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todo el año (no) es carnaval

¿y ahora, brasil?

Brasil se vació y quedó Brasil. Se levantó el día posterior a una fiesta que duró casi un mes. Una fiesta que le salió muy bien, bastante mejor de lo que muchos esperaban. Y ahora se levanta y se mira al espejo. Quedó solo. Ya no está la peregrinación que baja las escalinatas del Metro para meterse en el Maracaná, se apagaron las luces de los estadios, no se ven más voluntarios desbordados, tratando de dar una respuesta a cada pregunta, ya no hay carriles exclusivos ni banderas colgando de los edificios de la Villa Olímpica. Quedó Brasil. Nada menos. Con resaca. Con la sensación de tener que volver a ver eso que maquillaron durante un lapso en el que el lugar se convirtió en un no lugar.

 

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Presidente interino. Sociedad dividida políticamente. La clase alta dominada por los blancos y los negros relegados más que nunca. El machismo a flor de piel. La desconfianza hecha carne ante cada nenito que corre descalzo por la calle. Y también la buena onda en el rostro. Y el ritmo hasta para respirar. Y el sol que pega en la costanera mientras uno rostiza sus músculos al compás de un trote suave mientras otro deja caer su panza encima de la sunga. Todo y nada a un colectivo de distancia. A un par de estaciones. A una vuelta más o menos hacia arriba de un morro. Río de Janeiro no para nunca. Es un subibaja constante. Y en el medio de todo ese carnaval carioca aparecieron los Juegos Olímpicos.

 

Fueron los primeros Juegos en Sudamérica y el foco aquí estaba puesto en la seguridad como primera medida. Cada veinte metros había un puñado de efectivos custodiando la nada. Con armas largas y actitud desafiante. Con la mirada perdida. Marcando presencia. Recordando un riesgo que en general remitía más a paranoia que a realidad. El escenario en cada esquina se completaba con indigentes durmiendo en la calle. La fuerte recesión sufrida en los últimos meses se refleja en los sectores más vulnerables de la sociedad. Y, pese a que lo intentaron, se les hizo imposible ocultar esa otra cara de esta ciudad maravillosa. Como el clima ayuda, cada vez son más los que, a falta de recursos, se ven obligados a tirarse en cualquier rincón a esperar que salga el sol.

 

El crisol de razas fue diferente a lo que se había vivido en el Mundial hace dos años. Esta vez se dio en un circuito mucho más cerrado. Las calles eran de los brasileños. Y los turistas se movían en un ambiente puntual: Parque Olímpico/colectivos especiales de los Juegos/estadios/hoteles.

 

Fueron los Juegos de la exclusión para la clase baja y para los mayores. En el primer caso porque el costo de las entradas (cerca de 500 pesos, la más barata) era imposible de afrontar y en el segundo caso por las distancias y el transporte. Había que tener mucha paciencia para llegar a cualquier lado. Un trayecto de 10 kilómetros podía llevar más de una hora. Y el colectivo los acercaba hasta cierto punto: como los estadios tenían fuertes controles de acceso perimetral, el público quedaba a unas veinte cuadras de lo quería llegar a ver, con escaleras, rotondas y vueltas eternas de por medio. Entonces la ecuación daba el resultado planeado: gente joven y blanca en todos los estadios. ¿Suena fuerte? Fue así. En la final de fútbol Brasil-Alemania, por ejemplo, se hacía muy difícil encontrar a un grupo de negros en un estadio colmado por más de 80 mil brasileños.

 

Lo mismo que hace dos años le reclamaban a Dilma, aprovechando los flashes del Mundial, ahora lo hacen bandera contra Temer, con el agregado de su discutida irrupción en el poder. Carecen las políticas públicas de salud, educación y vivienda. Y el contraste con los mega estadios construidos genera más bronca. Pasaron por arriba miles de viviendas para armar el Parque Olímpico, corrieron vaya a saber a dónde a todos los chicos que dormían a la vera de la iglesia de la Candelaria para construir un boulevard e instalar el pebetero. Todo sea para que la fiesta se vea bien. Todo sea para que no haya ninguna mancha. ¿Y ahora?

 

Ahora Brasil se mira al espejo. Terminó la fiesta. Ya está. Al igual que con el Mundial el costo lo sufren los pobres, con un aumento exponencial de los impuestos. Con un acontecimiento extraordinario que les pasó por adelante pero del cual no pudieron ser parte.

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Finalizados los Juegos se retoma el juicio que determinará el futuro de Dilma, acusada de maquillar el déficit presupuestal y suspendida en su cargo por 180 días. El panorama indica que será destituida definitivamente a fin de mes tras una larga votación en el Senado y que el presidente interino Michel Temer se quedará oficialmente en el sillón. Si bien Temer fue repudiado en la ceremonia inaugural y decidió no asistir a la de clausura pare evitar otro mal trago, logró el objetivo de completar unos Juegos sin problemas grandes, luego de haber encendido todas las alarmas por posibles ataques terroristas y hasta por eventuales víctimas del zica. Todo terminó en paz para Temer, que ahora prepara una batería de reformas económicas con la idea de anunciarlas cuando finalice el período de impugnación de Dilma. Encima, los brasileños se dieron el gusto de terminar con una sonrisa los Juegos, con los triunfos tan anhelados en fútbol y voleibol en los últimos dos días de competencia. Así, finalizaron en el Top 10 del medallero, tal como era su objetivo, con siete oros.

 

Mientras Neymar se preparaba para colgarse la medalla, Dilma insistía en su inocencia, acusaba a los opositores de un complot para llevar a cabo un golpe de estado y reiteraba que va a ejercer su defensa, que planea volver a su cargo y llamar a elecciones.

 

Se necesitan 54 votos de los 81 senadores para que Rousseff sea destituida, cantidad que todos los analistas políticos de aquí dan por garantizada. En paralelo, sigue latiendo la causa por lavado de dinero en la estatal Petrobras, que podría salpicar en partes iguales al Partido de los Trabajadores del expresidente Lula Da Silva y también al Partido del Movimiento Democrático Brasileño de Temer.

 

“Resistí tensiones más fuertes en mi vida que esta, esto es un ejercicio de democracia. Será la manifestación de una presidenta que irá al Senado y que está siendo juzgada por un proceso de juicio político sin un delito de responsabilidad”, dijo Dilma, acusada de violar la ley de responsabilidad fiscal en el manejo y aplicación de las partidas presupuestarias.

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“Un Brasil unido inspiró al mundo en momentos difíciles. Los Juegos fueron una celebración de la diversidad y mostraron el valor del deporte en unir al mundo”, dijo Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional, en la ceremonia de clausura. Nada más alejado de la realidad.

 

Pero Thomas Bach se fue. Todos se fueron. Y Brasil otra vez se levantó con resaca. Hay que limpiar, hay que ordenar, no hay tiempo. El subibaja no se detiene. El carnaval carioca sigue sonando. Y mientras los organizadores celebran que todo terminó mucho mejor de lo que hubieran imaginado, vaya a saber quién será el presidente la semana que viene.

 

fuira@lanan.com.ar