Quien se aburra en el seno de la multitud es un imbécil, un imbécil y yo lo desprecio.
Constantin Guys
El 14 de enero, el fiscal Alberto Nisman radicó su célebre denuncia de encubrimiento del atentado a la AMIA contra la Presidenta, el canciller y otros. Desde entonces, tomando sólo los dos meses subsiguientes —hasta principios de marzo— y escrutando sólo el diario Clarín, “Nisman” fue mencionado 1.282 veces. Para dimensionar el tamaño de esta cifra, podemos contrastarla con las 28 menciones en todo 2014, las 112 en 2013 —que incluyen casi todas las repercusiones por el memorándum con Irán—, los menos de 60 resultados en todo el período 2011-2012 y un total aproximado de 400 menciones desde 2003, o sea, durante los diez años que Nisman llevó la causa por el mayor atentado terrorista en la historia del país. Sin embargo, desde la denuncia de “complot”, su nombre fue triplicado: antes del 14 de enero cada nueve días se mencionaba una vez su apellido; hoy se lo menciona casi treinta veces por jornada. El “caso Nisman”, como un agujero negro, atrajo y absorbió el más valioso tiempo y espacio impreso, televisado y digital, como un punto hipnótico del que no podemos apartar la mirada, aterrados, fascinados, atraídos.
LOS ANTECEDENTES
Me propongo anotar una serie de observaciones acerca del “caso Nisman”. Utilizo la designación “caso” no en sus acepciones tradicionales (médica o jurídica), sino para la más reciente, periodística, que remite a una enunciación permanente sobre un mismo tema y que acaso hereda el nombre de su acepción policíaca. Se trata, podríamos decir, de una serie de artículos, ensayos o menciones que adquiere su sentido en su serialidad e insistencia, especie que en tiempos 2.0 encontró su expresión instrumental en el tag, que funciona como herramienta para rastrear justamente esa repetición serial a lo largo del tiempo. (Por ejemplo, hacemos clic en el tag y vemos todas las notas sobre un caso).
Por lo tanto, dos cosas no me interesan: en primer lugar, el o los responsables, motivos, medios y explicaciones acerca de la muerte del fiscal. En segundo lugar, los intereses que mueven a la Presidenta, a Clarín o a cualquier medio o grupo mediático a proceder en la construcción del caso en sus publicaciones, cadenas nacionales y/o declaraciones. Escribiré solamente acerca de las características que hacen a un “caso”, tal como fue definido. Cómo funciona, cuáles son sus reglas y sus límites, su necesidad y su fascinante poder.
Cada cual es un desconocido para todos los demás
y no necesita, por tanto, sonrojarse ante nadie.
Un agente secreto en París, hacia 1798.
Si se recurre con tanta insistencia a los “casos” (Candela, Ángeles, Lola, Daiana) podemos preguntarnos por su configuración genérica. ¿Cuáles serían las reglas del (¿sub?)género periodístico del “caso”? Evidentemente, su regla principal es la misma que la del policial: tiene que haber un crimen. Más allá de eso, el parentesco se enturbia. Esta diferencia expresa un proceso lógico, técnico y económico que intentaré caracterizar. Para eso hay que comprender bien los mecanismos primitivos del género policial.
Entre sus muchas novedades, la modernidad trajo a las grandes ciudades un nuevo decorado: la multitud anónima. En el transporte público, extensos períodos de tiempo en silencio rodeado de completos extraños con los que no se intercambia palabra, pero sí miradas. En las calles y bulevares parisinos (estas ideas son las que Walter Benjamin extrajo de sus lecturas de Baudelaire), compactos o dispersos, en grupos o en solitario, desconocidos se mueven con celeridad o perezosos, apurados o paseando. ¿Son locales o extranjeros? ¿Están de paso? ¿Van al trabajo o vuelven de él? Y sobre todo: ¿Cómo saber cuál de estos individuos es un delincuente, un violento, un terrorista? La ciudad moderna es inquietante porque presenta a la multitud, esa masa enorme de desconocidos, cargando secretos personales y odiosos, pecados y culpas, virtudes, rencores, vergüenzas y una infinita suma de características sospechosas cuya suma imposible daría el número con el cual medir el recelo al prójimo (también conocido como “la inseguridad”).

Lo que descubren los fisionomistas (y explotan los folletinistas, los tipologistas y Balzac) es una fórmula que sosiegue esa desconfianza. Una herramienta que iguale lo insoportablemente diferente de la convivencia y de la vida en la ciudad. La criminología lombrosiana y la literatura de género —siempre según Benjamín— van a responder a esta necesidad de simplificar. Como la vida en la ciudad es angustiantemente indescifrable, la literatura y el positivismo ofrecerán lo cifrable. Para los lombrosianos, la personalidad delictiva se cifra en un tipo de cráneo. El cuerpo de los desconocidos se llena de pistas. Y para los escritores populares, la literatura se llena de marcas de género, señales que tranquilizan al lector, dándole la confianza de lo conocido. El melodrama nos provee aún hoy de las más elocuentes señales, sobre todo en la televisión: la risa con ojos desencajados y el primerísimo primer plano en el melodrama indica culpabilidad o, mejor aún, maldad. Maquillaje, música, lenguaje corporal, suelen constituir pistas para saber desde el principio quién es culpable, así como desde el principio sabemos que los buenos ganarán tarde o temprano. El género policial tematiza esta necesidad de un cifrado. Desde las novelas de Sherlock Holmes y Watson hasta la serie del doctor House y Wilson, se pone de relieve una necesidad compulsiva de resolver acertijos. Y aunque el detective puede no ser infalible, sobre el final de cada cuento y episodio, todos o casi todos los misterios han sido develados y el mundo se ha cubierto con el relajante velo de las certezas.
UNA VUELTA DE TUERCA
Ahora bien, el ardor positivista no resistió los embates del escepticismo del siglo XX. En los años sesenta, cuando Foucault relevaba varios de los “aportes” de la fisiología y psiquiatría a los casos penales, sus oyentes se indignaban y se reían de las pretensiones detectivescas de la ciencia decimonónica. Por su parte, los géneros literarios se multiplicaron, sacrificando a cambio toda autoridad sobre la realidad social. Ni la ciencia ficción ni el terror tematizan lo indescifrable de la vida en la ciudad moderna. El policial se desdobló. Su variable “original” tal vez se hizo fuerte en los momentos y lugares en que se quería correr la mirada de una realidad molesta (Daniel Link muestra en su libro Leyenda que el auge del policial clásico en la Argentina coincide con el ascenso del peronismo, del que abominaban los cultores del género, Jorge Luis Borges y Bioy Casares). Y donde se quiso sostener su relación con la modernidad, se oscureció hasta volverse noir. Marlowe es un puritano (aunque no tan moralista y pacato como House) asqueado del mundo en que vive. Holmes, replicado hasta la densidad hoy por Sheldon Cooper (protagonista de la serie The Big Bang Theory), no se interesa por el mundo en sí mismo, sino sólo por los acertijos que éste le ofrece. Borges y Sheldon, no sin patetismo, fingen restar importancia al mundo en que establecen sus fetiches detectivescos. Marlowe sabe, como los personajes de Sin City o el Astrólogo de Los siete locos, que la ciudad es inevitable y acaso irremediable, y que para obrar en ella hay que ensuciarse de ella. En ese sentido, el policial negro es deudor del axioma nietzscheano (citado también por Alan Moore en Watchmen y por Tolkien en El señor de los anillos) según el cual si fijás tus ojos hacia dentro del abismo, el abismo también podrá observar dentro tuyo.
Mientras reflexionaba sobre lo que sería este texto, un editor me planteó una pregunta-disparador: “Qué falta nos haría un Sherlock Homes, ¿no? Que está más cerca de un superhéroe con superpoderes predictivos que de un fiscal o juez de carne y hueso. La literatura argentina quizá se acerque más a la realidad: los policiales de Leonardo Oyola, de relaciones intrincadas y cómplices entre poder y delitos, o el detective antihéroe de Juan Sasturain”. Creo ahora, con lo dicho, poder empezar a responder a esa pregunta. Benjamin explicaba que Baudelaire ya tenía todos los elementos del policial, pero — si se me permite la traducción germánico-criolla— nunca hubiera podido hacer un policial en regla, porque eso hubiese significado crear un protagonista detective. Y Baudelaire habrá sido de todo, pero amigo de la Policía no. Más allá de la década de oro del policial en la Argentina, nuestros escritores tuvieron que enfrentarse al dilema de un género que exige semejante protagonismo. ¿Puede imaginarse a Dupin en el patrullero, con la pizza, metiendo picana a los enemigos políticos de turno o mandando a robar a pibes marginales o presidiarios? Por eso el Daniel Hernández de Rodolfo Walsh es más periodista-escritor que detective-policía. Qué quedaría para Oyola y Sasturain, que escribieron después de la última dictadura, que desprestigió aún más a las fuerzas de la ley. Pero incluso antes de eso, ya aparecía el noble “submarino” en la novela noir de Martini, El agua en los pulmones.
¿Qué clase de detective emulan Clarín y Cristina cuando juegan a ser detectives? ¿El esquizofrénico original que se tapa los ojos y grita que sólo le interesan los acertijos? ¿O el desangelado cincuentón del noir, dispuesto a cachetear histéricas y zorras, y a asesinar matones en este mundo de suciedad y corrupción?
Ninguno de esos modelos cuadra en la imaginación argentina a cuyo paladar intentan agradar las operaciones de prensa. Hay que pensar en un tercer modelo ya mencionado: la paranoia desbocada del Astrólogo.
QUIÉN SE ESCONDE DETRÁS DE LA MÁSCARA
Estado y complot —dijo una vez Ricardo Piglia— vienen juntos. Desde que el Estado existe, anuncia la presencia del enemigo invisible. No hay Estado sin inteligencia (como parece que están descubriendo por estos días los periodistas candorosos, los opinadores presos de lesa ingenuidad y los candidatos libres de toda culpa) y lo mismo al revés: no se puede destruir al Estado sin un buen complot. Marx hereda de los jacobinos y traslada a Lenin lo que finalmente Guevara enfatiza exasperado: la organización clandestina, secreta, ilegal, con mecanismos de autodepuración, que gradualmente elimine los elementos impuros, débiles, mediocres o inútiles. Así funciona el poder y así se derroca el poder.
Que todo esto sea cierto, o no, es materia de discusión. Pero ciertamente así pensaba el Astrólogo, uno de los siete locos de la novela de Arlt, quien intentaría organizar un complot a partir de secuestros, proxenetismo y juego clandestino para tomar el poder. También el poder, según este personaje, funcionaba así en la Argentina de finales de los años veinte, y la cuestión sólo se agudizaría con el tiempo: “¿Usted cree que las futuras dictaduras serán militares? —pregunta el Astrólogo— No, señor. El militar no vale nada junto al industrial. Puede ser instrumento de él, nada más. Eso es todo. Los futuros dictadores serán reyes del petróleo, del acero, del trigo (…). Por eso hace falta un estudio detenido de propaganda.” La novela fue editada un año antes de que Uriburu comandase el primer golpe de estado cívico-militar. Para entender la inteligencia de Arlt, más allá de su acertada predicción, hay que recordar aquel chiste según el cual “que seas un paranoico no quiere decir que no te persigan”. El Astrólogo armoniza con la imaginación argentina no por lo que tiene de lúcido, sino por su lógica paranoica. El argentino (¿será realmente diferente en Viena o en Beijing?) concibe la política según la ley de la paranoia. En la NAN#15, Ezequiel Vila propuso una hipótesis acerca del decepcionante final de Lost. Allí planteó que la lógica serial, basada en la repetición aditiva, constituye la estructura principal de las series a partir de Lost. Y que eso se contradice con la clausura que exige todo final. De allí que a nadie le gustase el cierre de la célebre serie. Es posible que así sea, pero no hay que subestimar la lógica paranoica. Lost no basaba su efectividad en la simple repetición, sino que era la repetición de un sistema de develamientos: siempre detrás de la máscara hay otra máscara; cada vez que se da una respuesta, viene con tres preguntas. El sentido final y total está siempre corriendo dos pasos más adelante que el espectador. Lost aprendió eso de X-files y Twin Peaks (que tampoco pudieron terminar con explicaciones sin defraudar a los fanáticos). David Lynch, qué duda cabe, leyó atentamente a Roberto Arlt, y éste último supo leer atentamente los años noventa en los que muchos de nosotros crecimos. ¿Alguien podía creer que con el escopetazo en la cara de Yabrán se había cerrado la temporada Cabezas de la serie Menem? ¡Ingenuo! Hoy sabemos que los asesinos de Nisman están en las islas Caimán tomando margaritas con Yabrán, porque los argentinos no nos comemos una y estamos siempre leyendo entre líneas, viendo más allá. Súbase el lector a un taxi y pregunte por la separación de Tinelli, el precio del dólar, el paro del campo o la muerte de Nisman. Verá surgir de inmediato el despliegue matemático y fantasmagórico de siluetas entrevistas, máscaras y semblantes, en los que nada es lo que parece y hasta los más burdos delirios (como un pacto para la venta de granos que podría hacerse perfectamente por vía legal) tienen fuerza para sustentar que lo que se ha afirmado explícitamente (como la insistencia de las alertas rojos de Interpol por parte de Timerman) es contrario a lo real. Clarín y Cristina saben perfectamente que una sospechosa red de mentiras (como una relación homosexual tapada entre Lagomarsino y Nisman) es siempre más convincente que un bloque soso de afirmaciones (como que los indicios de la causa no aportan elementos que descarten el suicidio). Se acusó al kirchnerismo de fabular complots, pero, parafraseando a Willy, el escocés: ¡Todos los argentinos lo hacen!
Clarín y Cristina saben que los espectadores somos demasiado fanáticos, demasiado paranoicos, para aceptar cualquier final de temporada. No nos vengan a explicar quién es el padre de Fox Mulder, el asesino de Laura Palmer, el cerebro detrás de la isla; digan lo que digan, no lo vamos a creer si no lo hacen ver como una nueva puerta hacia sospechas aún más oscuras.
Detrás de Nisman aparecieron policías que tardan once horas en avisar, que no encontraban a su protegido, un genio informático que no tiene computadoras en su casa, un súper agente en funciones desde la última dictadura militar y más; una modelo, una ex esposa jueza, la CIA, el Mossad, comandos venezolano-iraníes, cuentas a nombres de terceros, sueldos redirigidos, terrenos en Uruguay, testaferros y las más aburridas charlas telefónicas que nadie se va a tomar la molestia de oír acerca de D’Elía yendo a comer a Palermo.
Obama, Merkel, el Estado Islámico, los banqueros chinos, los “Podemos” en España (financiado, dicen, por Venezuela), rebeldes ucranianos, comunistas griegos y proletarios del mundo unidos: listos o no, allá vamos.