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ensayo general para la farsa actual

macri en boca

Fotografía: Télam

Lo que se asegura Macri, representante de uno de los grupos económicos más poderosos del país, es un lugar gravitante en el fútbol argentino, por el propio peso del club que pasa a comandar y por la tendencia que puede marcar en los demás. Y el tiempo dirá si -como denunciaron durante toda la campaña Alegre-Heller- este es el inicio de una carrera política
Diario Clarín, 4 de diciembre de 1995.
El día después del triunfo de Macri como presidente de Boca

 

Tenía bigote. Mucho bigote. Tupido, acolchonado. Una especie de Ned Flanders de barrio norte. Con 36 años, aquel niño que fue al Colegio Cardenal Newman, que inició sus estudios universitarios en Nueva York, que luego pasó a la Universidad de Pensilvania y que finalmente se recibió de Ingeniero Civil en la Universidad Católica Argentina. El hijo de Franco, uno de los empresarios más poderosos de la Argentina de los ’90 que hizo negocios en diferentes rubros: automotores, construcción, minería, comunicación… El mayor de seis hermanos. El que se casó tres veces. El que trabajó en Citibank, hizo pata ancha en Socma, la empresa de su padre, y luego dio el salto a Sevel. Ese tipo. Ese nene de cuna de oro y ahora bigote al viento desembarcaba como presidente en el club más popular de la Argentina. Fue el 3 de diciembre de 1995 cuando dio su primer paso en ese trampolín llamado Boca. Hacía más de 40 grados en un país que chorreaba menemismo. Y le corría sudor por la frente cuando a las 18:15 se paró ante un puñadito de periodistas y confirmó que había ganado las elecciones. Un par de horas más tarde, ahí mismo en la Bombonera, Boca perdería 6-4 contra Racing. Quizá en ese mismo momento se haya dado cuenta de que en el fútbol hay cosas que la plata no puede comprar. Quizá en ese mismo momento se haya dado cuenta de que el fútbol podía servirle de plataforma para la política nacional. Veinte años más tarde, Mauricio Macri asume como Presidente de la Nación. Sin bigote.

 

Macri no tardó en mostrar la hilacha como pope de Boca. Peló la billetera y marcó el rumbo. Una de sus primeras medidas fue aumentar un 25% la cuota social. Además, redujo los sueldos de los empleados y empezó a recortar los gastos en todas las actividades sociales y deportivas, a excepción del básquet y el fútbol. “Disciplina que no se autofinancia, se cierra”, era su lema. En materia económica-financiera, dos medidas muy turbias marcaron sus inicios. Por un lado, decidió tercerizar todo el merchandising oficial a manos de una empresa denominada “Bo – K S.A”, que luego pasó a llamarse “Boca Crece S.A”, fundada por “Inversora de Eventos S.A”, una empresa perteneciente al grupo Clarín. Con esta modificación, los ingresos por ventas de camisetas y productos boquenses dejaron de entrar al club y pasaron a manos de empresarios. Para completar el combo, el club se convirtió en accionista mayoritario de la empresa, método que fue objetado por la Inspección General de Justicia como una maniobra fraudulenta y contraria a La Ley 19.550 de Sociedades Comerciales, ya que una sociedad civil sin fines de lucro no puede constituirse como controlante de una sociedad anónima.

 

Por otro lado, Macri decidió crear un fondo de inversión para recibir aportes económicos. El problema es que el club ponía como garantía nada menos que a los jugadores profesionales de la institución, que al momento de ser vendidos a otro club, traerían regalías a quienes aportaban dinero a esta suerte de fideicomiso. ¿Qué pasó? Empresarios cercanos al presidente ponían plata en este fondo y luego ellos mismos participaban de la venta de jugadores, por la cual además recibirían un plus.

 

Uno de los caballitos de batalla en la campaña electoral de Macri fue la Bombonera (cualquier similitud con las promesas de Daniel Angelici en la actualidad es pura coincidencia). Y fue también la primera gran señal de lo que sería una línea definida de su gestión: excluir a los socios y machar la identidad cultural que supo forjar el club a lo largo de su rica historia. Naturalmente, lo solapó con una buena excusa: la remodelación del estadio. Mandó a construir palcos vip, por lo que redujo la popular media sur y las plateas que dan al Riachuelo. La ecuación era muy simple: más turistas, más posibilidades de vender abonos anuales a precios desorbitantes, un nuevo sector al que denominó “corporativo” para negociar con empresas y menos espacio para la popular, para aquellos socios e hinchas que solo pueden costear las entradas más baratas. La remodelación le costó a Boca más de 5 millones de dólares, el doble de lo que, en forma contemporánea, San Lorenzo pagó para construir desde cero el Nuevo Gasómetro.

 

“El apoyo que el club le brindaba al barrio de La Boca fue cortado de raíz desde la llegada del macrismo”, subrayan desde la organización política y vecinal Boca es Pueblo. “El club siempre sirvió de lugar de encuentro y contención para los más humildes. Se desarrollaban actividades vecinales, se prestaban desinteresadamente las duchas para los boquenses en situación de calle y se brindaba asistencia a comedores zonales. Las puertas estuvieron siempre abiertas para que sus vecinos pudieran desarrollarse y generar un sentido de pertenencia que era una marca registrada. Con la llegada del macrismo, el club se convirtió en una fortaleza inexpugnable, con un inusitado aumento de requisitos para el ingreso al club y un incremento acelerado de precios para las actividades. Al punto tal que en la actualidad Boca tiene la colonia de vacaciones más cara de Buenos Aires: cuesta $6.400 para socios y $7.200 para no socios”.

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Fotografía: Télam

 

CARLOS SALVADOR BIANCHI

 

Si de fútbol se trata, el arranque de Macri fue muy cuesta arriba. El equipo cerró 1995 con un empate y tres derrotas. Silvio Marzolini dejó de ser el entrenador y allí el nuevo presidente tomó su primera decisión futbolera: contrató a Carlos Salvador Bilardo para tomar las riendas. Maradona, Cannigia, Navarro Montoya, Juan Sebastián Verón, el Kily González, el Beto Márcico… un plantel rico en nombres que no encontró resultados. Y el “Dream Team”, como suele ocurrir en estos casos, terminó en un fracaso. Maradona erró cinco penales consecutivos como símbolo de una campaña sin rumbo. Aunque se destaca una perla entre tanto derroche sin sentido. En uno de los tantos manotazos que intentó pegar Bilardo para darle frescura a un equipo gastado hizo debutar a Juan Román Riquelme. Un pibito que dejaría más de una huella en la vida de Macri.

 

Se fue Bilardo y llegó el Bambino Veira. El Bambino de gafas y camisas abiertas. La gota que rebasó el vaso para un grupo que se desintegraba y vivía una transición, con la salida de Maradona y Cannigia como emblemas y buscaba acoplar a los pibes y a refuerzos sin tanto cartel. El paso de Veira por el club dejó un momento épico cuando Diego Latorre calificó al vestuario de Boca como un cabaret. “Un cabaret es cuando uno va en una noche de diversión, a las dos de la mañana, va a divertirse, obviamente como lo he hecho mucho tiempo yo… y bueno, eso es un cabaret. Esto no es un cabaret”, ¿explicó? el DT.

 

Macri quedaba contra las cuerdas. Dos fracasos deportivos. Para colmo, en octubre de 1997 le rechazaron su primer balance y la gestión fue auditada por una comisión investigadora, algo inédito en la historia del club. “Se observaron errores de gestión que comprometen el futuro de la institución y transgreden las normas estatutarias en vigencia”, sentenciaron.

 

Fue en ese momento en el que se trazó la gran bisagra de su historia en Boca. Estaba a un año y medio de las nuevas elecciones. No tenía margen de error. El equipo debía conseguir títulos. Esa era la única manera de ocultar los problemas económicos y la ausencia de políticas sociales para potenciar al club más allá del fútbol del domingo. Y ahí apareció Carlos Bianchi. El salvador. Desde su llegada, Boca ganó todo lo que se le puso por delante. Y Macri podrá gritarle al mundo que con 16 campeonatos en su haber es el presidente de Boca más exitoso de la historia, relegando al histórico Alberto Armando, con doce. Pasamos lista: Torneo Apertura 1998, 2000, 2003 y 2005, el Clausura 1999 y 2006, Copa Libertadores 2000, 2001, 2003 y 2007, las Intercontinentales 2000 y 2003, las Sudamericanas 2004 y 2005, y las Recopas 2005 y 2006.

 

 

EL SALTO A LA POLÍTICA

 

Macri decidió elevar la vara. A la cancha ya no podía ir cualquiera. Boca tenía más socios que capacidad en el estadio así que nadie más podía conseguir un carnet. Y en la esfera dirigencial siguió la misma línea: antes de lanzarse definitivamente a la campaña para jefe de Gobierno porteño en 2003, realizó una reforma clave en el estatuto del club que establecía que un socio ya no podría presentarse como candidato a presidente si no contaba con un patrimonio mayor o igual al 30 por ciento del patrimonio del club, o presentar avales equivalentes a dicha suma.

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Ilustración: Petre

 

Esa no había sido la primera reforma en el estatuto que hizo Macri. Ya había prohibido la reelección indefinida (los mandatos pasaron de tres a cuatro años) y solo se permitían dos ciclos consecutivos. Es por eso que luego de conseguir la reelección en 1999 (venció a Antonio Alegre) su plan para 2003 era imponerse en los comicios en CABA y despedirse del club. Pero no pudo.

 

Con un inmejorable presente futbolístico en Boca (en el retrovisor tenía la victoria ante el Real Madrid en Japón y acababa de regresar Bianchi tras un frustrado ciclo de Oscar Tabárez) fundó el partido Compromiso para el Cambio y junto con Horacio Rodríguez Larreta compitieron en las elecciones del 24 agosto contra la fórmula Aníbal Ibarra-Jorge Telerman. Fue triunfo para Macri-Larreta por cuatro puntos pero la diferencia no les alcanzó para evitar el balotaje. En esa segunda vuelta Ibarra retuvo su mandato.

 

¿Entonces? Entonces la letra chica. Macri decidió tapar su primera derrota en la política nacional con un triunfo en la política del club. Por la reforma que él mismo había impuesto nadie se presentó como oposición en las urnas boquenses de 2003 ya que ni siquiera Antonio Alegre y Carlos Heller, que habían sido presidente y vice durante diez años, contaban con los avales necesarios para ir por el cargo. Al no haber oposición, la Comisión Directiva oficialista continuó en su cargo y, como Macri había perdido las elecciones porteñas, decidió seguir siendo el presidente de Boca, dejando sin efecto la reforma que él mismo había establecido para prohibir las reelecciones indefinidas.

 

De ahí en más empezó a manejar el doble comando: su principal objetivo pasó a ser el salto a la jefatura de Gobierno de la Ciudad pero al mismo tiempo empezó a dejar en el club semillas de macrismo que fueron creciendo a lo largo de los años. La reelección de Angelici –dueño de Bingos, extesorero del club, nexo vital con los jueces y fiscales de la Ciudad y uno de sus primeros laderos políticos- le puso el broche de oro a un cierre de 2015 perfecto para Macri, que siempre usó a Boca como su mejor carta de presentación.

 

“Cuando llegué a Boca, la oposición se cansó de repetir que iba a hacer un club para pocos, toda la vida me acusaron erróneamente de lo mismo”, dijo en pleno debate presidencial con Daniel Scioli. Cada cual podrá sacar su propia conclusión. Aquella duda que se planteaba Clarín un día después del desembarco de Macri en Boca está claro que ya quedó zanjada.

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