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“ni una menos no está en la agenda del gobierno”

selva almada

En este momento, Selva Almada trabaja en dos libros nuevos: una non-fiction sobre el rodaje de Zama, película de Lucrecia Martel basada en la novela homónima de Antonio Di Benedetto, que en la actualidad está en posproducción y tal vez este año llegue al cine, y en una novela ambientada en islas del Paraná sobre la pesca de una raya gigante. Ella es una de las más destacadas narradoras argentinas de los últimos años, a partir de historias rurales —que no caen en costumbrismos— con una prosa realista. Pero hoy no va a dedicarse a nada de eso. En esta tarde diáfana de principios de otoño, en su casa de Flores, a pocas cuadras de la estación de tren, Almada tiene otras historias que contar. Igual dice que días atrás tampoco escribió: “Soy bastante haragana. Me cuesta sentarme a escribir, pero cuando lo hago me siento bien, me gusta. Igual, si lo puedo esquivar, lo hago. Tendría que estar escribiendo el libro sobre la filmación, que ya tengo que entregar, pero hace un par de días me vi toda la segunda temporada de Happy Valley, un policial ambientado en un pueblito de Inglaterra protagonizado por una policía. Todo un día mirando una serie en vez de escribir. Después me agarra culpa. Qué se yo. Soy bastante lenta para escribir”.

 

Amén de su “confesión”, Almada no es una ninguna floja: lleva publicados ocho libros y varios relatos en distintas antologías sobre el mundillo rural en el que creció. “Lo que más tiempo me lleva es encontrar el cómo contar. Pueden pasar meses. Los productores de la película de Lucrecia Martel me invitaron a que escribiera lo que se me antojara sobre el rodaje. La filmación terminó a mediados del año pasado, pero recién ahora encontré por dónde tiene que ir el libro. Pasé muchos meses dando vuelta, pensando qué voy a hacer con éste libro, hasta que finalmente apareció algo. Por suerte, siempre aparece una punta. Capaz un día no aparece nada y estaré al horno”, explica esta escritora que usa el pelo muy largo y sin teñir. “Una vez que logro arrancar las primeras tres o cuatro páginas me da la sensación de que el libro se escribe solo. Siento que en esas páginas siempre está el espíritu de lo que será el libro”, completa.

 

Almada nació hace 43 años en Villa Elisa, pueblo entrerriano de unos 11.100 habitantes. Ahí vivió hasta los 17 años. Cuando terminó el secundario se fue a estudiar periodismo a Paraná. Abandonó por Letras. Le tiraba más la ficción. Por aquellos tiempos en la facultad publicó sus primeros relatos en el Semanario Análisis. A su vez, dirigió entre 1997 y 1998 la revista literaria Caelum Blue. Por entonces, ganó un concurso literario de la universidad. Y para su emoción, compartió el premio con Carlos Bernatek, un escritor reconocido, con varios libros publicados, como los cuentos de Larga noche con enanos y la novela Rutas argentinas. “Fue guau, pero después nunca más gané un premio. Fue la primera y única vez. Tenía 21 años y hacía poco escribía, era todo como muy Cenicienta. Me dije ‘de acá al estrellato’”, recuerda entre risas. Después no publicó nada por un largo tiempo, aunque nunca paró de escribir.

 

—¿Cómo fue tu acercamiento a los libros?
—Vengo de una familia de obreros. Mi abuelo materno era un tipo súper lector, entonces siempre había libros, y mi vieja había heredado un poco ese hábito. Pero era una literatura muy popular. Mi viejo leía muchas revistas de historietas de Columba. Todas la semanas compraba, incluso en esa época se podían canjear en los kioscos de diarios. Tenía pilas de cómics, en todas las casas había. Yo leía mucho esas historietas. Después mi viejo comenzó a comprarme libros, porque me encantaba leer. También leía los clásicos juveniles que había en la biblioteca de la escuela.

 

—¿Cómo la protagonista del cuento “Los niños” tuviste que leer a la autora de Mujercitas, Louisa May Alcot?
-Sí, también a Emilio Salgari, Mark Twain, la colección Robin Hood y la de Billiken. Todos esos libros estaban en la escuela. En la primaria tenía tres compañeras con las que nos gustaba leer mucho y nos adueñábamos de la biblioteca. También estaba la biblioteca popular. Luego, leí muchos policiales. La bibliotecaria siempre nos recomendaba esos libros. En la facultad empecé a leer más formalmente, porque en el secundario no le daban mucha bola a la lectura. Habremos leídos algunos poemas de Borges, algún cuento de Cortázar, El mío Cid y nada más. Ahora los pibes en el secundario leen a García Márquez o libros de autores contemporáneos, como Leo Oyola. Tengo amigos que son profesores y a veces me invitan a hablar de las novelas con los chicos y eso está buenísimo. Cuando era chica un escritor era alguien que estaba muerto o era inaccesible. Por ahí, la gente que vivía en Buenos Aires tenía la Feria del Libro y podía ver a escritores, pero en el pueblo el escritor era más la cosa del bronce. Que ahora lean a Leo Oyola, que lo inviten a hablar, y los pibes vean que es una persona normal que escribe está buenísimo. Estimula más a escribir y quizá alguno se anima a hacerlo. Aunque leía mucho de chica nunca se me ocurrió escribir, no pensaba que quería ser escritora cuando fuese grande, no era una opción.

 

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En el año 2000, con 27 años, llegó a Buenos Aires. Y comenzó a frecuentar el taller literario de Alberto Laiseca. “Casi lo primero que hice cuando llegué fue anotarme en un taller. Es que nunca había ido a uno, pero me pareció que estaba bueno para conocer gente con intereses parecidos. A gran parte de mis amigos los conocí en el taller de Laiseca”, cuenta Almada. De esos años de escritura en el taller del autor de Los Sorias tiene archivados “un montón” de cuentos fantástico inéditos. Ahí también comenzó la escritura de “Niños”, cuentos reunidos en su último libro. Como su maestro, ha hecho de mentor de otros.

 

La chispa de la editorial y el ciclo literario Carne Argentina, que lleva adelante junto con los escritores Julián López y Alejandra Zina en el bar de La Tribu, también surgió en el taller. “Los ciclos se fueron pinchando, pero la idea siempre fue difundir autores nuevos. Hoy, las editoriales chicas tomaron la posta con la presentación de libros. Les ponen mucho empeño. A la distribución, también, como sucede ahora con La Coop: se juntaron varias editoriales independientes para crear una cooperativa de sellos. Ahora, la difusión se corrió un poco a Facebook, aunque todavía aparecen ciclos nuevos”, comenta.

 

La publicación de El desapego es una manera de querernos (Random House Mondadori) supone una oportunidad para apreciar una de las obras más sólidas de los últimos años de la literatura vernácula. Hasta el momento, Almada publicó el librito de poemas Mal de muñecas (Carne Argentina); en 2005, el libro de cuentos Niños (Editorial de la Universidad de La Plata); y en 2007, los cuentos Una chica de provincia (Gárgola). Luego aparecieron cinco libros al hilo y la cosa se puso buena. Con su primera novela, El viento que arrasa (Mardulce, 2012) le llegó el reconocimiento al unísono de críticos y lectores. Ese año también publicó el e-book Intemec (Los Proyectos, 2012). Le siguió, en 2013, la novela Ladrilleros (Mardulce), y en 2014, la crónica Chicas muertas (Random House Mondadori), que relata el caso de tres chicas muy jóvenes y pobres asesinadas en la década del ochenta, antes del caso María Soledad y mucho antes de que se hablara de femicidios o #NiUnaMenos. Y este año El desapego…. Además, publicó en distintas antologías de relatos, entre ellas Die Nacht des Kometen (Alemania, 2010).

 

Parece una escritora prolífica, pero ella lo desmiente. “Tenía acopio, porque tenía muchos años sin publicar. Diez años. Siempre tenía la sensación de que los cuentos no estaban listos o tal vez me daba un poco de pánico publicar. Cuando volví a publicar hacía varios años que asistía el taller de Laiseca”, recuerda, mientras Negrita, una gata que fue de su maestro y amigo observa la charla.

 

Buena parte de su ficción gira alrededor de la empobrecida vida del mundo rural. “Hernán Ronsino fue la punta de lanza para volver a despertar el interés en los universos rurales. Federico Falco también. De repente, ya somos varios los escritores que comenzamos a trabajar una literatura anclada fuera de las grandes urbes. La ciudad es la marca de la literatura argentina de los últimos 20 ó 30 años”, explica la autora. En sus ficciones también se cuela el machismo. “Es parte de la idiosincrasia de los personajes, no me interesa que aparezca como parte de una militancia, no es el deber de la literatura bajar línea, sino contar un universo”, sostiene.

 

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—Tenés un perfil activo y combativo para denunciar la violencia de género en el país. En vísperas del aniversario del #NiUnaMenos, ¿cambió algo?
—Soy bastante pesimista. Fue súper importante el #NiUnaMenos, la movilización que hubo en todo el país, pero también fue una cosa efervescente donde todos decíamos “Ni Una Menos”. Yo estuve en la plaza ese día y fue raro. Me preguntaba si toda esa gente está por la causa o para sacarse una selfie con Liniers. Qué se yo. Fue (Marcelo) Tinelli posando con el cartel del #NiUnaMenos, y (Jorge) Rial, un tipo detestable que se la pasa destratando a las mujeres, con el cartel. Mucha gente careta se subió al tren. Inmediatamente después, hubo más llamados denunciando, pero luego la espuma bajó. Y ahora todo está más complicado. No sé si hay una bajada de línea del Gobierno, pero se entibió mucho el tema. La palabra femicidio aparece cada vez menos en los medios, volvimos a “mujeres asesinadas”, “crimen pasional”. Acabo de leer un título de un diario de Concordia que dice “terrible final para una mujer enamorada”, como si fuera una telenovela absurda. No creo que haya concientización, me parece que estamos retrocediendo. Estaba bueno que haya una oficina o un número gratuito para denunciar, pero después no había presupuestos para los empleados y la oficina no funcionaba las 24 horas o los empleados no recibían capacitaciones; entonces, no todos estaban preparados para contener a una mujer en situación de violencia. Se hacían las cosas a medias, pero se avanzaba. Ahora con el gobierno de (Mauricio) Macri todo se va al freezer. Claramente, no está en la agenda del Gobierno nacional.

 

—En el caso Belén algunos diarios dicen que “mató a su bebé”.
—Fue espantoso el título de La Nación (“Condenan a una mujer por matar a su bebé”). Hay que decir las cosas como son: tuvo un aborto y la metieron presa. No hables de “bebé”, aunque en la nota decía “feto”; sé que los periodistas no suelen titular. Esos títulos son tendenciosos y la gente, en general, sólo lee titulares. Así piensan cualquier pavada y dicen cualquier cosa, como “está bien que esté presa por matar a su bebé”. Como pasó con Romina Tejerina y las barbaridades que se decían. Son temas complejos que se toman a la ligera y a veces el periodismo contribuye a alimentar prejuicios. La otra vez cuando mataron a una mujer a golpes mientras algunos grababan, en el programa de Mauro Zeta comentaron el caso y una periodista que conduce hablaba de la vida de esta mujer, que era una mina adicta al paco. Ella decía: “Bueno, era una mujer muerta en vida, tarde o temprano le iba a pasar”. Hay muchas cabezas huecas dando vuelta en los medios.

 

—¿Cuándo comenzó a interesarte la violencia de género?
—En los últimos diez años empecé a buscar noticias, casi a diario, sobre femicidios. Pero me había empezado a interesar un poco antes, cuando empecé a ver de repente cosas que estaban naturalizadas en el pueblo y no estaba bien que fuera así. Fue un proceso inconsciente de concientización. Quizás al principio el interés fue por mi gusto por el policial.

 

—En tus narraciones se filtran rasgos ásperos del interior. ¿Te generó algún problema, como le sucedió a Manuel Puig al plasmar en Boquitas pintadas el discurso machista de General Villegas?
—Sé que en el pueblo no gusta mucho. Una vez escribí una nota para la sección Mundos Íntimos de Clarín. Yo le había propuesto al editor escribir sobre mi primer año en Paraná, pero él me insistió para que contara algo del pueblo, de mi adolescencia en el pueblo. En una pequeña parte de la nota yo decía que tenía nueve años y que lo único que quería era terminar el secundario para irme de ahí. Se ofendieron y me reprocharon eso; en programas de radio se preguntaban “por qué los dejaba mal parados”. Un libro no es una guía turística, la gente no va a dejar de ir de vacaciones a Entre Ríos porque en un libro se muestre un costado más salvaje.

 

—¿Te planteás mudar tu escritura al universo urbano?
—Alguna vez sucederá, quizá cuando me jubile y vuelva a Entre Ríos. Igual, supongo que nunca contaré una historia netamente urbana. Por ejemplo, La piel del caballo, de (Ricardo) Zelarayán, es una novela que transcurre en Buenos Aires, pero todo el tiempo está atravesado de provincialismo. Ahora quiero retomar una historia ambientada en las islas del Paraná.

 

—¿Lo autobiográfico qué papel juega para vos a la hora de escribir?
—De alguna manera todos los escritores echamos mano de cosas de la propia experiencia para armar personajes o como disparadores. La novela que quiero retomar surgió de una charla en un asado. Alguien contó que había pescado una raya gigante en el Paraná y relató cómo se pescaba y eso. A mí me pareció wow y disparó la idea de una novela, aunque cada vez me queda más corta. Volviendo, me siento bastante alejada de la construcción a partir de la autobiografía. Igual para empezar a escribir aconsejo comenzar escribiendo sobre uno mismo. Siempre terminás inventado o manipulando recuerdos, porque de eso se trata.