La obra del recordado dramaturgo Alejandro Acobino retrata el contraste entre un exventrilocuo devenido en empresario metalúrgico autoritario (y a la vez inseguro), y su empleado, un obrero de procedencia humilde. Una marioneta funcionará como conciencia del primero y elemento de desequilibrio para el relato.
Por Juan Manuel López BaioFotografía gentileza de prensa
Buenos Aires, abril 16 (Agencia NaN – 2013).-La obra cuenta la historia de Juan Jorge, flamante emprendedor en el rubro metalúrgico que acaba de inaugurar una fábrica de piezas metálicas, y con ella, una nueva y esperanzada etapa de su vida. El inicio nos lo presenta en el momento de entrevistar a Salinas, el “negro”, obrero calificado, evangelista, hombre de procedencia humilde y una sólida tradición familiar que encomia los valores del esfuerzo y el trabajo. Entre estos dos personajes se compone, a partir de sus contrastantes idiosincrasias y temperamentos, un ajustado contrapunto que da el tono de las situaciones: el carácter austero y respetuoso de Salinas, serio y eficiente, se verá continuamente importunado por la charla nerviosa y asertiva de Juan Jorge, que necesita confirmar con insistencia su autoridad, su competencia, y la idoneidad del momento histórico que ha elegido para llevar adelante su empresa, SYLPAF; sonora denominación de esta patriótica apuesta por la industria nacional.
Este es el contexto en el que las historias personales de los personajes comienzan a emerger y ensamblarse al compás de la producción metalúrgica, en un registro cómico apoyado en el sólido ritmo escénico aportado por los actores. Rodolfo Demarco y Fernando Gonet interpretan, respectivamente, a Juan Jorge y a Salinas. Cada uno compone con precisión las singulares características de sus personajes, solventando con continuidad las situaciones hilvanadas en esta pieza del autor y director Alejandro Acobino.
En el interior de la oficina de Juan Jorge, una caja fuerte de hierro esconde al tercer personaje de la obra: Charulo, marioneta de madera, antigua celebridad televisiva, doble conciencia actuando tortuosamente sobre el ánimo del ex ventrílocuo devenido industrial, socavando poco a poco su inestable equilibrio espiritual. Herencia paterna que se revela como lastre emocional y siniestro doble. Esquizo-parte de esta “pieza esquizo-industrial”, como se autosubtitula la obra. Charulo es el ser que pone en constante entredicho el estatuto moral de Juan Jorge, encarnación en madera mordaz y verborrágica, resto latente de su pasado, de antiguas humillaciones soterradas.
A partir de este secreto, la relación con Salinas, quien depende económica y laboralmente del buen tino de Juan Jorge para sostener la empresa, se complica. No hay encuentro personal posible en la extrañeza de dos mundos que se desconocen. Sólo al abrigo de la oscuridad casi total, en el breve lapso de un apagón energético, habrá espacio para bajar un poco la guardia y animar un roce que se vislumbra fallido. Allí Salinas encontrará la confianza para hablar de su padre, su fe, la moral que lo impulsa, su hermano descarriado, sus hijos y su esposa Norma.
El espacio recrea el ámbito de una pequeña fábrica a partir de la disposición de pocos pero contundentes elementos: alineados a los lados de una profunda diagonal vemos, de foro a proscenio: al fondo de todo a la izquierda, la entrada a un vestuario y baños para los empleados; la gran máquina programable donde se colocan las piezas para darle su forma definitiva; una mesa de trabajo donde se embala el producto terminado; la oficina de Juan Jorge, espacio interior convenientemente dotado de persianas americanas que le permiten al patrón ocultar de tanto en tanto su dudosa actividad allí adentro; y bien adelante y a la derecha un torno para metal (que Salinas usa en varias oportunidades para dar el acabado a las piezas metálicas; el imponente sonido del motor y del torno funcionando colman con su materialidad el espacio de la sala).
En la manufactura de las piezas, en ese estruendo reverberante del torno trabajando los bordes y dándole el acabado a la forma a base de pulidos, cortes, pequeñas destrucciones, resuena en nosotros el eco de un torno mayor, social, histórico, humano, que fabrica y pone a girar a los hombres como frágiles trompos enloquecidos, siempre al borde del desmoronamiento.
Con su temprana partida, Alejandro Acobino (fallecido en noviembre de 2011) dejó un puñado de obras, apenas cuatro, que nos hablan de un rico cruce de coordenadas temáticas, la posibilidad de una dramaturgia elaborada, gozosa y a la vez problemática, el humor como vía para conocer y descubrir a los demás y a uno mismo. Hernanito se enmarca sin fisuras en esta breve tradición.
Hernanito se presenta los sábados a las 23.30 hs. en Teatro del Abasto, Humahuaca 3549, Ciudad de Buenos Aires.