El músico de Monte Grande acaba de publicar su primer libro de poesías y aprovecha la ocasión para charlar con Agencia NAN sobre su “desintoxicación” del rock, que lo mantuvo diez años alejado de los escenarios y los estudios de grabación. “El rock es muy cliché y pienso que el parate me sirvió para reafirmar que hago canciones y las muestro cuando me gustan”, sostiene este artista nostálgico y reacio a Internet.
Por Luis Paz
Fotografía Guadalupe Lombardo
Buenos Aires, octubre 4 (Agencia NAN-2012).-Se supone que su tiempo es valioso; que es oro, dicen algunos, a menudo aquellos mismos que nunca tuvieron una pieza de oro en su poder. Lo que importa, entonces, es la rapidez, la simpleza: Adrián Cayetano Paoletti viene haciendo canciones de relieve, hermosas, únicas, hace 25 años. Primero en Copiloto Pilato; luego en una primera galería de tres discos notables (Paciencia, En la ruta del árbol, en busca de la canción perfecta y Soy yo por ahora) y acaba de comenzar una nueva era con la edición de Casa rodante, su primer disco en una década; y la publicación de Poesía invisible, una recopilación de letras de canciones y poemas de su autoría. No estaría bien hacerle perder el tiempo incluyendo información accesoria ni imprecisa, ni siquiera cuando podrían destacarse curiosidades y anécdotas varias. Use ese tiempo para escucharlo. Y mientras encuentra dónde conseguir esas canciones, si quiere, dele una oportunidad a esta charla.
–Siempre fue destacada de tus canciones la parte poética; y finalmente acabás de publicar una especie de “antología poética”.
–Muchas canciones, cuando les sacás la música, pueden ser poesías. A la vez, hay poesías que se pueden convertir en canciones. Para Disco rodante pasó esto último con “Luca”, una poesía de 1991, y “Su nombre es un verbo”. Ni todos los textos dan para canciones ni todas las canciones funcionan como poesías; pero sentí que tenía canciones con un valor en su letra. Además, como se me ocurre que hay muchos pibes que tienen mis discos bajados de algún lado, no tienen los libritos con las letras. El disparador del libro fue una fecha en La Casa de la Lectura, a partir de eso se me ocurrió hacer esta edición que es de factura artesanal, una edición de autor con textos y alguna foto.
–En paralelo, apareció en tu canal de YouTube una serie de videos en súper 8 a los que le acoplaste algunas canciones.
–Encontré esos videos en una bolsa llena de súper 8 familiares que en un momento digitalicé para tener el material. Una chica los vio y los editó, más o menos, e hizo ocho o diez videos. También hay unos DVD que tenía de un show en la Alianza Francesa, en 2004, que subí a YouTube. Mi canal ahí es como un archivo. Imagino que tuvo que ver el armado de todo esto con que no estaba tocando.
–Juntos, los videos y tus escritos forman una suerte de retrospectiva sobre tu obra. ¿Este repaso es deudor del parate que hiciste en cuanto a grabar discos y tocar a menudo?
–Mi intención fue, en su momento, hacer un corte radical con la música para “desintoxicarme” del rock, porque estaba saturadísimo como consecuencia de todo lo que implica tocar en vivo y grabar de manera autogestionada: encargarse de grabar, del diseño, de los discos y todo eso; sumado a que también Soy yo por ahora, mi disco anterior, había salido en el 2000. Después vino la crisis y todo coincidió con que me acababa de casar y quería terminar mi carrera de abogacía, que me llevó seis años porque me enclaustré, no iba ni a la esquina; los sábados y domingos estudiaba a la mañana. Pero en todo ese tiempo, la música estaba ahí. Nunca dejé de tocar ni de componer. De hecho, el break de estudio para mí era tocar la guitarra. Compuse algunas canciones, pero no buscaba fechas, hacía un show por año de alguna invitación que me cerraba.
–Y después se dio la situación inversa: terminaste la carrera y te desintoxicaste de los libros con la música, nuevamente.
–Es que nos juntábamos con Gonzalo (Córdoba, ex Suárez, colaborador de Cerati y Vicentico), que estaba en familia también y tiene una hija de la edad del mío. Y de repente decíamos “che, tenemos que hacer algo”. Tocábamos “Tanto”, “Luca”, “Mensaje”, canciones que después fueron parte de Casa rodante. Porque, naturalmente, pensamos en hacer un disco. Hicimos un demo en 2006 con Fernando Lamas (ex Estupendo, banda contemporánea y coterránea del GBA a Copiloto Pilato), otro en 2007 y en 2008 uno en la casa de Gonzalo. Eran canciones que veníamos tocando hacía un par de años y eso se vio reflejado en la grabación.
–E instantáneamente empezaron a trabajar en otro disco.
–Sí, Los mandos no responden, aumentaré la potencia al máximo. Son todos temas nuevos que ya empezamos a ensayar en marzo y que estamos grabando. Es un disco más fresco, que incluye una serie de canciones recientes que cierran como para estar en un disco. La idea es que salga en marzo de 2013, dos años después de Casa rodante. Puedo hacer discos toda la vida, pero me tomo el tiempo porque no tengo ningún contrato y nadie me dice cuándo tengo que sacar uno.
–En parte, ese descanso debatió implícitamente la idea de la recurrencia del arte.
–Yo creo, en parte, en la fecha de caducidad del artista: los Stones tendrán setenta años, pero son unos recontra burgueses millonarios que hacen las canciones de hace treinta años u otras “nuevas” que son iguales a las de esa época. No tienen nada que decir, pero permanecen porque alguna vez tuvieron que ver con el gesto del rock, que tiene que ver con la rebelión juvenil: soy rockero, tengo el pelo largo, hago mucho ruido con la guitarra, me drogo.
–Ahí está: “la rebelión juvenil” disociada de la idea de la “revolución permanente”.
–Si hilás finito, soy un empleado público judicial, un re burgués promedio, pero mi discurso es muy personal. Todos los rockeros promedios dicen que tienen cosas para decir y se sacan fotos con las Madres de Plaza de Mayo y con aborígenes, escriben una canción que dice “libertad, igualdad y justicia” y ya está, son políticamente correctos y bienpensantes. A mí me interesa ver todo eso en la sociedad, pero en mi lírica me manejo en una nube de cualquier cosa. Las veces que intenté hacer una letra simple sobre la sociedad, nunca lo logré.
–De cualquier manera, te ocupás de la justicia y la igualdad en tu “trabajo público burgués promedio”. No es que no te interese la justicia social.
–Pasa que me parece que en la música está demasiado extendido el cliché. Y tenés al rockero que hace un concierto para Greenpeace y después sale en su auto y tira la lata de cerveza por la ventana. El rockero promedio, creo, tiene un discurso cada vez más parecido al del futbolista, un discurso de la corrección que es demasiado concreto y no tiene elaboración: “pusimos lo mejor de nosotros, el resultado no se nos dio, lo importante es que el equipo ganó”. A mí me encanta que a los grupos les vaya bien y que laburen con su música. Pero de pronto explota la escena reggae y aparecen todos pibes con rastas con letras sobre Babylonia, Jah y la mente sana. Y yo digo basta; sentate, agarrá la birome y quedate cinco minutos más. El rock es muy cliché y pienso que por un lado el parate me sirvió para reafirmar que hago canciones y cuando me gustan es cuando las muestro. Me gusta registrarlas; para mí el formato de las canciones es el disco, entonces me gusta hacer un disco, me gusta que suene lo mejor posible dentro de las posibilidades económicas y las herramientas que tengo, que tenga las letras, fotos, data.
–Diez años después de aquel disco, el siguiente tuyo vino en la misma presentación en CD, en tanto que contextualmente es cada vez más común la edición digital. ¿Fue por eso?
–El año pasado, un amigo mío me dijo que no sacara el disco porque ahora es al pedo fabricar uno para vender 200 copias; y que tenía que hacer un CDR. Subirlo a internet no me va porque ya me da fiaca bajar, más me da subir algo. De Casa rodante se vendieron 300, pero a mí me gusta que exista. Cuando me gusta un disco y tengo plata, voy y me lo compro. Me gusta agarrar el librito, leer las letras, ver de quién es cada tema, quién grabo la guitarra, qué instrumentos usaron. Está bien, yo lo hago de manera autogestionada, es duro, pero está todo bien. El día de mañana quedará una obra. Si no hubiese hecho mis discos, no existirían, así que estoy re contento y orgulloso.
–Con ese tiempo entremedio, que de alguna manera quebró en dos tu obra, ¿no te pintó armar un compilado que rescate las canciones viejas?
–¿Para qué? Ya está, ya están grabadas, hay algunas que las toco en vivo y al que le gustan, tiene el CD, que seguro se puede bajar de algún lado, o puede venir a verlas al show. Soy muy reacio a internet y me da mucha fiaca ponerme a bajar música, pero le pido a amigos que me bajen alguna cosa que me interesa. Y en las redes sociales empecé a participar porque había un fulano que había armado un perfil de Facebook con mi nombre y empezó a hacer declaraciones como si fuese yo. Le mandé un par de mensaje para que la corte, no me dio bola, así que me armé uno y lo denuncié. Si tengo una fecha, la subo; si sacamos una foto del ensayo, la comparto. Lo tomo como un medio de difusión, pero la idea de las “redes sociales” me hinchan las pelotas mucho. Pueden servir para que personas que están lejos se conecten, eso lo entiendo. Pero a mis amigos los llamo para arreglar de juntarnos a tomar una cerveza. Soy anti túnel del tiempo: a la gente que dejé de ver, la dejé de ver. Si los cinco años que cursamos juntos en el colegio no nos dimos bola, ¿para qué nos vamos a dar pelota en una fiesta de 25 años de egresados?
–En todo caso, parece ser más nostálgico tu público de lo que sos vos. Hay mucho piberío que te conoce y escucha, que tal vez tiene la misma edad que esas canciones.
—Me llena de orgullo por las canciones, en el sentido de que es una señal de que fueron buenas. Que una canción grabada hace 20 años de una manera autogestionada sea valorada todavía hoy por un pibe es una señal de que soportó el paso del tiempo. Me ha pasado de tocar con los 107 Faunos y que me den sus discos y me digan que es un honor para ellos tocar conmigo; yo me cago de risa y, por otro lado, me llena de orgullo. Hay gente que me rodea que me señala esas cosas. La otra vez, una chica que me ayudó con la prensa del disco fue a una radio y me llama y me dice: “Acá todos te conocen, dicen que sos el papá del indie”. No sé si es verdad, pero al menos no dijeron que soy el abuelo del indie. O del reggae.
