/Fuira

es una lucha

el argentino del sumo

Fotografía: Japan Pro Wrestler.

Son las dos y media de la madrugada de un martes, un hombre de 120 kilos está adentro de una cabina en un boliche en Roppongi, el barrio de extranjeros en Tokio. En su mano derecha sostiene un celular, lo usa como walkie-talkie. Con una voz honda y al mismo tiempo alegre, como de Papá Noel de película infantil, habla en español de una infancia en los alrededores del Jardín Botánico, de un pasado argentino. Sus brazos y piernas desbordan de una silla azul de plástico. Una cabeza calva con ojos redondos y barba candado corona su metro ochenta y tres de altura. Está inmerso en una pecera transparente, rodeado de máquinas expendedoras, paredes con cerámicas grises y un piso con guardas antideslizantes amarillas. El hombre del celular es un porteño con álter ego animé: Hoshi Tango. Tiene 51 años y es el primer luchador latinoamericano de sumo que Japón vio pelear.

 

Sobre su cabeza, en alguno de los cuatro pisos que tiene el boliche, sus amigos están celebrando un cumpleaños. Es mayo de 2015. Hace unos minutos abandonó la mesa que reservó su grupo y fue al subsuelo a hacer la llamada. Ahí, los cortinados rojos, las barras con estatuas de ciervos y Adonis en tamaño real, los vip con sillones mullidos, las luces arrítmicas desaparecen. Todo toma una estética discreta, de locutorio o estación de subte. “Los japoneses vienen acá para hablar con sus mujeres y fingir que todavía están en la oficina”, dice. La música y los ecos de la fiesta no penetran en esas profundidades.

 

Hoshi Tango llegó a Tokio en 1987, cuando todavía era Marcelo Salomón Imach. Pronto se convirtió en luchador profesional y entró a las grandes ligas de sumo, el enfrentamiento de hombres jurásicos en pañales, la disciplina que agota entradas y se televisa en vivo a todo Japón. En sus etapas mejores firmó autógrafos, tuvo un asistente que lo ayudaba a peinarse, le preparaba la comida y le abría las puertas —un rey no toca picaportes— y fue contratado en fiestas de empresarios nipones: tenerlo como invitado era símbolo de estatus. Durante 16 años vivió en escuelas de sumo, donde los luchadores permanecen pupilos bajo un sistema de enseñanza marcial, y se retiró a sus 37, edad que para los tiempos del sumo es igual a 200.

 

Ahora se dedica a pelear sin pelear en encuentros de catch. Se nutre de su experiencia profesional para crear trompadas que golpean al aire pero desmoronan al adversario, tomas crueles y al mismo tiempo indoloras, cachetadas que son sólo aplausos, simulaciones perfectas.

 

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Marcelo Salomón Imach se crio en un departamento alquilado en los alrededores del Jardín Botánico. Sus padres se divorciaron cuando era muy chico y esa ruptura derivó en que él, con siete años, quizás ocho, también tomara una decisión. “¿Te quedás con tu mamá o te vas conmigo?”, le dijo el padre. Imach eligió quedarse y vio cómo su padre tomó a su hermano y sin dar explicaciones viajó sin regreso a Estados Unidos. Sólo con su madre, dueña de un negocio de venta de ropa en Once, creció. Tal vez en ese tiempo, en ese hogar uterino, empezó a formarse la idea de que a ella le debía un futuro.

 

Pésimo en el estudio, poco después de terminar la Primaria, dejó la escuela. Y cambió colegio por club. Sus horas pasaban en las colchonetas de lucha grecorromana, en el gimnasio, en la pileta, en la cancha de vóley, en la de básquet, también en la de fútbol, del predio de la Asociación Cristiana de Jóvenes, una institución de origen inglés con sede en todo el mundo, que quedó almacenada en la memoria de millones por la canción “YMCA” de los Village People.

 

La vida siguió, sin escuela y con un trabajo de lavacopas en un bar de Palermo, hasta una tarde de 1985 cuando Imach de 19 años llegó empujado por su mejor amigo, Jorge Chiarello, a un gimnasio en Once: el Sumo Yudo Dojo. El lugar era manejado por un japonés que había llegado a la Argentina dos años antes y que en su tierra había entrenado en defensa a la policía de Tokio.

 

Para Imach, sólo se trataba de probar otro deporte. Pero su interés fue creciendo a medida que el dueño del gimnasio, el sensei Soma, y su amigo le mostraban las claves: el shiko, un movimiento en el que se deja caer todo el peso del cuerpo sobre una pierna, primero, y sobre la otra, después; y el suriashi, un desplazamiento de los pies sin despegarlos del piso.

 

“Marcelo. Acá. No profesional. Amateur. Una práctica. Una práctica”, dice Soma, sentado en la sala de espera de su consultorio de digitopuntura en Caballito. Es un hombre menudo de 63 años que abandonó la enseñanza del sumo hace unos años. Sus manos chicas y manchadas de pecas agarran una foto en la que Imach está semidesnudo con el mawashi —el pañal de siete metros de largo y uno de ancho, doblado en cuatro— cubriéndole los genitales. Los pies apuntan hacia afuera, las piernas están separadas, las rodillas flexionadas, el torso inclinado hacia adelante y los puños apoyados en el suelo. Imach está listo para eyectarse al centro del ring circular, para chocar carne con carne.

 

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Fotografía: Sumo Gaucho Blogspot

—Sensei, ¿puedo ser profesional de sumo en Japón?
En medio de un entrenamiento en el gimnasio de Soma, Imach había visto una imagen que le hizo pensar en espejo. Tomó una revista que estaba apoyada en una mesa y con el dedo índice señaló a un hombre de piel dulce de leche y ojos redondos, mientras esperaba una respuesta. Era el primer luchador extranjero que encontraba en una publicación especializada. Hasta ese momento, creía que el sumo estaba prohibido para alguien nacido fuera de la isla oriental.
Mnnn, extranjero. Poco. Difícil —le contestó Soma.

 

En ese momento a Imach lo invadió una idea: convertirse en luchador profesional era su única oportunidad, casi un asunto de supervivencia. No iba a estudiar, eso ya lo había decidido hacía tiempo; tampoco podía seguir con trabajos informales de lavacopas o usar su corporalidad sólo como seguridad en los boliches. Mientras se formaba en sumo, había terminado un curso de guardavidas y ya vigilaba las piletas de la Asociación Cristiana de Jóvenes, también había hecho algunas temporadas en Miramar. Pero eso no alcanzaba, necesitaba plata real, una que le permitiera en los años próximos mantenerse solo, dejar de alquilar y comprarle una casa a su madre. “Si hacía las cosas bien —dice Hoshi Tango— ligaba algún viajecito con los torneos latinoamericanos, pero la plata estaba en la liga profesional.”

 

Al costado de la colchoneta en el gimnasio en Once, en exhibiciones en el Jardín Japonés en Palermo, arriba de un avión rumbo a Brasil o a Paraguay para participar en campeonatos amateur, empezó a trabajar sobre la insistencia: “Sensei, quiero ir a Japón, ¿puede recomendarme?”.

 

Dos años después de haber pisado el gimnasio de Once se había convertido en carne moldeable para ser sumotori (así se denomina a los luchadores de sumo) y el sensei Soma estaba listo para hacer el contacto. “Viajé a Japón —dice Soma—, hablé con mi conocido, un maestro. Flaco y chiquito no acepta. Mostré foto. Me preguntó: ‘Salud bien’. Dije salud bien. ‘Puede entrar’.”

 

“Me gustaban muchos deportes pero sólo con el sumo iba a poder salir. No había nada que me retuviera en la Argentina (Hoshi Tango piensa unos segundos, a su alrededor hay silencio, arriba la gente baila y toma alcohol), salvo mi mamá.” De chico se había negado a dejarla, pero a los 21 años estaba convencido de que debía hacerlo, por los dos.

 

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Existen muchas formas de ganarse la vida pero Imach puso su voluntad sobre la más impensada. A fines de los ’80 Japón era ciencia ficción para la mayoría de los argentinos. Un ideario que combinaba postales del Jardín Japonés, tintorerías, dibujos de los Supercampeones, un poco del señor Miyagi de Karate Kid, mucho neón, templos milenarios y edificios modernos. Una rareza en el reverso del planeta que se propuso dominar. “Antes de los tres años no podés volver”, le dijo Soma mientras lo despedía en el Aeropuerto de Ezeiza. Era una operación invertida: maestro japonés con vida en la Argentina le exigía a su alumno argentino un tiempo mínimo para convertirse en japonés.

 

Primero fue el nombre. En Michinoku Beya, la escuela que lo había aceptado, la reconversión empezó por el nombre y, también según dice su mejor amigo Chiarello, por sacarle el pasaporte: es que en tiempos pobres de luchadores no podían permitirse que uno escapara. A los jóvenes japoneses ya no les entusiasmaba ser sumotoris. Esas eran figuras que podían seguir con pasión por televisión o idolatrar desde un asiento en un estadio, pero el amor no reconocía sacrificio propio.

 

Eran 21 luchadores cuando Imach llegó a la escuela, la mayoría con el prefijo Hoshi en sus segundas identidades. Hoshi en japonés significa “estrella” y a Imach su sensei lo nombró Hoshi Tango: en 1987 el rasgo más exótico que conocían de los argentinos era la danza.

 

Durante esos primeros años hizo cuatro cosas: llorar, obedecer, comer y luchar. Lloraba escondido en los rincones, al teléfono con Soma, en su cama de noche y al abrazar a Chiarello, que de tanto en tanto volaba a Tokio y en la puerta de la escuela, con sus manos cargadas con bolsas con yerba y jamón crudo de Buenos Aires, recibía las lágrimas de Hoshi Tango. Lloraba por las palabras clausuradas que lo rodeaban, por entender sólo las órdenes, por su mamá, porque las fiestas de fin de año eran en invierno y extrañaba las temporadas como guardavidas en Miramar. Pero creía que para convertirse en uno de ellos debía hacer lo que le decían. Así, cada día, se entrenaba de 5:30 a 11, almorzaba uno o dos platos de un guiso de carne, verduras y pescado de 10 mil calorías por porción, dormía una siesta para que la comida se volviese grasa y volvía a entrenarse hasta el próximo plato de 10 mil calorías. Después dormía, lloraba, se secaba los ojos y seguía. “Los luchadores más antiguos me mandaban a limpiar el baño. Cuando me agarraba bronca los terminaba fajando a todos en el doyho (el círculo de pelea). Ahí no hay antiguos y nuevos.”

 

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Fotografía: DDT Pro Wrestler

 

Hoshi Tango avanza hacia un ring. Es un cuerpo alto, de hombros anchos y torso desnudo. Sus piernas están cubiertas por unos pantalones dorados, largos y acampanados con flores amarillas, blancas y negras. La panza le cuelga, voluminosa. Toma las cuerdas que rodean el ring y las abre como si fuese la boca de un cocodrilo. Atraviesa el hueco. Es un lunes de abril de 2016. Arriba del ring lo esperan tres luchadores: uno con rasgos occidentales y calzas violetas y dos orientales en slip. Hoshi Tango toma por el cuello al occidental, que pone cara de payaso ahogado. Lo eleva en el aire justo encima de su contrincante y lo tira contra él. Aplasta a su enemigo con el cuerpo de otro. El árbitro, un hombre pequeño vestido a rayas blancas y negras, inicia la cuenta. Los luchadores se levantan, precisos antes del nocaut. Hoshi Tango se venga agarrando a uno de los orientales y haciéndolo volar fuera del ring. La maniobra lo deja sin aire, las carnes le tiemblan, parece desorientado, como si hubiese olvidado el paso siguiente en la coreografía. El luchador occidental le grita, Hoshi Tango se da vuelta, deja que trepe a su espalda. Como un padre con su hijo, le hace caballito. En la lona acostado espera el otro oriental. Hoshi Tango, con el occidental en su espalda, se deja caer como un árbol recién talado. El objetivo se repite: aplastar cuerpos con otros cuerpos. Pero el oriental lo advierte y por centímetros no termina prensado. Los cuerpos de Hoshi Tango y del occidental se desploman, secos, contra la lona.

 

“Su tamaño y potencia le dan una ventaja contra varios oponentes, pero es lento. Para los luchadores más pequeños y rápidos es fácil evitar sus ataques”, analiza Michelle Cain, una periodista inglesa que cubre los encuentros japoneses de lucha libre.

 

 

Después de 16 años como profesional de sumo, después de haber llegado a la división jūryō, la segunda más alta del deporte, después de algunos descensos, ascensos de categoría y tres torneos ganados, después de haber cumplido el sueño de comprarle una casa a su madre, Hoshi Tango se retiró. La sobrevida de un luchador en Japón es difícil. En actividad, tienen sueldos superiores al de otros atletas y al de otros trabajos, también viven en escuelas donde todos los aspectos de su rutina están organizados. Adaptarse fuera de ese sistema es un desafío. La mayoría usa la experiencia de cocinar en cantidades demenciales para abrir restaurantes, otros apelan a su fama para convertirse en actores, cantantes o mediáticos, varios se transforman en luchadores de catch: pasan de la sacralidad del sumo al show de la lucha. Eso hizo Hoshi Tango. Con el personaje de un turco despiadado entró en 2006 a la compañía japonesa Dramatic Dream Team, una versión nipona de Titanes en el Ring. Dos años más tarde, volvió a la Argentina y durante un mes participó en el programa 100% Lucha. Nadie advirtió quién era, nadie supo que el hombre de 127 kilos que Osvaldo Principi presentaba a los gritos como una máquina nacida en Estambul, con la plancha turca como ataque favorito, era el mismo que en sus épocas de éxito salía publicado en los diarios La Nación, Clarín y Página/12.

 

“Quiso traer catch Argentina. Pero no. No dejaron”, dice Soma. La última vez que vio a Hoshi Tango fue hace cinco años en un tenedor libre chino en Caballito. Durante toda la noche, entre pedazos de carne, rabas y otros mariscos, hablaron en japonés. Se preguntaron sobre sus familias, sobre su salud, sobre sus actividades en cada extremo del mundo, pero dice Soma que Hoshi Tango estaba molesto porque su proyecto de hacer un espectáculo de catch en Buenos Aires no había recibido atención. Ése sería su intento último de armar un negocio en el país. Hoy, nacionalizado japonés, gira por todo Japón con el catch, y su vuelta parece imposible. Su madre, lo que lo unía a la Argentina, murió. Los familiares directos que conserva viven en el exterior. Ya no habla con su mejor amigo ni con su sensei. Desde la madrugada de 2015 en el boliche en el barrio de extranjeros en Tokio, ya no volvería a responder. Se disculparía por tener que cortar la conversación y se perdería entre la multitud, como un japonés más.

 

fuira@lanan.com.ar