Juntos en el equipo: Tevez, tercero arriba; Cabañas, a su izquierda, con buzo. Fotografía: Gentileza familia Cabañas.
En el Fuerte dicen que Darío no era mejor, era muchísimo mejor que Carlitos. Lo dicen y lo repiten convencidos, mueven la cabeza, estiran la “í” como chicle. Darío era muchísimo mejor que Carlitos. Darío en realidad no es Darío, es el Guacho Cabañas, así lo conocen todos. Y el Guacho Cabañas no es. El Guacho Cabañas era. El Guacho Cabañas era el socio de Carlitos, ése Carlitos que todavía era Martínez y tiempo más tarde pasaría ser Tevez. Pero es la historia del Guacho Cabañas. El pibe que era. Era de su misma edad, era de su mismo equipo. Era de su mismo barrio, de su misma escuela. Era el que iba a llegar. Era el que no podía combatir la tentación de salir a robar. Era el que se pegó un tiro para que no se le pegue la Policía.
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En el segundo piso del Nudo 1 hay ropa colgada. Un alambrado bordó rodea el pequeño balcón. Es uno más entre decenas, cientos, miles. Todos iguales. Ahí vivía Carlitos. Por esa escalera bajó corriendo su mamá para llevarlo al hospital. Carlitos tenía nueve meses cuando el agua hirviendo de una pava cayó encima de su rostro. En la desesperación, la madre lo envolvió en una manta con fibras de nailon que, al disolverse, quedaron pegadas a su piel y agravaron las quemaduras. Cuando Carlitos tenía cinco años, Carlos, su padre biológico, recibió 23 balazos y cayó fulminado ahí, a pocos metros de su casa. Por ese entonces ya no vivían juntos. Carlos no le dio su apellido y Fabiana, la madre de Carlitos, lo abandonó. Fue adoptado por sus tíos maternos, Adriana Martínez y Segundo Tevez y vivieron junto con Débora Gisell, Diego Daniel, Miguel Ángel, y Ricardo Ariel, los hermanos adoptivos de Carlitos.
Es domingo y huele a asado en los pasillos de Fuerte Apache. O el barrio Ejército de Los Andes, como se denomina de manera oficial. O el barrio, a secas, como lo llaman los que ahí viven. “Tenés que entrar al barrio”. “Eso queda afuera del barrio”. “Es cruzando el barrio”. El adentro y el afuera están presentes a cada paso. En Ciudadela, a un par de cuadras de la General Paz, irrumpe el barrio. Así habrá que llamarlo: el barrio. Un complejo de 26 manzanas en el que viven más de 80 mil personas distribuidas en 11 nudos y 50 tiras. Los nudos son enormes torres simétricas de entre 11 a 13 pisos; las tiras son construcciones más bajas (la mayoría de tres pisos) pero mucho más extensas, y se van hilvanando alrededor de los nudos.
En el Nudo 1, ahí donde nació Carlitos, también se crió Darío. “Eran inseparables, iban juntos a todos lados, vivían jugando a la pelota en la canchita de la iglesia”, cuenta Chicho, uno de los delegados generales de Santa Clara, el club que desde hace un par de meses tiene pintado en la puerta un mural con la cara de Carlitos. De Darío no hay nada.
Darío usaba la camiseta número 10 de Santa Clara y Carlitos la 9. En la cancha competían a ver quién hacía más goles o mejores jugadas y a Carlitos le daba bronca porque sabía que Darío era mejor. Lo dice Roger Ruiz, Didí, el entrenador de esa categoría ’84 y una especie de padre postizo para Carlitos, Darío y el resto de los pibes. Hoy Didí lleva con orgullo la etiqueta de descubridor de Tevez y comanda el club El Apache, un predio moderno con canchas de pasto sintético.
Cuando Carlitos y Darío salían a jugar no existía ningún club en el barrio. Ni siquiera tenía una cancha propia Santa Clara, que debía alquilar la que estaba pegada a la iglesia. Ahora tiene su propio espacio, levantado a pulmón. Cuenta Chicho que tuvo que insistir durante muchos años para que coloquen un tinglado y así techar la cancha de baldosa que suele visitar Tevez cada tanto. A 300 metros están las instalaciones que maneja Didí y que contaban con el apoyo del exgobernador bonaerense, Daniel Scioli, allegado íntimo de Carlitos.
Pero la historia de los dos chicos no tenía club, ni pasto sintético, ni fotos con políticos.
Darío Coronel, el 10 de Santa Clara, el amigo de Carlitos, el que en el barrio era el mejor de todos jugando a la pelota, conoce su destino y no puede hacer nada para evitarlo. La sentencia no se la dio un juez, se la dieron los códigos de la calle y la recibió en el mismo momento que un policía cayó muerto de un disparo que salió del arma que llevaba. Lo iban a ir a buscar a Darío.
En el barrio, Darío Coronel es el Guacho Cabañas. Le decían así por su parecido físico con el delantero paraguayo (Roberto Cabañas) que brilló en Boca a comienzos de los ’90. “Tenía una potencia tremenda, era fuerte, pero también muy hábil. Hacía lo que quería con la pelota. Yo creo que él nunca llegó a darse cuenta de lo bueno que era”, explica Chicho.

Juntos fueron a jugar al baby fútbol de All Boys y también la rompieron. Cuando tenían once años les consiguieron una prueba en Vélez: Cabañas quedó, pero Carlitos no y tuvo que seguir en All Boys. Por ese entonces, Ramón Maddoni, uno de los hombres que más talentos descubrió en las canchas argentinas, ya le había puesto el ojo a Carlitos. “De Cabañas había escuchado hablar, pero como estaba jugando en Vélez no me quise meter. Yo estaba en las inferiores de Argentinos Juniors y lo fui a buscar a Carlitos. Enseguida me di cuenta de que era un fenómeno. Traté de convencerlo pero no hubo caso, no quería venir. El quería ir a Boca”, recuerda Maddoni en diálogo con NAN. Y sigue: “Carlitos era completo. Nunca vi a un jugador así. Mirá que yo tuve a Riquelme, a Cambiasso, a Sorin, a Redondo… pero Carlitos tenía algo diferente. Tenía una polenta que no se veía”.
Carlitos, que todavía era Martínez, ya que en el documento llevaba el apellido de su madre, tenía un sueño: jugar en Boca. “Yo no quiero trabajar en la construcción”, le decía a Didí, con la convicción de quien busca, a toda costa, gambetear el legado de Segundo Tevez, el hombre que lo crió y al que eligió como padre.
Cuando Maddoni pasó a coordinar las inferiores de Boca se acordó de ese pibe que rompía los arcos en Fuerte Apache y volvió a buscarlo. Carlitos lo vio llegar y de nuevo se negó. Hasta que escuchó que la oferta no era para ir a Argentinos, como antes, sino que era el camino hacia Boca. El pasaje hacia su sueño. Y fue a cumplirlo. Desde ese momento, Carlitos pasó a ser Tevez. En una jugada entre dirigentes, decidieron cambiarle el apellido para romper más rápido su vínculo con All Boys y llegar libre a Boca. A partir de ahí, Tevez entendió que lo suyo era el fútbol, que para eso había que alejarse del barrio, que las ganas de no trabajar de albañil podían cristalizarse, que un futuro mejor era posible. Su historia ya es conocida.
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Después de subir tres pisos por una de las tantas escaleras que van rodeando al Nudo 1, abre la puerta la madre del Guacho Cabañas. Está débil, intenta superar una depresión a raíz de la muerte de otro de sus hijos en un accidente de tránsito. Habla poco. Recuerda mucho. No puede imaginar lo que pudo haber sido. Le deja la palabra a Calo, uno de sus cuatro hijos, que vive enfrente. “Mi hermano era un fenómeno, era algo increíble lo que hacía con la pelota, pero volvía de entrenar, dejaba el bolsito y se iba con los pibes”, resume Calo.
Los pibes son los integrantes de los Backstreet Boys, una banda de adolescentes del barrio que se juntaba en una de las esquinas del Nudo 1 y salía a robar. El Guacho Cabañas era uno de los más chiquitos y ni siquiera podía considerarse miembro del grupo. Pero salía a robar con ellos, se drogaba con Poxiran y era uno de los que formaba parte de los planes para volver al barrio con guita y así después poder comprar zapatillas, remeras, cadenas o lo que fuera con el objetivo de generar identidad e imponer presencia.
Cuando llegaban nuevos vecinos, los Backstreet –se autodenominaban así por el look que buscaban copiarle a la banda de pop yanqui de los ‘90– entraban en las viviendas y les robaban todo. Les marcaban la cancha. Les dejaban en claro que los que mandaban ahí eran ellos. Chicho cree que solo uno de los Backstreet sigue por el barrio. En diciembre de 2012 mataron en un tiroteo a uno de los últimos integrantes. “El resto está preso o bajo tierra”. El Guacho Cabañas es uno de los que está bajo tierra.
Cabañas conocía su destino. No podía evitarlo pero sí podía cambiarlo. Sabía que la Policía lo estaba buscando, sabía que iban a querer vengar la muerte de uno de ellos y sabía que para equiparar las cosas no alcanzaba con que él cayera preso; él tenía que estar muerto. Por eso el Guacho decía que antes de que la Policía lo mate prefería suicidarse. Y así fue.
“No nos sorprendió, sabíamos que iba a pasar. Tarde o temprano iba a ocurrir. Lo persiguieron, lo acorralaron…”. Calo y Chicho coinciden con una naturalidad que estremece y no hay necesidad de completar los puntos suspensivos. Recuerdan que muchas veces el Guacho estaba jugando a la pelota en el potrero y cuando escuchaba la sirena de algún patrullero que merodeaba la zona, salía corriendo a esconderse. Se acuerdan también que dirigentes y entrenadores de Vélez iban al barrio para tratar de rescatarlo pero que el Guacho no quería verlos. “Tendría vergüenza”, deslizan.
Cabañas cargaba con varios homicidios en su lomo pero nunca estuvo preso. Unos días antes de lo que sería su última corrida, salió a robar y en medio de un tiroteo, mató a un policía. Desde ese momento comenzó la cuenta regresiva.
Cabañas fue Tevez hasta los 12 años. Jugaba en Vélez y seguía jugando en el potrero, hasta que su mamá se fue a Paraguay junto con sus hermanos y él quedó en el barrio solo con su padrastro. Sin la contención que tenía Carlitos, comenzó la debacle: dejó la escuela, pasó más tiempo en la esquina, empezó a juntarse con los Backstreet, le tomó el gustito a la adrenalina de salir a robar, usaba con orgullo sus grandes cadenas y sus zapatillas de marca. En Vélez lo aguantaban porque sabían de su talento hasta que un episodio les hizo un click: Cabañas se llevó del entrenamiento varias pertenencias de sus compañeros. Ya no lo fueron a buscar más. Y a los 15 años, con edad de Octava División, quedó libre. A la deriva, en la calle. Su historia no es conocida.
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“Asesinan a dos hombres durante un asalto a un bingo”, titula el diario Clarín en su edición del sábado 15 de septiembre de 2001. Cuentan que entre cuatro y seis asaltantes armados irrumpieron en la sala del Bingo Ciudadela, ubicado en Rivadavia al 11700, cerca de las 3 y media de la madrugada. Quedaban alrededor de 80 personas en el lugar, entre empleados y jugadores. Eustaquio Lococo, un suboficial retirado de la Federal, dejó de lado la máquina tragamonedas en la que estaba apostando, sacó su arma e intentó evitar el asalto.
“Sorprendidos, los ladrones empezaron a disparar para todos lados –relata la crónica policial de Clarín-. Lococo, de 54 años, recibió varios disparos en el pecho y murió de inmediato. Las balas rebotaban por todo el salón. Una de ellas entró por la axila de Marcelo Constante, el técnico encargado del mantenimiento de las máquinas tragamonedas, y le llegó al corazón. El joven, de 21 años, también murió al instante. Su novia Natalia, que trabajaba en la caja vendiendo fichas para las máquinas, presenció cuando caía su novio y tuvo una fuerte crisis de nervios. Mónica Silverber, una cliente de 44 años, también recibió un balazo, pero tuvo suerte: la hirieron en el brazo y salvó su vida por poco”.

No llegaron a robar nada. Salieron corriendo. Se subieron a un Fort Escort blanco y a una Renault Express, también blanca, que habían dejado en la puerta y escaparon con rumbo al barrio. Los perseguían varios patrulleros de la Comisaría segunda. Tiraron los autos en el camino y siguieron corriendo.
Cabañas corrió hasta donde pudo. Llegaron hasta el predio de Aguas Argentinas y ayudó a que sus compañeros saltaran del otro lado del paredón. Él sabía bien que si pasaba esa frontera se iba encontrar con su lugar, iba a poder disponer de huecos, pasadizos y escondites en los que nadie lo podría encontrar. Iba a lograr escaparse otra vez. Iba a extender la cuenta regresiva. Pero corrió hasta donde pudo. Hasta que lo rodearon. Cabañas conocía su destino. A espaldas de él una decena de policías lo estaba esperando. No podía evitarlo, pero sí podía cambiarlo. Tenía apenas 17 años cuando agarró su arma y se pegó un tiro en la boca. En el diario no salió nada sobre esa muerte.
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Llueve en el barrio. Es domingo y huele a asado. Por cualquiera de los pasadizos aparece una parrilla improvisada bajo techo. La banda de sonido es más heterogénea que antes. Ya no se escucha solo cumbia. A los pibes también les gusta el reggaetón y la bachata. En el mismo lugar en el que Cabañas se mató ahora irrumpe un enorme puesto de Gendarmería. Chicho cuenta que desde que los gendarmes están ahí el barrio está más seguro. Cuenta también que ya no se relaciona más al barrio con la delincuencia y el peligro; ahora cada vez que alguien nombra Fuerte Apache el primer vínculo es Carlos Tevez.
La canchita que está justo debajo del Nudo 1 está cercada por un alambrado. Luce desolada. En una de las paredes se lee un pedido que no se cumplió: “Tevez a Brasil 2014”. El arco está completamente torcido y el pasto muy alto. Dicen que la van a arreglar. Ahí pateaban Carlitos y Cabañas. Ahora los chicos patean en otro potrero, a unos 100 metros. Todo de tierra. Con el enorme mural de Tevez de fondo. Corren atrás de la pelota. No hay equipos, no hay horarios, no hay reglas claras y ni siquiera hay arcos. Arman una tanda de penales y se desafían a ver quién mete más goles. Uno de los pibes tiene la camiseta de Juventus. Con la 10 en la espalda y un apellido. No dice Cabañas.