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de la grieta al país de las maravillas

discurso macrista

Ilustración: Juan Manuel Puerto

“Patearon el hormiguero”, “cambiaron el libreto”, “dieron vuelta la tortilla”. Frases del acervo popular que tal vez sirvan para ilustrar la situación que muchos argentinos, de distintos sectores sociales y políticos, han experimentado en los últimos meses. A la sensación cruelmente condensada en la simple expresión “cambio de modelo”, ¿qué le sigue? Como ciudadanos, nos queda el poderoso recurso de la bronca, de la denuncia, del consuelo colectivo, de las organizaciones de base, de la protesta, de la querella. No es poco. Pero como estudiosos del mundo social, nos cabe otra responsabilidad. Una sociedad que pagó por nuestra formación se merece algunas respuestas, una mirada crítica que ayude a entender un poco más qué es lo que pasa.

 

Algunos analistas de los medios de comunicación sostienen que una vez que un fenómeno consigue llamar nuestra atención, le siguen el pensamiento reflexivo y la acción tendiente al cambio, en ese orden. Entonces, podemos plantearnos la necesidad de la reflexión que —obviamente— no excluye la posibilidad simultánea de la acción.

 

Ahora bien, ¿qué puede aportar una lingüista al análisis de los cambios operados en el campo político del 10 de diciembre a la fecha? ¿Puede ayudar en algo analizar cómo se usa el lenguaje en la era PRO de la política nacional? Pensamos que sí: en primer lugar, ayudar a descolocar la mirada y estudiar cómo los sujetos de carne y hueso son construidos a través de los discursos. En segundo, a abandonar las lecturas verificacionistas y dejar de contrastar dichos con hechos. No porque asumamos que nos dicen la verdad (ni mucho menos) sino porque el dispositivo que hace triunfar y sostiene a un Presidente es mucho más complejo. De hecho, no se ganan elecciones simplemente diciendo verdades. Y por último, porque quizás podamos configurar un diagnóstico, algunas cuestiones que confluyan desde diferentes perspectivas y juntas ayuden precisamente a construir esa perspectiva crítica de la que hablábamos recién.

 

CRIADO AL CALOR DE LA GRIETA

 

Aunque parezca una obviedad, es preciso señalarlo: la aparición y el crecimiento de Macri en la escena política no fue una sorpresa para nadie. Su lugar en el empresariado, en la clase alta, en la farándula mediática así lo atestiguan. Pero desde el punto de vista discursivo, tal vez sea más interesante aún contextualizar el paulatino aumento de su protagonismo político a nivel nacional. Nos referimos más precisamente a la operación mediática que desde posiciones opositoras al kirchnerismo dieron en llamar “la grieta”. Decimos operación porque el proceso consistió en la introducción de un concepto (en realidad, de un uso metafórico para un significado ya existente) y —lo que es más importante aún— en la puesta en circulación de ese concepto. Todos podemos jugar a cambiarle el significado a alguna palabra y hasta darle a ese nuevo sentido un campo —casi siempre estrecho— de vigencia. Pero puesta en los medios aunados por un ferviente antikirchnerismo, el concepto prendió y replicó, en el sentido más sísmico de la palabra. Y a partir de ahí, tuvo vida propia: “la grieta” vino a imponer un orden sencillo, simplificado, entendible para muchas personas y como consecuencia muchos otros conceptos, acciones y personajes se ordenaron a su alrededor. Incluso sucumbieron desde muchos discursos cercanos al kirchnerismo. Si bien su incorporación no fue instantánea, cuando comenzaron a ponerse en práctica las primeras estrategias de campaña, la idea de una sociedad literalmente zanjada ya estaba instalada.

 

Y si bien no vamos a hacer aquí un análisis de los spots de campaña, buena parte de las estrategias de marketing que utilizaron los asesores de Macri se basaron en la idea de cruzar puentes, distancias, caminos (fue un denominador común de los spots); de acercar al candidato a la “gente” y de unir lo que, se descontaba, estaba separado.

 

EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

 

Y una vez ganado muy ajustadamente el balotage, llegó el desafío de ubicarse en otro lado, más allá de la campaña. Si los discursos de campaña son del orden de la promesa, los de la gestión se espera que pertenezcan al de los anuncios concretos. Aunque lingüísticamente hablando, transcurrido el primer semestre para el Presidente esa etapa todavía no llegó: en sus discursos todavía prevalecen las formas perifrásticas de futuro con el verbo “ir” más infinitivo (1):

 

“(…) Vamos a estudiar en serio y hacer proyectos hídricos inteligentes” (25/4/16).

“(…) Vamos a destinar 5 mil millones de pesos para resolver 25 mil soluciones habitacionales” (11/7/16).

“(…) En los próximos años, en la Argentina vamos a tener una inversión de más de 80 mil millones de pesos en las nuevas tecnologías” (18/7/16).

 

Formas verbales que, como puede advertirse en los ejemplos, no están acompañadas de precisiones temporales que acoten su realización. De ahí la discusión instalada hace poco en el interior del gobierno nacional cuando un ministro quiso poner el segundo semestre del año como fecha concreta a los “vamos a”. El debate acerca de lo que va a ocurrir durante el “segundo semestre” todavía, en el mes de agosto, forma parte de la agenda gubernamental.

 

Por otro lado, la promesa se fundamenta en sustantivos abstractos, que suelen tener sentidos bastante imprecisos: “cambio”, “progreso”, “confianza”, “alegría”, “desafío”. Porque, en definitiva, ¿qué significa “cambiar”? Pierre Bourdieu afirmó alguna vez que en las sociedades de clases, las palabras más comunes (trabajo, familia, madre, amor) reciben varias significaciones a la vez, incluso a un punto tal que llegan a ser antagónicas. Entonces, cuando el Presidente habla del cambio o del progreso no está hablando de los mismos tipos de procesos: estas abstracciones se resignifican en cada discurso, según el tipo de audiencia y el motivo que los convoca: el progreso para la Sociedad Rural no es el mismo que para los beneficiarios de un plan de viviendas, ni para los usuarios de una línea de subte. Es que se trata de una Argentina donde no sólo el Gobierno se sostiene en la proyección a futuro de la promesa sino donde el país funciona gracias a actos de palabra:

 

“(…) Que entendamos que si nos comprometemos y cumplimos, detrás de eso vienen cosas maravillosas, y que una palabra dada y cumplida, lleva a otra, y a otra, y a otra; y ahí es donde se inunda de confianza el país, cada barrio, cada pueblo, en lo que somos capaces de hacer todos juntos” (3/8/16).

 

Fotografía: Télam
Fotografía: Télam

En esta especie de “teoría del derrame del compromiso” está la garantía del éxito de la gestión. Son actos de palabra que ni siquiera mencionan a las personas involucradas (sino a los espacios donde habitan) y mucho menos trabajo, dinero, acción colectiva, diferencias sociales. Una versión absolutamente infantil de un país donde además de las promesas, las abstracciones y los actos verbales es recurrente el adjetivo maravilloso, presente una y otra vez en todos los discursos:

 

“Detrás de eso vienen cosas maravillosas” (3/8/16).

“Es una alegría estar acá en esta maravillosa provincia” (2/8/16).

”Siento que tenemos un nivel de crecimiento como comunidad, de entendimiento, que es maravilloso” (2/8/16).

“Este maravilloso país” (30/7/16).

 

Obviamente, la maravilla siempre es el presente de la enunciación o el futuro indeterminado. El pasado nunca fue maravilloso —en todo caso, tuvo hombres valiosos pero angustiados— y mucho menos el pasado reciente del cual hay que alejarse, recuperarse (2).

 

EN LA CADENA DE MONTAJE DE LA FELICIDAD

 

Esta versión simplificada de la Argentina no sólo se logra mediante los tipos de acciones que el Presidente y su equipo de gestión asumen en los discursos. También crea este efecto la referencia constante a estados afectivos propios de la gestión, de los destinatarios-audiencia de sus discursos y del universo reconstruido en esos discursos:

 

“(…) Y si las cosas no suceden llega la frustración” (3/8/16).

“(…) Lo que genera la autoestima, lo que nos hace ser y estar felices, es el esfuerzo personal” (22/7/16).

“(…) Y a todos los jóvenes que nos visiten, a todos aquellos que están en esta edad tan maravillosa, que [la visita a Tecnópolis] los ayude a encontrar su identidad final, que le eleve la autoestima, y que lo ayude a ser feliz” (19/7/16).

“(…) Acá un conjunto de ciudadanos se animaron a soñar (…). Claramente, deberían de tener angustia de tomar la decisión” (9/7/16).

“(…) No me cansaré de decir que a mí me dolieron muchas de esas medidas” (26/6/16).

 

Los efectos discursivos de este tipo de estados mentales y afectivos son múltiples: en primer lugar, porque atomiza a los participantes. Son procesos que particularizan tanto a la audiencia como a los mismos actores del Gobierno. Los sentimientos como la angustia, el dolor, la felicidad pertenecen a la esfera de los individuos. En segundo lugar, impiden la referencia a cualquier tipo de acción material y mucho menos acciones grupales/colectivas: el estado de cosas previo es de padecimiento y el Presidente viene a anunciar su compromiso. En tercer lugar, el uso de los nombres de pila para referirse a los funcionarios del oficialismo, tanto a nivel nacional como local en cada caso, refuerza este procedimiento de particularización: las relaciones son uno a uno como en los spots televisivos en los que el entonces candidato visitaba los hogares de los votantes. Y, finalmente, porque el “éxito” de la gestión también queda ligado indisolublemente a dos sentimientos individuales convertidos en abstracciones: el compromiso y la confianza.

 

En este universo discursivo en el que el nivel más alto de organización es la familia (3) cada uno tiene un papel individual que cumplir:

 

“Lo más importante que te sucede y te fortalece en la vida es lo que vos sentís que te has ganado con tu propio esfuerzo, no es aquello que te regalan” (3/8/16).

“Cada vez que alguien retacea ese esfuerzo personal, o un sector retacea ese esfuerzo personal, o eso reduce las posibilidades del crecimiento y desarrollo de todo el resto” (3/8/16).

 

Seguidoras del presidente llevan su mensaje: "Sí, se puede" Fotografía: Télam
Seguidoras del presidente llevan su mensaje: “Sí, se puede” Fotografía: Télam

El esquema una vez más resulta simplificado: el esfuerzo personal es garantía del progreso individual y la suma de todos esos esfuerzos individuales es garantía del progreso del país. Equiparable a una enorme cadena de montaje en la que cada uno tiene una función asignada, un lugar preestablecido y el producto final depende de la suma de los aportes individuales. Y aquí resulta inevitable la referencia al spot de la empanada. Lo que parece un mensaje que convoca a la unidad y al trabajo en equipo donde es necesario el compromiso, es en realidad, y una vez más, un ejemplo del modelo de atomización de la ciudadanía que el Gobierno intenta instalar.

 

UN CIERRE QUE —POR SUERTE— NO CIERRA

 

¿Qué consecuencias se desprenden de este puñado de características que hemos podido hilvanar? Es muy pronto para anticipar las consecuencias que estas estrategias discursivas pueden proyectar: los consultores y asesores cambian, las estrategias se ajustan a la medida de los sondeos. Sin embargo, retomando algunas constantes que perduran desde la campaña electoral, podemos calificar este universo discursivo como frágil: se trata de un modo de hacer política sin políticos, que no reconoce acciones materiales ni colectivas, que proyecta un futuro incierto basándose en actos verbales, en abstracciones y en sentimientos individuales. Ciertamente podría objetarse que este es un análisis parcial, de apenas un conjunto de discursos, que deja de lado el papel fundamental que tuvieron los medios en el triunfo de este modo de (no) hacer política. Todo análisis es sesgado y la lingüística no hace futurología. Simplemente se trata de un diagnóstico precoz.

 

Y finalmente: que los analistas del discurso no entremos en cuestiones de verdad o falsedad de los dichos no significa que lxs ciudadanxs no lo hagan, que las audiencias pretendidamente pasivizadas/mediatizadas/idiotizadas sean inmunes a la contradicción y a la confrontación de los dichos con sus propias experiencias, tanto individuales como colectivas. De la distancia entre estas reflexiones —y de otras producidas desde otras disciplinas— y este tipo de reconocimiento depende, en gran medida, la tercera fase de los procesos de cambio social: la puesta en marcha de la acción.

 

(1) Todos los ejemplos fueron extraídos de la sección Discursos de la página oficial de la Casa Rosada (última consulta: 5/8/16).

(2) La construcción discursiva del pasado reciente en los discursos de Macri y del PRO en general merecen un trabajo aparte, por eso no nos detenemos aquí en este punto.

(3)

“Absolutamente todos tenemos derecho a vivir una vida en amor, una vida en paz, una vida en familia” (26/7/16).

“La vivienda es algo central, es el lugar de unión, de reunión, donde vemos que nuestros hijos pueden estudiar, donde nos reunimos con toda la familia” (11/7/16).

“Donde cada argentino tenga su oportunidad de llevar adelante su proyecto, ese proyecto que lo acerque a esa linda familia que todos queremos formar y a esa felicidad que todos nos merecemos” (22/7/16).

 

* Julia Zullo es  doctora en Lingüística (UBA) y profesora adjunta de Sociolingüística y Análisis de los Lenguajes de los Medios Masivos de Comunicación en el Departamento de Letras- Facultad de Filosofía y Letras-UBA.

 

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