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verano de ananás y cachetazos

las piñas

Es lo que no encaja, lo que se distingue. En el departamento del barrio porteño de Montserrat todo está limpio y ordenado histéricamente. Nada fuera de lugar. En el living, un mueble de maderas oscuras y fuertes, una mesa ratona circular y un sillón de dos cuerpos dan un aire aristocrático al ambiente. En un rincón hay un escritorio con una computadora, una remera tirada y un corcho atado al mueble, con fotos y panfletos. El protector de pantalla se activa. Sobre el fondo negro las letras blancas avisan que ese espacio —ese sector que no cuadra con el resto del paisaje— pertenece a Las Piñas.

 

Acá es una de las bases de operaciones del trío platense formado por la vocalista y guitarrista Sofía Cardich, la batera Antonela Perigo y la bajista Celina Ortale. Este sitio, también, sirve como metáfora perfecta para describir el lugar que ocupan en la escena. Punto uno: un grupo de identidad diversa, constituida por un surf rock con arrebatos garage y una estética veraniega. Punto dos: en un circuito plagado de hombres, son una de las pocas bandas íntegramente formadas por chicas (Joyaz e Isla Mujeres son los otros grupos femeninos de La Plata). Con esos elementos y a fuerza de buenas canciones, con menos de un año de vida, Las Piñas comenzaron a sobresalir: las editaron en Estados Unidos, las reseñan en el exterior con críticas elogiosas, suman fechas con ritmo vertiginoso. En octubre, por ejemplo, tocaron en la Ciudad Cultural Konex con Amor en la Isla, giraron por Misiones y Paraguay, y las espera Uruguay.

 

La identidad surgió de improviso. La primera composición propia marcó el camino a seguir. “Costa este” arranca con una guitarra. Suena como fuera de plano y se mueve ágil, construyendo a base de sacudones un ritmo fresco. El aire corre y la batería entra derecha: dos golpes empujan la canción hacia delante. Mientras, Sofía canta sobre ir a la playa con la voz hundida como en una cámara. No hay más que eso y todo funciona. La estructura minimalista otorga firmeza al primer track de «El Perro Beach«, EP debut de Las Piñas.

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“Nunca pensamos hacer una banda”, dice Sofía. “Fue de la nada, después de que salió una canción y nos copó.”

 

Todo empezó de a dos. En la casa de Sofía había una batería y Antonela arrancó a tocarla. Eran mediados de 2014. “Antes no había tenido acercamiento al instrumento”, dice ella, que enseguida sacó “Accidente”, de Las Ligas Menores, otra banda de chicas (y chico). En octubre, Antonela decidió tomar clases, después de algunos meses de zapada. “Fui por la banda”, cuenta, y añade que duró cuatro meses y pasó por tres profesores.

 

En febrero se encantaron con “Costa este” y decidieron formalizar como banda. Ahí todo hizo combustión y estalló: empezaron a armar fechas, subieron dos canciones a Bandcamp y de golpe se vieron inmersas en un trajín de shows que devino en un importante caudal de followers en sus redes sociales. Todo eso trajo, además, la llegada de Celina (que toca un country rabioso en los platenses Casiasesino & Los Malos Conocidos) en agosto pasado. En unos meses pasaron de ser dos amigas en una garaje a formar un trío con ascenso nitrogenado.

 

“En una banda normal los tiempos son más lentos. Con Las Piñas es todo muy rápido”, dice Sofía, que es parte del grupo indie Los Chicos de Portugal. Por ese vértigo que adquirió la banda tuvieron la necesidad de colgar temas en Internet. La demanda de canciones devino en un aumento —o en un surgimiento— de la oferta, que se cristalizó en el demo de dos temas que grabaron cuando eran un dúo.

 

Desde el comienzo el objetivo estuvo claro: diferenciarse. “Estamos ahí en la fina línea entre que sea indie rock y que no queremos que lo sea”, explica Sofía. “Porque ya ‘Costa este’ no lo era y nos encanta cómo es.” Distinta al resto.

 

Las otras tres canciones propias que completan «El Perro Beach« acentúan la tendencia inicial: violas al frente, parches concisos y paisajes costeros en letras cortas. En “Hawaii” la veta introspectiva aflora en una canción de guitarras garageras que aportan dureza a una lírica de fragilidad amorosa. “Tiburón” vuelve a marcar la onda surf rock (el agua salada parece salpicarte) y es, al mismo tiempo, una obra con gran intensidad climática (de las que te meten en una película de suspenso). Por su lado, “Olas asesinas” se acerca al indie por la sonoridad lo-fi y a la historia costumbrista por el tono cancionero.

 

«Nos encanta el indie. Somos hijas del indie. Pero tratamos de no hacer eso”, dice Antonela. “Es difícil dejar de lado lo que uno es y lo que te forma, todo eso que uno escucha. Tratamos de desviarnos para no ser una banda más de las que hay.”

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—¿Cómo es componer temas playeros viviendo en la ciudad?
Antonela Perigo: —Muchas letras, que las escribo previas a la canción, son imágenes o recuerdos. Pero también trato de despegarme de ellos para no cargar esas letras de sentimientos propios.

 

—Arrancaron como un dúo. ¿Por qué sumaron una integrante?
Sofía Cardich: —Lo del dúo se dio así, y a medida que fueron pasando los recis nos fuimos dando cuenta de que estaba faltando algo. Recaía en mí todo el hecho de tirar los acordes. Sentía que tenía el peso de no confundirme, o sonar fuerte, o rellenar.
Con la incorporación del bajo, la guitarra se permitió volar y la base empezó a sonar más compacta. Las canciones se cargaron de firmeza y dejaron de lado la tensión. El triángulo femme se completó.

 

 

Cuando en los primeros tiempos las fechas se empezaron a suceder como una avalancha, Las Piñas se sorprendieron. “Creíamos que era porque éramos dos chicas”, confiesa Antonela. “Pero después nos dimos cuenta de que no era por eso. La banda suena bien. Si fuésemos una mierda, no tocaríamos en ningún lado.”

 

Otro elemento vital en la constitución del grupo son las redes sociales. Ellas tienen cuentas en Facebook, Twitter, Instagram y Tumblr, donde permanentemente están generando contenidos. Son más activas que en sus perfiles personales, dicen. “En el mundo de hoy no sólo importa la música que hace una banda sino todo lo que construye alrededor de las redes sociales”, cree Antonela. “Nosotras tenemos un manejo de redes que es muy intensivo y rompe bolas. Estamos en todos lados. Y subimos cosas todo el tiempo. Eso a la gente le llega y termina haciendo que la banda guste.”

 

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Las Piñas creen que es vital tocar. Por eso, mientras planean la salida de primer disco, meten —como mínimo— dos fechas por mes. “Siempre tuvimos en claro no quedarnos en La Plata”, dice Sofía. “Si no, te terminás moviendo en un circulo. Y queremos que nos escuche otra gente en otros lugares”. El tour de la banda incluye cada vez más recorridos por la autopista que las conduce a Capital, incluso más allá. “La apuesta es salirse del lugar fácil y cómodo en el que uno se mueve”, agrega Antonela. “El gueto no nos gusta. Tratamos de escapar de la idea de las bandas que tocan en los mismos lugares con las mismas bandas.”.

 

Nueve son las canciones que Las Piñas grabaron para su primer disco, que está en proceso de mezcla y masterización. Composiciones que, cuentan, siguen la misma línea estética de «Costa Este»: guitarras con reverb, cortes de batería pujantes, lírica playera. “Hay algunas más cancioneras, pero intentamos evitar eso”, cuenta Sofía. El objetivo parece ser el impacto a partir de temas cortos, directos y fuertes. Cachetazos.

 

El álbum todavía no tiene fecha de salida. También es una incógnita si el ahora trío lo editará de manera independiente o lo hará bajo un sello. “Pensamos qué nos podría aportar el sello que nosotras solas no podamos resolver. Te puede pagar el cedé, todo bien, pero qué más”, dice Antonela. “Tenemos una gran dicotomía”, avanza. “Hasta qué punto queremos ser parte de un sello o hasta dónde encajamos sin ser parte de un gueto. Ése es el tema de los sellos, que agrupan a bandas que tienen un sonido similar.” Y ellas tienen su marca de agua. Diferente al resto.