldes tradicionales: una decena de ¿músicos o actores? que parecen amantes de Slipknot, pero tocan rap y reggaeton. 

Por Alfredo Mera

Fotografías gentileza de A las máscaras
Buenos Aires, agosto 9 (Agencia NaN 2013).- Las invitaciones llegan por correo electrónico porque primero alguien hace correr la voz y pasa el contacto o, simplemente, porque se los encuentra de casualidad en Facebook. “El Alto Ministerio de Asuntos Misteriosos lo convoca a una nueva celebración de A las máscaras, oficiada por El Hombre Misterioso y sus Misterios”, se lee en el mail disfrazado de telegrama. Esta vez, la cita es un sábado y hay que estar a las 23. Para confirmar la presencia no basta con un: “Voy, somos dos”, sino que hay que hacerlo con un seudónimo. No es opcional. La sede es el Pricem (Primer Centro de Experimentación Misteriosa) en La Paternal y durante la celebración hay que estar enmascarado. Si el invitado no tuviera con qué taparse el rostro, ellos se encargarán de proveerlo. En promedio, unas 40 máscaras por función. Les encanta que haya mucha gente, que fueran más, pero estarían intranquilos: con ese número se cierra reserva.
La calle –secreto que sólo pueden develar los organizadores– está oscura y no hay timbre que tocar. La recepción es antes de poner un pie en el escalón de la vivienda. Allí cotejan si estás o no invitado. A lo mejor haya que esperar unos minutos porque hay gente en la fila para hacer la visita guiada por las instalaciones. Una vez que se permite el ingreso, hay que seguir un pasillo y en la primera puerta a la izquierda se abre una ventanita. Detrás espera F.D. Misterio, enmascarado como todos, vestido de rojo, encargado de presentar el Pricem a los visitantes. “Pase. ¿Conoce el lugar. Conoce el cinematón. Se imagina lo que es un cinematón?”, pregunta antes de guiar a los visitantes a un cuartito para dos o tres personas. Hay un monitor de pc con un video en el que se revela algo de lo que se verá y hará de inmediato. 
                                                                        
Al salir del cuartito, el anfitrión espera en un patio angosto que comunica con tres puertas. Una conduce a un baño iluminado por una guirnalda de luces cálidas, con Chaplin en la bañadera y la Gioconda en la pared, ambos también con las caras cubiertas. La otra lleva a la boletería o «Central de Cobros, Pagos y Telecomunicaciones», primera escala con la realidad. Al lado está el cuarto de máscaras, un sector adornado con telas y luces negras, donde los que no tienen consiguen y los que llevaron una de Jason pueden cambiarla por las que aquí fabrican para tener la boca al descubierto y aprovechar la barra de bebidas –a la que sencillamente, llaman «barra«–. De fondo, se escucha música rap de todo el mundo. El Pricem está cuidado en cada rincón, hay mucha mano de obra. De hecho, algunos de estos hombres viven aquí. 
 
Cuando se los consulta sobre por qué no hacen una difusión tradicional, responden que siempre les interesó entrar desde lo secreto. “Antes dejábamos sobres escondidos en recovecos, debajo de almohadones o adentro de mochilas. Nadie sabía muy bien qué pasaba ni qué iba a ver”, recuerda F.D. Es que después de hacer la recorrida y llegar al salón central, la incertidumbre crece. El espacio está inundado de emes formadas hasta por la unión de dos maniquíes e iluminado por un par de monitores. Una lluvia de lasers rojos y verdes acribilla al humo que sale de atrás del escenario: las pistas no son concluyentes. A las 23.40 desde las pantallas se anuncia el cierre de la barra y el comienzo del espectáculo. La gente entra y a nadie se le ocurre mostrar la cara. Entre el público, sólo tienen idea de lo que pasará un puñado de chicas reincidentes.
“Estamos en la discusión de si es una obra de teatro o si es una banda. A veces digo que es un concierto ensayado teatralmente”, dice F.D Misterio, antes del show, y sostiene que tiende a pensar que lo que hacen podría ser catalogado como ópera-reggaeton. Se desploma el telón y quedan casi todos a la vista. Por ahora son 9. El escenario tiene de dos pisos. En el primero hay una guitarras y el sitio central para un protagonista que aún no se presenta. Arriba están los teclados, la batería, el bajo y la única mujer del grupo, la corista. En la escalera que comunica ambas plantas permanece alguien con un saxo o un acordeón. Se presentan a coro vestidos por ropas manufacturadas con lo que tenían a mano. Chapitas de latas de gaseosa, tules o telas con cadenitas o cucharas. Las máscaras coronan el atuendo. Las luces siguen bajas y se enciende una eme de neón.
El Hombre Misterioso aparece en el segundo tema: un reggaeton homónimo en el que relata que por donde va es sospechoso, que es un psicópata pecaminoso, al que no hay que darle la mano porque te hace “oso”. La estética oscura que ponen sobre el escenario está atravesada muchas veces por el humor, aunque traten de no exponerlo demasiado. Quien se pone al frente de la compañía es un músico y actor que se había incorporado a una banda de reggae-ska, con impronta teatral, para tocar el saxo, pero decidió hacerlo enmascarado. A partir de ahí, todos comenzaron a componer para ese personaje. Después llegó el mundo y el ministerio. 
 
Lo que sigue es un rap al que el bandoneón le da una cadencia porteña y lo acerca a estos personajes.  El Hombre Misterioso canta que este ritmo los saca a la superficie, pero como en la discusión de si son un grupo de teatro o música, no queda muy claro el género. “Hay un mundo que no terminamos de entender. Los misterios vienen de algún lado a irrumpir. De dónde, no lo sabemos. Están entre nosotros y cualquiera podría ser uno”, explica F.D. Sin aclarar sus raíces se los escucha decir todo el tiempo qué los define: desde la “pseudocopla solar”, que cierra el primer acto cantándole a la luz, a la apertura del segundo “Introspección”– con “¿Por quién te jugás?”.
                           

Mientras, la gente baila y no importa si la música es sencilla. Nadie parece cuestionarse si les encanta o no el estilo. Es muy probable que unos cuantos no esperaran que viniera por ahí la mano, pero casi todos se mueven. Desde el escenario se transmite un gusto especial por los géneros, como si los acompañaran desde siempre. El enganche creció a medida que la obra –que se laburó durante cinco años y tomó forma casi definitiva en 2012– se fue desarrollando. El Hombre Misterioso cuenta que a ninguno les gustaba mucho el rap o el reggaeton, quizás eso los entusiasmó: meterse con lo desconocido. “Es provocador. Hay gente que te mira raro cuando se entera de que eso es lo que tocamos. Sobre todo cuando descubren que algunos integramos un cuarteto de tango, milonga y bolero”, asegura HM que, al igual que sus compañeros,  no descubra su cara para la entrevista ni revela su verdadero nombre. 

Cuesta imaginar que una obra similar ocurra fuera del Pricem. Para el grupo también, aunque los tienta el desafío de salir. “Queremos sacar la obra de acá. Ver qué sucede sin el entorno, pero conservando el vestuario”, coinciden. Es probable que abandonando la localía se aclare el panorama de si lo que ve el espectador es teatro o un recital ambientado. Si el espectáculo se mudara, algo más incierto de aclarar sería si los «Misterios» que se pasearon durante la noche entre la gente son más que personas que decidieron taparse los rostros para emerger, divertirse y cantar un par de verdades.

La función se termina. “Venga, pruebe, anímese, verá que tras las máscaras todos somos súper héroes”, recitan en “A las máscaras”, tema que cierra el show y que parece más una invitación a transformarse en uno de ellos que una tardía bienvenida al espectáculo. Siempre se puede volver. Hay que revisar el correo por si el Alto Ministerio decide comunicarse.