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sobre horror, presidentes y olvidos

reseñas

Fotografía: Leo Liberman

LA HABITACIÓN DEL PRESIDENTE (RICARDO ROMERO, ETERNA CADENCIA)
Ensamblada como una nouvelle, ese extraño formato a mitad de camino entre un cuento y una novela, La habitación del presidente logra conformar una metáfora cortazareana de singular potencia narrativa. Un joven describe la particular fisonomía arquitectónica de su pueblo. Lo novedoso de su descripción lo confiere el singular hecho de que todas las casas tienen una habitación construida y asignada para el presidente. Esta habitación permanece cerrada para los miembros de las familias y está compuesta por una serie de elementos que la asimilan más a un bunker que a hotel transitorio. Si bien el narrador desconoce la totalidad del mobiliario que compone la habitación, vislumbra detalles todas las semanas, a medida que su madre limpia el interior del ambiente presidencial. Toda la lectura está determinada por los escritos de este joven, quien está ansioso de relatar la cotidianeidad de sus actos y su espera: la llegada del presidente. Sobre esa posibilidad y sus consecuencias, pesa lo inquietante. ¿Vendrá solo? ¿Tiene llaves de todas las casas? ¿Cómo se debe actuar cuando un primer mandatario se aloja en la casa de un vecino? Ricardo Romero transporta al lector a un mundo en donde lo inquietante no es lo lejano de la política sino la cercanía de su principal figura.

 

LAS ESFERAS INVISIBLES (DIEGO MUZZIO, ENTROPÍA)
Mariana Enriquez reavivó la oscuridad del horror vernáculo gracias a Las cosas que perdimos en el fuego. Esta publicación permitió oxigenar un género que muchas veces pasa desapercibido. Las esferas invisibles de Diego Muzzio, publicado por Entropía en 2015, es una apuesta dentro del género. Si los cuentos de Enriquez son una puerta de ingreso a la literatura de horror, la apuesta de Muzzio es la de un autor que bucea por las profundidades del género para reflotar el gótico local. Bajo el contexto de la fiebre amarilla que azotó Buenos Aires en 1871, el autor nos propone tres nouvelles que buscan exaltar el valor de un terror atávico que pervive en las pampas. “El intercesor”, el primero de los cuentos, es una historia de fortines. Un acercamiento de lo terrorífico que puede ser descubrir la línea geográfica que divide lo real de lo que puede existir más allá. “El ataúd de ébano”, es una fabula ciudadana sobre los valores del mercado. Si la peste ataca democráticamente a todos y los precios de los ataúdes suben por las nubes, qué valor puede tener la muerte. “La ruta de la mangosta”, cierra el libro. Un fotógrafo presenta un adelanto de la modernidad: la cámara fotográfica. Con ella capta las imágenes de los muertos y cierta inmanencia que puede llegar a incomodar en tiempos de selfies.

 

STONER (JOHN WILLIAMS, FIORDO)
Cincuenta años después de su edición original, Stoner explotó en la Argentina y se convirtió en un inesperado suceso de ventas. ¿Qué llevó a este libro y a su autor, John Williams, a ser reimprimido cuatro veces en menos de un año en el país? La respuesta es tan sencilla como la clave del libro: no le falta ni le sobra nada. Ensamblado con la cadencia del sur norteamericano, narrado con marcadas autorreferencias de su autor y olvidado por la literatura norteamericana, Stoner se presenta como una historia de vida. Con complejidades y decisiones difíciles, sin los escapes típicos del alcohol o la religión. Alabado por Ian McEwan, Bret Easton Ellis y Enrique Vila-Matas, la historia de este joven hijo de campesinos de Kansas, al que sus padres deciden mandar a la universidad para formar a un futuro ingeniero agrónomo, despierta una enorme empatía con el lector. Lo que reciben a cambio, es a un muchacho enamorado de las letras. Y su nueva vida, que transcurre por las trescientas páginas de este clásico, lleva por banda sonora a Johnny Cash. Hijo dilecto del valle de Tennessee, Johnny esconde su música a lo largo de Stoner. Y le susurra al protagonista: “Si pudiera empezar de nuevo, un millón de millas lejos de aquí, yo me mantendría igual”.
lee@lanan.com.ar

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