/Leé

“entre novela y cuento hay una tierra de nadie”

francisco cascallares

“Yo pensaba que la cabeza te empezaba a doler cuando estabas consciente. Me di cuenta de que me había estado doliendo la cabeza durante toda la noche.” Lo que pudo haber sido mitigado con un ibuprofeno, terminó por anudar lo que hasta ese momento se trazaba únicamente en paralelas inconciliables. Faltaba que se volviera raro.

 

Cada vez que se reclina sobre su silla —una clásica de escritorio— un rechinar anticipa el disparo. Un ruido como el de una bombita de luz que se quema, que interrumpe la tranquilidad de los escasos demás sonidos alrededor. El ruido se repite cada vez que Francisco exige mínimamente a su silla; sin embargo no se termina de entender si es un llamado de atención o una suerte de alivio por parte de ella, como quien se despereza y termina sonándose los dedos. Lo que está claro es que no es de esos ruidos que abundan en el mundo de las sillas: éste no sólo distrae, también preocupa. Cada cinco o diez minutos, ¡tac!, el estruendo aparece y ya pareciera querer marcar un pulso, los momentos importantes, quizás; cuanto menos, negarse a ser naturalizado. “Era una época —continúa— en que me dolía mucho la cabeza, me dolía todo el tiempo y un día me desperté y ya tenía dolor de cabeza.” Él asegura que el sueño es la ficción más vívida que se pueda llegar a crear. Un día tuvo uno: “El universo explota, yo estaba en una nave con otra gente y las turbinas, al palo. Estábamos viajando a la velocidad de la luz y la explosión se movía a la velocidad de la luz. Mientras pudiera mantener esa velocidad iba a poder vivir para siempre. Tenía el resplandor de la explosión atrás mío, estaba arrasando el universo entero, pero el universo es infinito”. Las imágenes las tenía, incluso ya sabía que dentro de la nave había unos relojes que marcaban la distancia en segundos con la llamarada apocalíptica.

 

Inicialmente pensó hacerla un cómic, ya que el género se prestaba. Sin embargo, pese a que disfruta de la ciencia ficción, “no puedo escribir algo directamente de ciencia ficción”. Al igual que la explosión a la nave, lo que hacía la historia a esta altura ya era perseguirlo. Al mismo tiempo, se topó con Battlestar Galactica, “una serie que salió al mismo tiempo que Lost, pero era diez veces mejor”, en la que una flota de seres humanos escapan del sistema donde vivían. Hasta que se decide a cristalizar todo lo que ese sueño le estaba ofreciendo y comienza a escribirlo. “No iba ni para atrás, ni yo me la creía”, confiesa. Hasta que reparó en el dolor de cabeza que, a esa altura, no sabía ni de horarios. “Empecé a escribir sobre el dolor de cabeza y me acordé de que uno puede tener episodios, en el sentido de episodios de epilepsia.” La serie espacial y la compresión de sus sienes ya eran parte de una sola cosa: “Los últimos episodios del fin”. Cuando la resonancia de la ficción rebalsa, por definición, trasciende sus fronteras y logra que ver algo que ocurre en el espacio impacte en tu vida más cotidiana. “Porque todo lo que imaginamos es real”, enfatiza en esta última palabra, casi que en las cuatro letras por separado, y se detiene para que sus palabras tomen carrera: “Si ahora entra un storm trooper, nos tiramos por la ventana por más que no existan.”

 

El ronroneo del café de filtro en su última etapa de preparación se suma a la silla sobre la cual está sentado Francisco Cascallares, en su estudio ubicado a dos cuadras de la estación Martínez del Tren Mitre, que hace Retiro-Tigre. Cuatro paredes, tres de ellas repletas de libros. En el lado restante, una ventana a través de la que entra la nublosa luz de la primera tarde.  Principio de fuga es el título de su segundo libro, editado por Yamila Begné, su pareja, en el que se aloja “Los últimos episodios del fin”.

 

No cree que sea un libro al que se pueda enmarcar dentro de lo experimental, “pero es parte de un proyecto” más grande. “Creo que va a tener como mínimo dos libros más”, aporta. Hablar de objetivos en su proceso creativo no sería pecar de ambicioso; sin embargo sí significaría allanar un camino que, desde el vamos, pretende desconocer lo que hará su propia pluma. “Yo me siento a escribir un cuento y no sé de antemano cuál va a ser el cuento. Lo único que sé es que no va a ser lo que estoy escribiendo”, larga como quien quiere ausentarse en su propia persona. Desde Cómo escribir sin obstáculos —su primer libro— tiene claro que lo que quiere es precisamente fugarse de lo que supuestamente está volcando sobre la hoja, incomodarse a sí mismo entre dos formas: el cuento y la novela. El primer libro concluye dándole la posta al segundo y éste seguramente lo hará con el tercero. Tanto “Tender” como “Un hombre de la Tierra va a volver a la Tierra” —cuya lectura por parte de Yamila, confiesa, fue lo único que le permitió terminarlo—, respectivamente, se plantean como la antesala más fidedigna, valiosa en sí misma. Explica que es parte de una búsqueda de su propia escritura. “El cuento en sí es uno de los géneros más definidos de todos y otro, que es muy híbrido pero en el que también es muy fácil pensar, es la novela. Y para mí en el medio hay una tierra de nadie. Es como un signo de pregunta, uno de los pocos lugares que en el siglo XXI todavía podés explorar.”

 

Del otro lado de la ventana está Alvear, calle con movimiento de avenida, en la que hasta recién estaba entre templado y fresco, escala que sólo sirve para indicarte que te equivocaste al vestirte a la mañana. El ahora silencioso café está listo, pero él opta por la Tita y la Coca que trajo. La consideración para con el prójimo, a veces, puede reducirse a dos Titas en una mesa. Se saca la campera de cuero —o su imperceptible símil— y debajo tiene una de esas remeras de manga larga que tranquilamente pueden hacer las veces de buzo. La mixtura lo abroquela. Aunque también es cierto que si uno le encontrara significado a cada una de las cosas con que se topa en su vida, no estaría más que garantizándose la insania mental. “Todo lo que sea híbrido me encanta”, sintetiza.

 

A la hora de ahondar en este terreno empezó a usar como herramienta de laburo la duración del cuento, en vez de su extensión. “El cuento corto que escribimos acá es realmente corto, de entre cinco y diez páginas, si usamos la medida estándar exigida en concursos de cuentos. La frase ‘cuento corto’ viene de short story, que es el cuento anglosajón, sobre todo el yanqui. Tiene una extensión distinta. Su cuento corto para nosotros ya es largo. Siempre hablando de páginas.” El interludio ubicado entre el cuento y la novela es la rendija en la que quiere trabajar Francisco. “No te voy a decir que nadie la exploró, pero no está tan regulada. Es como subirte a una carabela y mandarte a algún lado.” La cuestión de la extensión, al ser una medida de espacio, es “un problema de las artes visuales, no de la literatura, porque el problema de la literatura es el tiempo”. Y en su manejo radica la sustancia del relato. En “Un hombre de la Tierra va a volver a la Tierra”, último cuento del libro, intentó “dejar la sensación de que te leíste una novela entera en diez páginas”. Añade: “La forma típica del cuento, la más clásica, la del cuento más correcto, ahí se rompe. Si bien no deja del todo de ser un cuento, también empieza a ser otra cosa que a mí me parece alucinante”.

 

Cuando conversa no escatima en pausas. Algunas son verdaderamente largas, de infinitos segundos que por alguna razón están lejos de incomodar a su interlocutor. Trabaja con palabras, con oraciones e historias cuya carga valorativa —ésa que ayer lo hizo quedarse hasta las cuatro de la mañana contestando una entrevista vía mail— excede al formato. Sabe de lo efímero de los tiempos que corren y la inherente crueldad de la memoria humana por lo que, siempre que pueda, hará uso del tiempo para encontrar la opción que considere más acertada. El tiempo propiamente dicho es, a la vez, una suerte de leimotiv a lo largo de sus dos libros. Siempre al servicio de la historia, de su cadencia. No sólo que todo pasa por él, sino que abandona el plano de las ideas para traducirse en cosas, es decir, algo al alcance de la mano. Nos recuerda que cada decisión que tomamos estará indefectiblemente entrecruzada por el tiempo y que éste se puede tocar y oler mucho más de lo que creemos. El tiempo no es su mero paso, es un tender que rebalsa de ropa ajena; la temperatura de un té; desinflados caparazones de tortugas sobre una ventosa orilla o el reflejo de un espejo retrovisor. Y la narrativa tiene la posibilidad de manipularlo para reparar en lo que está programado para ser olvidado.

 

Un juego de mamushkas se va desplegando con la lectura, advirtiéndonos así la cantidad de relatos, de gestos y miradas que viven dentro de otros; todo lo que es capaz de albergar el cuerpo de una persona. La escritura, como una oportunidad de vivenciar todo lo que se redujo a difusas sensaciones, lo que esquivaron las generalizaciones con las que apoyamos nuestra cabeza en la almohada al finalizar el día. Desde su lado de autor, piensa que la escritura busca aprovechar ese lugar que es el de crear imágenes vívidas: “Te va sugiriendo desde un punto de vista específico, desde una búsqueda del detalle. Busca diseñar experiencias en las que vos sientas que estás tocando las cosas que hay a tu alrededor. Estás viviendo desde la piel de un personaje. Te enamorás de gente de la que no te enamorarías en la vida real. Te molestan cosas que no te molestarían. Vivís la experiencia de tener madres, padres, hijos y enemigos que no tendrías y lo vivís con muchísima sinceridad”.

 

Francisco cree que la experiencia de leer ficción debe ser inmersiva, que el lector “se olvide del lado de afuera, de una especie de pantalla, y que se sumerja”. Para eso, la escritura asesta contra la automática síntesis del tiempo real y se concentra en todo lo que deja a un lado nuestra percepción al momento de estar haciendo ese algo. Una mesa en la que una persona expone una intimidad frente a otra puede devenir en una raquítica mención, sin lupa en mano. Como en el cuento “Lo que vas dejando atrás”, él se opone a esa posibilidad: “¿Todavía te interesa seguir, ahora que te conté esto? Quiero saber si las cosas entre dos personas pueden cambiar después de descubrir algo así. ¿O sería mejor que nadie nunca diga nada? Es una pregunta fácil, Guido. Ya sabés la respuesta”.

 

El deseo de sumergirse en un escenario particular alcanzó, si se quiere, su expresión más cristalizada al meterse en la industria del videojuego, a la que continúa vinculado. “Durante muchos años (trabajó cuatro en la empresa QB9) tuve uno de los laburos que más me gustó en mi vida y afectó en mi forma de leer, que fue el de diseñador de videojuegos.” En simultáneo, empezó a enseñar diseño de videojuegos en la Universidad del Litoral, a distancia. “La primera tecnicatura en desarrollo de videojuegos”, se jacta. También, supo ser jefe del Área de Guionistas en una productora de animación y hoy está “aprendiendo de a poco un lenguaje simple que se llama Java Script porque quiero hacer algo que sólo se puede hacer digitalmente y que está relacionado con juegos, si bien es para leer”. De cualquier modo, es consciente de que el trabajo sobre la narrativa es lo que va hilando su andar. El dar forma a una historia es el cometido.

 

Como quien abre una ventana de par en par y luego la puerta, de modo que se genere corriente, cada cuatro o cinco años decide cambiar de rubro como para que el aire a su alrededor no se envicie: “Entrar en algo que sea completamente distinto, en vez de buscar hacer carrera en lo mismo”. En este plan, pudo también trabajar en redacción publicitaria, lo cual le sirvió para mover cabeza respecto a la edición y la búsqueda de ideas. Y asegura que “la posibilidad de corregir lo mismo que estás escribiendo no lo saqué sólo de talleres o de una carrera (Letras), sino también de esa práctica”.

 

Una suerte de negociación de la tensión estética —producto del equilibrio o desequilibrio entre la forma y el contenido— es lo que hace el escritor al narrar. Confía en que, a pesar de ser una idea muy clásica, sigue sosteniéndose de alguna manera, aunque muy lejos está de ser una receta. Es más bien un problema artístico. A su vez, lejos de ser un problema, la mesura de los movimientos que lo acompañan al hablar y las inquietas hormigas que habitan en su cráneo ya parecen haber pasado la etapa de negociación. Cada parte está contenta con lo que le ha tocado.

 

No es requisito vincularse a algún tipo de arte para escuchar, con cierta frecuencia, que uno tiene que abocarse enteramente a lo suyo para destacarse en el ámbito correspondiente. Que para obtener reconocimiento hay que ir achicando el diámetro de los círculos que van apareciendo en el camino. Es simple, a medida que es menor la superficie de la circunferencia, menos elementos podrán estar dentro de sus márgenes. Y no son pocos los que creen que sacar la cabeza y pispear el círculo de al lado es perder el tiempo, el inicio de la deriva. “La hiperespecialización es una angustia de nuestra época. Para ciertas cosas, la agradecés. La verdad es que a un neurocirujano lo quiero hiperespecializado, pero no todas las profesiones son iguales. Durante todo el siglo XX hubo una especificación. Creo que es muy psicótico ser una sola cosa. Y estar mucho tiempo metido en una sola habitación te empieza a dar claustrofobia. Es muy liberador cuando entrás en otros lugares. Prefiero ser un montón de cosas. Sé que mis trabajos siempre los fui eligiendo para que escribir no tuviera que ser un trabajo. No sé si escribiría tranquilo o en toda mi capacidad sabiendo que mi plato de arroz depende de que pueda vender eso.”

 

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Decisiones que definitivamente se piensan dos veces al tener dos platos más a la hora de sentarse a cenar. Lucas y Catalina —a quienes les dedica Principio de fuga— lo hicieron padre cuando tenía entre treinta y treinta y cinco años. Él dice que hasta los veinticinco años sos inmortal: “Mientras sigas creciendo no vas a envejecer porque estás creciendo. Biológicamente sos inmortal. Si ese proceso se mantuviera para siempre no te morirías nunca”. Cuando la luminosidad de ese apetito se corta “empezás a entrar en planteos como la mortalidad propia”. Agrava su voz y extiende la duración de la “o” de “propia”. Pone una especie de velo oscuro sobre las últimas palabras y las remata con una risa. “Porque se empieza a revertir ese proceso —prosigue— y empieza uno de degeneración, que por suerte es muy lento y cada vez más. No podés llevar mal tu vida si tenés atrás chicos que estás criando. No les podés dar algo malo. Es totalmente esencial que lo que vos les des sea lo que vos crees que es lo mejor.” Ellos lo acompañan no sólo a las presentaciones sino en un cambio de vida que implica verlo escribir, editar y publicar, “y no tanto el laburo fijo en una empresa”. Confía que si no es el momento preciso en que pasás a ser padre, a la semana siguiente “te das cuenta de que en realidad ‘soltero o casado’ se debería referir a los hijos. Ése es el verdadero vínculo, el que más te define”. Resulta inmensurable —como en muchos otros casos— la influencia que la paternidad puede tener en la escritura de alguien. Sin embargo, algo hace confiar en que el hecho de ver sus nombres en esa tercera página casi en blanco responde a una dichosa y concreta intromisión en la creación de los cuentos, más que a una cordial mención. “Los hijos te van formando, te vas dando cuenta de quién sos a través de ellos. El hijo se forma con los padres, no le queda otra, vive encerrado en ese mundo. Lo que digo es que lo opuesto también pasa”.

 

Ingeniero Maschwitz es la localidad en la que creció. Zona del municipio de Escobar en la que hoy priman los countries y los barrios cerrados, cuyas propiedades, en su niñez, eran más un escape de fin de semana que lo que se dice un hogar. “De mi cuadra yo era el único que vivía ahí durante la semana. Pasaban vacas y caballos por delante de mi casa, había baldíos inmensos.” De repente, a los doce años apareció una commodore en su casa, lo que alimentó su introversión. Pasaba mucho tiempo escribiendo. Explica que el extrovertido gana energía entrando en contacto con otros, mientras que el introvertido pierde energía de ese mismo modo. “Ese lugar fue perfecto. No soy ermitaño, pero hay un placer en tener ratos largos para vos mismo”.

 

Ya años antes se había dado cuenta de que no todo lo que quema es fuego. Los primeros libros con que se topó eran de geología y astronomía. Estaba fascinado con ellos. Por su omisión, se podría conjeturar que por esos días el bullying no corría. “Hay libros que te prenden fuego, te calientan directamente, generan un deseo. Y Barthes dice que el deseo es que te gustaría escribir ese mismo libro.” La mamá de Francisco estudió para ser maestra y cuando él iba al jardín, ella había dejado de trabajar. Aún no tenía cuatro hermanos, por lo que ella pudo enseñarle, y de muy chico su entorno se volvió presto para la lectura.

 

Se levanta de su silla y se dirige a la pared del estudio que lo enfrenta. Cuesta no intentar pensar cuántos libros tiene dentro de esta habitación. Apenas tarda unos segundos en encontrar lo que estaba buscando: una edición de Elige tu propia aventura. A pesar de la celeridad, no agarra un ejemplar al azar. Si bien no es igual, su tapa tiene una matriz cromática similar a la de Principio de fuga, diseñada por Ignacio Marmarides. Al dar con estos libros durante su infancia, se despertó en él un interés por una cruza que, aún hoy, lo vuelve loco. La de la lectura y el juego. Empezó a escribir historias de este tipo. “Había pilas y pilas en casa. Me afanaba cuadernos y ya tenía un sistema para hacerlo.” Después iba a su biblioteca, en la que ponía cada uno de sus libros y se ponía a leerlos. “Era un juego —aclara—, no una intención estética.” Caía en su trampa: muchas veces olvidaba los finales que él mismo había escrito.

 

Durante su secundaria casi no escribió. Los intereses se ampliaban y la escritura ya no era lo que antes. “La relacionaba mucho con lo que eran los juegos infantiles y hubo un momento en que decía ‘ya estoy grande para estas cosas’. Sentía que quería tirar un par de cascotazos al cielo.” La guitarra pasó a ocupar el lugar de la escritura. Estaba seis horas por día ensayando. “Llegué a tocar en un nivel entre principiante e intermedio. Hacía solos a muchísima velocidad, encima me gustaba el metal”, dice a sabiendas de que esos dos elementos se llevan bien. A lo largo de dos años se abocó a las seis cuerdas y ya había tomado la decisión de dedicarse a la música, iba a ir al conservatorio a seguir estudiando. “Y un día tuve un rapto de honestidad conmigo mismo y me dije que los temas que hacía no estaban tan buenos. Me aburría un poco. Mis temas eran como medio esperables.” Precisamente esa previsibilidad es contra la que batalla desde que retomó la escritura a los 19 años. Casi como una obsesión, al crear un cuento tiene que encontrar en él ese componente que lo haga extraño. “Cuando leo un cuento mío no me tiene que resultar escrito por mí. Es algo totalmente inverificable para otro, pero yo lo puedo verificar en cada cuento.” No son pocas las veces que se ha pensado al arte como un mero vómito catártico; no obstante él cree que “las ideas más espontáneas son las más programadas”.

 

Cuando entraba en sus tempranos veinte fue a estudiar a Estados Unidos, en la Universidad de Columbia. Antes de ir para allá, estudió unos años en la universidad norteamericana de acá, de modo de poder transferir la mayor cantidad de materias posible al momento de migrar. “Tenían un muy lindo departamento de literatura española y latinoamericana, pero estaba viviendo en ese otro mundo y tenían muy buenos profesores en inglesa y me mandé a estudiar inglesa por una cuestión de que quería meterme más en una cultura diferente.” Se recibió con honores, lo que hoy le impide decir que conoce la ciudad de Nueva York. La autoexigencia que por ese entonces le permitió ganar en confianza es la misma que en la actualidad le genera cierta repulsión por la idea de entrar nuevamente en un ámbito académico. “Y estudiar en el exterior fue una cagada en el sentido de que volví acá y estaba solo, no tenía compañeros de la facultad, no sabía cómo moverme. En una carrera es importante entender cómo funciona ese ámbito. Para mí la literatura era Puán y yo no tenía ningún acceso a Puán. Quedé muy afuera de todo eso”, explica. A partir del escenario que le ofreció su vuelta a la Argentina, empezó a trabajar por fuera de la literatura, lo cual asegura que trabajó sobre su “tendencia a hacer las cosas medio como náufrago”. “Por eso insisto tanto en lo personal de la escritura”, suma. Cuando dice que insiste en la singularidad de la escritura, lo hace para distinguirla de la literatura.

 

“Hay una novela de William Gibson que se llama Neuromancer y que propone que la realidad es un consenso social. No es un invento de él, pero lo aplica al mundo virtual, paralelo, espejo. Yo pienso que la literatura es un consenso social. No tiene que ver con los escritores, sino con lo que está escrito y publicado, o sea lo que está hecho público, lo que circula. La literatura es un debate, es uno de los mecanismos con los que hacés cultura. La discusión va mutando. Hay escritores que desaparecen y que son retomados muchísimos años después. Felisberto Hernández, por ejemplo.” Acorralado por la literatura que da sentido a su estudio, sostiene que “la escritura es profundamente personal”. “Para mí, es lo opuesto a lo público. Y —aclara— no es que sea personal porque tengo una anécdota para contar de cuando era chico. La literatura que, para mí, realmente vale la pena es la que es singular, rara para su momento. Es algo que solamente puede surgir de que vos seas quien sos y hayas vivido lo que viviste.” Sabe de la obviedad de los “para mí” que acaba de utilizar. También, probablemente, sepa que en determinadas ocasiones resulta más conveniente remarcar lo opinativo de lo que se está diciendo y así ahuyentar susceptibilidades.

 

Semanas atrás, lo que era la Boutique del Libro de San Isidro —ubicada en su pleno centro— pasó a ser Notanpüan. Nombre que recientemente le implicó un cruce 2.0 con Martín Kohan, a partir de una nota publicada en el blog de Eterna Cadencia, en la que el escritor y docente cuestiona la coherencia del nombre que adoptó la editorial, anclado en el vínculo entre su oferta y lo dictado en Puan (Facultad de Filosofía y Letras). Concretada la desvinculación con la cadena, la librería que siempre supo ser algo más, ahora también es editorial. Francisco es editor de Notanpüan y sacó a la calle Principio de fuga bajo su manto. Cuenta que tiene la bendición de poder dedicarse exclusivamente a los textos y eso es porque Fernando Pérez Morales hace el laburo más vinculado al negocio editorial. No se atreve a considerar una fórmula aunque sí plantea ciertos hábitos útiles, como que “para ser un buen editor, más que ser un buen escritor, tenés que ser un buen lector. No necesitás ser un buen escritor. Necesitás haber escrito, haber atravesado la experiencia de escribir y no sólo la de leer”. Destaca que el trabajo de tallerista es el que más lo ayuda a la hora de editar. La peculiaridad es lo que persigue, tanto al escribir como al editar un texto; es lo primero que trata de descubrir en un libro. “No importa cómo esté escrito. Hay libros que dan con un personaje o un lenguaje extraño. Por ejemplo, el libro de Camila Fabbri (Los accidentes) que sacamos el año pasado tiene una rareza en el uso del lenguaje que es alucinante. El libro de Horacio Convertini (Aguante) tiene la llegada de una piña de box, todo el tiempo. Cuando el libro no tiene eso, es simplemente una trama.”

 

El catálogo de Notanpüan consta, en su mayoría, de autores jóvenes. Todos los libros que editó pasaron por un proceso de reescritura, que no pretende más que hacer de ese libro uno mejor. No cree que el ida y vuelta entre escritor y editor sea tenso, pero sí delicado. En definitiva, si lo pensásemos en sus términos, el editor es algo así como la primera lectura que finaliza con la escritura del otro para hacerla ingresar en la literatura de todos. “Se discute, no es una cuestión de capricho de ninguno de los dos lados. El divismo y el ego tienen lugar en otros lados. A un autor nuevo no puede no servirle escribir un libro mejor del que tenía.”

 

Por un instante, vuelve a ubicarse en los pies del escritor y recuerda que después de leer a Herman Melville y a Joseph Conrad, definitivamente, se preguntó qué hacía él escribiendo. Desesperanza habitual de una sobreexigida pluma naciente. Después se percató del “desfasaje entre lo que estás viendo y lo que sos capaz de hacer”. David Foster Wallace y Roberto Bolaño son autores que, para él, ya entran en el plano de la genialidad. Y son precisamente dos entre unos pocos. “Hay gente que dice ‘tengo que escribir porque quiero ser importante. Quiero ser recordado y no estar escribiendo por escribir’. No podés dejar de escribir porque no sos un genio, no se trata de eso.”

 

“Atrás de un libro hay gran parte de una vida dedicada a hacerlo mejor”, dice. Detrás de un catálogo hay autores. Los autores son personas. Y las personas son las que escriben libros. Nadie lo niega, todo lo contrario. Sin embargo, el problema de obviar algo es que este algo se puede corroer con el paso del tiempo. Acá el peligro no pasa por no verbalizar, sino por terminar olvidando. Dar cosas por sentado puede naturalizar fenómenos por demás complejos. El valor de una editorial, explica, radica en su catálogo, por lo que su inversión estará en “acompañar a autores que ya estuvieron con vos y cuya carrera te interesa seguir impulsando. Nunca estás trabajando con un libro, trabajás con un autor”.

 

A pesar de que en apenas minutos arranca a dar un taller ahí mismo, no hay gesto por ninguna parte de su cuerpo que dé a entender que hay que ir terminando. “¿Por qué existe una editorial independiente?”, lanza al aire y acto seguido se convence de que por más que suene un poco hippie “no sirve para hacer guita. Siempre estás flirteando con la bancarrota. Es pasión por algo, realmente pasa por ahí. Como negocio es insostenible. Lo que querés es hacer algo para la literatura, para los libros que están circulando. Querés armar una especie de casa donde podamos hacer fiestas todo el tiempo y en la que cada vez haya más gente”.

 

lee@lanan.com.ar

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