Con una prosa hipnotizante y que no da respiro, Nicolás Correa se adentra en un género con escasos antecedentes en nuestra literatura. En Súcubo, las estructuras arcaicas del terror literario (de Mary Shelley para acá) conviven con la potencia de un realismo inflamado.
Por Juan Ignacio Sapia
Buenos Aires, mayo 6 (Agencia NAN – 2013).- “Se alegrará usted de saber que ningún contratiempo perturbará el comienzo de una empresa que le inspirará fuertes presagios”. De esta manera, casi como un telemarketer del infierno, se le manifiesta a Ciro, el protagonista de Súcubo, el advenimiento de una aventura satánica. Estamos en los albores del menemismo, más específicamente el ocho de julio de 1989. Dos pactos demoníacos inauguran y atraviesan la novela de Nicolás Correa: el primero es el de algunos habitantes de Santa Clara, un barrio del oeste de Buenos Aires, con el maligno. El segundo es la asunción de Carlos Saúl Menem y el desembarco del neoliberalismo. Esta simetría, que podría haber desembocado en un juego obvio de similitudes y diferencias, es desestimada desde el principio: salvo esas coordenadas espacio temporales, la historia de Correa omite abordajes políticos y se concentra en Ciro.
O, mejor dicho, en los dos Ciros: el primero es el exorcista improvisado, que combate en las profundidades de una cárcel sin nombre. Agotado tras años de luchar contra el mal que se le manifiesta en forma de tumberos poseídos, y a punto de salir del encierro, este Ciro adulto relata su historia, los inicios de su vida sesgada por lo demoníaco. Y aquí aparece el segundo Ciro: un adolescente de barrio, hijo de un militante peronista, que empieza a presentir las acechanzas del mal tras un suceso perturbador.
Súcubo da inicio a la Trilogía de la Antigua Serpiente, una saga de terror, un ambicioso proyecto que no tiene antecedentes en nuestra literatura. Ciro, un cura sin iglesia, un exorcista heterodoxo, promete convertirse en un Padre Merrin nacional, con los tormentos de un personaje arltiano y rodeado de monstruos que remiten a Stephen King.
En los momentos en que lo fantasioso quiebra el transcurrir de la cotidianeidad, es cuando la novela de Correa da verdadero terror. Cuando sugiere que el demonio no sólo se manifiesta en Linda Blair o en Emily Rose, sino que aparece en la orilla del arroyo Morón, y se nos aparece como un mal vernáculo, cotidiano.
Si Leonardo Oyola construye westerns de la periferia urbana, Correa utiliza esa misma escenografía para contar una historia de demonios y exorcismos. Esto se nos revela incluso en las decisiones narrativas que toma Correa, por ejemplo cuando cita al Indio Solari para describir a unas brujas/ demonios de la estepa rusa: “Los ojos de las viejas (…) gritaban como esos pájaros de la noche que oímos cantar y nunca vemos”. Los ecos barriales salpican el cuadro surrealista de una orgía gitana en los montes Urales. ¿O es al revés?
De la misma manera, también se entremezclan las distintas narrativas que propone Correa: el realismo cotidiano se confunde con paisajes pesadillescos, afiebrados. La historia de Ciro adolescente y Ciro exorcista se superponen, como si una fuera el reverso alucinatorio de la otra. La Santa Clara luminosa, con la capilla, se convierte en un infierno terrestre. Un cumpleaños de quince en el que suena Gilda desemboca en un espectáculo cruel, desolador. La unidad básica del barrio se convierte en escenario de la manifestación de un mal colectivo, grupal. Sólo la cárcel, un lugar de por sí maldito, se nos aparece como el último resquicio, el último refugio frente a la maldad. Porque, como dice el protagonista, el demonio es el hombre mismo. Entonces, ¿qué mejor estrategia para enfrentar al mal que vivir entre tumberos, travestis, seres demonizados?
