Fotografía: Télam.
Son las 18.05 del domingo 7 de agosto en Río de Janeiro, la ciudad de los Juegos Olímpicos. Todavía faltan más de cuatro horas para el debut del equipo de básquetbol argentino ante Nigeria. En el trayecto en metro para combinar con la nueva línea 4 que se dirige hacia Barra da Tijuca van apareciendo las camisetas celestes y blancas. Pero es en la entrada del Parque Olímpico, luego de un trayecto de 25 minutos en el bus de tránsito rápido, donde realmente se percibe la emoción de los hinchas. Camisetas de Ginóbili, Scola, Nocioni y Delfino inundan el lugar. Hay caras pintadas con la bandera nacional, cotillón, canciones de cancha y, sobre todo, reconocimiento. Es que para una parte de este equipo, renovado por el paso inevitable de los años, seguramente sea la última función. De ahí en más, serán leyenda. Honor y gratitud.
La Generación Dorada del básquetbol argentino fue (es) la mejor selección de la historia del deporte nacional. El destino quiso que jugadores de un talento y una cultura de trabajo extraordinarios sean contemporáneos y se unieran para alcanzar hazañas que, hasta ese momento, solo podían ser imaginadas en las películas o durante un sueño profundo. Luis Scola, Emanuel Ginóbili, Andrés Nocioni y Carlos Delfino, o más conocidos como Luifa, Manu, Chapu y Lancha, este último protagonista de una vuelta sin precedentes luego de siete operaciones en el pie derecho y estar sin jugar de manera oficial durante tres años, son los cuatro fantásticos que quedan de aquellos tiempos de ensueño.

El legado que dejó la Generación Dorada va mucho más allá de los logros deportivos en Juegos Olímpicos, Mundiales, Preolímpicos, Premundiales y Sudamericanos. Este camino que empezó a recorrer un grupo de pibes allá por 1997, en el Mundial Sub 22 de Australia que significó un golpe fuerte para esos corazones jóvenes por perder la final ante el local en el último segundo, tiene que ver con valores. Tiene que ver con la vida. Tiene que ver con compromiso, superación, unión y amor a la camiseta. En un país exitista hasta la médula, donde la filosofía imperante tiene que ver con que el segundo es el primero de los últimos, ayudaron a creer que no todo está perdido. Cada una de sus acciones fueron reconocidas porque tuvieron que ver con el bien común. Siempre el grupo por encima de los individuos. Todos para uno, uno para todos.
Esta generación cambió el paradigma del básquetbol mundial. Es muy fuerte si se tiene en cuenta que, con la excepción del título del mundo en 1950, no era un deporte de primera plana en el país. Ellos hicieron escuela, se transformaron en ídolos de los más chicos y lograron hacer trascender todo el ambiente. Obligaron a cambiar el foco hasta al Dream Team de los Estados Unidos, que no podía entender como un grupo de jugadores (o, más bien, de hermanos) sea superior a ellos. La victoria ante los NBA en el Mundial de Indianápolis 2002 marcó el camino, y el triunfo en Atenas 2004, con la posterior medalla de oro gracias a la victoria ante Italia en la final, confirmó que se estaba ante un plantel inigualable.
Estos muchachos transformaron sus éxitos en bienestar para las generaciones futuras. Fueron ganando peso propio y se encargaron de que el básquetbol argentino goce de buena salud a nivel selección. Así lo demostraron también en el ámbito político hace dos años, en su lucha por regularizar una CABB prendida fuego y con deudas por más de 33 millones de pesos. Se pusieron los pantalones largos cuando había que hacerlo y dieron el empuje principal para sacar adelante una situación vergonzosa para una institución tan reconocida. Hoy, ya en Río, el juramento es despedirse a lo grande, dejando todo en la cancha como siempre y guiando a la nueva camada. Ya no hay medalla que tenga más valor que eso. Ellos ya ganaron.
«Es la mejor selección argentina de todos los tiempos, por compromiso, actitud, ganas, trabajo, seriedad, mística ganadora y humildad. Todo con la guía de los entrenadores Rubén Magnano, Sergio Hernández y Julio Lamas, quienes con experiencia y capacidad lograron grandes hitos para que el básquetbol argentino fuera reconocido y respetado en el mundo. Conformaron un grupo monolítico que supo superar los escollos que se presentaron en el camino para alcanzar la gloria», opina Rubén Campaniello, una institución dentro del periodismo especializado en la materia.

Y agrega: «Dejó un legado por su estilo de juego, que fue admirado y copiado, ya que imprimió una marca indeleble. Cuando ya no estén más Ginóbili, Scola, Nocioni y Delfino, sin dudas que otros tomarán la posta. Algunos, como Campazzo, Laprovittola y Garino, entendieron el mensaje transmitido por esos héroes. Detrás vendrán los Brussino, Deck y Vaulet, para intentar mantener a Argentina en lo más alto».
Desde Estados Unidos, Álvaro Martín, relator insignia de la NBA en ESPN y ferviente seguidor del básquetbol argentino, dice: «Son astronautas. Son gente que llegó a un nivel totalmente insospechado e inalcanzable. Probablemente, la palabra adecuada sea astronautas». Y sigue: «Creo que una de las tantas claves que tuvo la Generación Dorada fue la capacidad atlética que existía dentro del plantel. En ese grupo había jugadores muy atléticos, como Oberto, o Victoriano, un jugadorazo de clase mundial. También Ginóbili, Herrmann, Nocioni y el mismo Scola. Es parte de la magia que tuvo ese grupo de jugadores, atleticamente estaba en perfectas condiciones. Además, hay que añadirle el juego pensado, la química y el entendimiento de hacerlo para el equipo. Por más que haya estado conformado o dirigido de la mejor manera, por más sensatos e inteligentes que hayan sido, nunca hubiesen llegado tan lejos sin la capacidad atlética. Nunca escuché ese elemento como un punto fundamental que los llevó a ubicarse dentro de la historia».
Martín está fascinado con la vigencia de la identidad que logró forjar Argentina. «El esquema de Argentina ha tenido a distintos entrenadores, como Horacio Seguí, Guillermo Vecchio, Rubén Magnano, Julio Lamas y Sergio Hernández. Cada cual es un entrenador distinto, con sus formas. Sin embargo, la tendencia siempre fue decir ‘estos son los jugadores, esto nos conviene y nos da la posibilidad de ganar’, así que decidieron no tocar ese esquema. La excelencia de lo que significa el esquema argentino no ha cambiado en 20 años. Y eso en América Latina es un logró enorme. Ellos alcanzaron el éxito y lo han sostenido en el tiempo», destaca.
«A mi entender es la mejor selección de todas, porque logró trascender su propio deporte para alcanzar un éxito insospechado, primero con el subcampeonato mundial de 2002 y luego con el título olímpico de 2004. Además, lo consiguió defendiendo valores altruistas apoyados en juego de conjunto. A partir de ese momento, el básquetbol argentino a nivel internacional cambió para siempre con estos talentos en primera plana. Ningún jugador es mejor que todos juntos», sostiene Bruno Altieri desde Bahía Blanca, analista de básquetbol para ESPN y jefe de prensa de Obras Basket, equipo de la Liga Nacional.
Y Alejandro Pérez, otro hombre de gran trayectoria en el ambiente trabajando como relator y para el equipo periodístico de FIBA Américas, asegura: «El compromiso que generaron con la camiseta de la selección argentina es incomparable, algo que está por encima de todo. El saber estar siempre y comportarse como debe ser en el triunfo y la derrota es extraordinario, siempre dando lo máximo y no solo dentro de la cancha. Lo bueno de estos jugadores es que siempre dieron todo también fuera del campo de juego, con la máxima entrega para entrenar, cuidarse y ser auténticos profesionales».
Son las 0.15 del miércoles 10 de agosto. Argentina acaba de derrotar a Croacia 90-82 en el Arena Carioca 1 para sumar su segundo triunfo en fila. Los veteranos desafían el paso del tiempo y los jóvenes juegan como si tuvieran mil años en la selección. Un combo ideal. Mientras tanto, los 10 mil hinchas argentinos no paran de saltar y de cantar. Y a la vez se ilusionan, porque este equipo está más vivo que nunca.
