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Cortos: «La pequeña Librería» (Iván Cordero, 2011).-

 
Con flashback, ángulos tomados desde planos poco convencionales y un buen montaje, Cordero logra llevar al espectador al sentir de un hombre desesperado que observa como un libro adivina su vida.  
 
Por Paula Sabatés
 
Buenos Aires, septiembre 10 (Agencia NAN-2012).- Oscuras, de principio a fin, son las imágenes de La pequeña Librería, cortometraje de ficción dirigido por el español Iván Cordero sobre un guión de Elena Tomás. También lo es a su manera la música, penetrante y potente, que subraya con sus acentos los de la historia que se narra. La estética no es casual; por el contrario, remarca y delinea el suspenso, clima central del film, que tiene como protagonistas a dos hombres con más en común de lo que creen. Su historia se cuenta, flashbacks mediante, en 8 minutos, tiempo más que suficiente para que el espectador entienda el argumento y se quede con ganas de más.
 
Tarde, cuando ya no queda nadie en las calles de Valencia, un hombre (interpretado por Miguel Ángel Cantero) entra a una librería antigua y de aspecto tenebroso. Aunque por el horario ya está cerrada al público, aun queda allí el librero (Pascual Rodrigo en su piel), que parece sorprendido por la repentina visita. El hombre está urgido: le pide a éste último información sobre un libro que trae consigo, quiere le cuente quién es el autor y cómo llegó allí. Con desconfianza, el librero le exige una explicación, que el hombre no tarda en darle: el libro por el que pregunta es sobre él, sobre su vida, y eso le aterra. No es como esos libros con los que cualquier lector se siente identificado, asegura, sino que éste habla verdaderamente de él, de hechos específicos de su vida, de lugares a los que concurre, de personas que conoce. En particular, de una mujer a la que amó y con la que iba a escaparse luego de que ella dejara a su esposo, cosa que no pudo concretar porque murió repentina e inesperadamente.
 
Imágenes en flashback -enmarcadas en lo que pareciera ser el marco del libro en cuestión- van recreando las escenas que cuenta el libro, y que el hombre le narra al librero. Durante su charla, una sucesión de primerísimos primeros planos muestran cómo ambos rostros se van transformando con el relato del recuerdo de esas escenas. Mientras el hombre desespera, preocupado, el librero parece interesarse más y más en el caso. Así, le hace varias preguntas y cuando cree que ya escuchó lo suficiente, le promete al primero que investigará la procedencia de ese libro y le dará una respuesta. A partir de ese momento, lo que sigue será una sucesión de causalidades que terminarán en un final que, como en un buen cuento de Edgar Allan Poe, un espectador atento podrá llegar a prever, pero que no por eso deja de ser original y bien pensado.
 
Con buenas actuaciones (aunque el decir de los actores sea un poco solemne), el cortometraje delata una buena cámara y un buen montaje. Abundan los planos tomados desde ángulos poco convencionales, lo que junto con algunos trucos de edición revelan una intencionalidad en la búsqueda de experimentación. No aporta significativa la música (a cargo de Roger Subirana), que si bien, como se dijo, acompaña el clima de la narración, en ocasiones se vuelve algo incómoda y molesta (quizás sea ese su propósito, pero desvía la atención).  Con todo, el producto final es interesante, sobre todo para pensar en el nuevo cine y en cómo con pocos recursos pueden florecer modos tan diversos de producir y recibir imágenes con sentido.