Ilustración: Emilio Utrera
Había una vez un hombre. Trabajador, de clase media, sin problemas económicos, con una familia que lo supo apuntalar desde su infancia en Quilmes. Mientras cursaba en el secundario, hizo changas en una librería, fue kiosquero y trabajó de empleado en una cervecería. “No hables de Perón fuera de casa, eh”, lo adoctrinaban. El hombre quiso ser cura. No llegó a meterse en un seminario pero lo atraía el hecho de tener una vocación de servicio sin recibir dinero a cambio, aunque terminó desistiendo porque no estaba dispuesto a cumplir con el celibato. A los 18 años, trabajando en el Servicio Nacional de Agua Potable, fue elegido por sus compañeros como delegado y encabezó una huelga de más cincuenta días en reclamo de mejoras salariales. Poco después, ya convertido en un referente para sus colegas, fundó una mutual de trabajadores. El hombre mejoró sus estudios, empezó a crecer profesionalmente y trabajó para varias consultoras como especialista en financiamientos para proyectos de saneamiento ambiental.
Cuando era pibe, el hombre iba a la cancha con su padre. Los sábados a ver a Argentino de Quilmes, que quedaba ahí nomás de la casa. Y los domingos, el plato fuerte: Independiente. Hasta que un día a este hombre, ya cincuentón, casado con Claudia, con tres hijos grandecitos y a la espera de los nietos, se le ocurrió unir su vocación sindical con el amor por su club. Y conoció a otros hombres que eran como él. Amaban a la institución, también eran socios, querían colaborar y sumarse sin fines de lucro para levantar una entidad gloriosa que estaba derrumbada.
Y el hombre llegó. Su nombre empezó a rebotar en las radios partidarias. Con el lema de “barrer la suciedad” abrió la tranquera y se metió en el chiquero. Sabía algunas cosas, sospechaba otras, pero se sorprendió con muchas más. Tuvo que hacer de contador, de abogado, de director técnico, de psicólogo, de empresario, de policía. Quiso terminar con el negocio de los barrabravas. Los denunció públicamente. Los enfrentó cara a cara y ante las cámaras. Es la historia de un hombre que se tenía fe. Confiaba en que no podía ser tan difícil. Y por un momento el hombre pudo. Los sacó. Por ese entonces, ya conocía todos los sectores de la cancha: había estado en la tribuna, arriba de los hombros de su padre, había pasado por la platea y ahora se sentaba cómodo en el palco presidencial. La pelota entraba y desde la popular aplaudían su iniciativa audaz e inédita.
Pero el hombre era parte de un sistema. Y empezaron a dejarlo solo. Pidió apoyo y todos se corrieron. Sus colegas lo miraban como a un loco. “El loco solo no hace nada. Pero el problema es si apoyamos al loco”, decían. Los políticos solo lo llamaban para la foto. En su teléfono llovían las amenazas. Una tarde, veintisiete barras coparon su oficina en la sede social del club. Llegaba a su casa y esperaba impaciente que el insomnio diera paso a las pesadillas. Adelgazó una decena de kilos. El equipo iba en caída libre. Y tocaron el fondo juntos. “Después de la muerte de mi padre el descenso fue lo más triste que me pasó en la vida”, sentencia.
Ya estaba en el baile y entonces el hombre bailó. Se montó en un personaje que ya no tenía un rumbo cierto. Evitaba frenar en los semáforos y miraba para todos lados cada vez que iba a buscar su auto a un estacionamiento. “¿A dónde te creés que vas con la honestidad?”, le gritaron y esa frase le quedó impregnada para siempre.
Un día el hombre atendió el teléfono. No era una amenaza más. Lo estaban invitando a un bar para contarle de qué manera lo iban a matar.
—¿Extraña algo del fútbol?
—No, la verdad que no. Sentí como que después de un terremoto empecé a gozar un poco de la tranquilidad. Viví momentos de mucha tensión, mucha zozobra y ahora volví a descubrir otras cosas, aquella tranquilidad que antes no valoraba, ahora la valoro. Estoy mucho tiempo con mi familia. Y trabajo todo el día para recuperar económicamente lo que perdí.
—Cuando se metió en el ambiente, ¿cuánto sabía, cuánto imaginaba y cuánto lo sorprendió?
—Imaginaba. El fútbol es muy complicado. Y juegan mucho los resultados. Si uno actúa bien, no solamente por eso va a obtener una respuesta positiva; necesitás ganar. Y a veces no depende de vos. Pero aprendí a convivir con eso. Hay muchos agentes endógenos: los árbitros, los representantes, los dirigentes. Y también la Policía, la Justicia, el periodismo, la política… trastoca todo.
—Pasado el tiempo, ¿qué le pasa cuando se ve por televisión peleando cara a cara con el líder de la barra brava?
—Una vez me pasaron las imágenes en un programa y la verdad me sorprendieron mucho. Hoy no lo haría. Hoy pienso, ¿cómo hice eso? Pero seguro que tenía “la gorra” de presidente y no actuaba como hubiese actuado yo. Estaba cumpliendo un rol. Y sabía también que ellos no me iban a poder hacer nada porque yo tenía mucha exposición pública. Ojo, por otro lado, a la noche cuando volvía a mi casa iba mirando por los espejos del auto para todos lados, no paraba en los semáforos y si se me acercaba una moto tenía cierto temor. A fin de cuentas soy un ser humano.
—Usted estaba en el rol de presidente pero su esposa y sus hijos no, lo miraban por la tele.
—Sí, claro. Ellos sufrieron muchos, fui injusto, no me podía poner en lugar de ellos. Sufrió toda la familia por culpa mía.

Javier Cantero llegó a la presidencia de Independiente en diciembre de 2011. Agarró la pesada herencia que le dejaba Julio Comparada. Lo primero que buscó hacer fue sanear económicamente al club. Mientras lo intentaba, iba viendo cómo salía expulsada la mugre de abajo de la alfombra. Nunca quiso enfrentarse al expresidente de la AFA, Julio Grondona, porque sabía que eso significaba cavar su propia tumba. Su lucha contra los barras fue inédita, valiente y absolutamente fuera de contexto, en un ambiente acostumbrado a vivir en la mugre. Las peleas con Bebote, líder de la tribuna del Rojo, se convirtió en oro en polvo para el periodismo hipócrita que lo levantaba en andas o lo dejaba caer, de acuerdo a los intereses del caso. Le pusieron el traje de El Quijote, aunque su mujer dice que hubiera merecido más el de Sancho Panza. Y quedó contra las cuerdas en un sistema enquistado al que ni se le ocurre pensar en modificar algo. El 21 de abril de 2014, mientras estaba en Misiones acompañando al plantel en la derrota ante Crucero del Norte por la B Nacional, un grupo de barras montó una carpa en la puerta del country El Carmen, donde vive con su familia. Fue demasiado. Dos días después, Cantero presentó la renuncia.
—¿El ejemplo tan cercano del descenso de River lo hizo reflexionar en la manera de tratar a Julio Grondona?
—Totalmente. Teníamos una estrategia, miramos mucho lo que pasó en River. También con el tema de los jugadores, tratamos de incorporar gente de experiencia. Pero esto es el fútbol: todos quieren al Tecla Farías de 9 y al Tolo Gallego de técnico, hasta que uno no hace goles y el otro pierde el partido y el estúpido soy yo que se me ocurrió traerlos… A mí me ponían banderas en la cancha que decían “Tolo o muerte” y después me pedían que lo echara. En el caso de Grondona sabía que no teníamos que pelearnos. Y estaba muy en el límite, porque si yo hablaba mal de las barras y decía que no había que pagarles estaba exponiendo a los que lo estaban haciendo… pero me cuidé mucho de no hablar mal de él.
—¿Cómo era Grondona?
—¿Cómo era? Era como un Viejo Vizcacha. Tenía muchas frases de esas que quedan para la historia. Era un personaje y actuaba de esa manera. Una cosa era verlo en la AFA y otra en su casa, con la faja, una malla, ojotas y medias. El era el presidente de la AFA, así hay que definirlo. Si vos me preguntás qué es lo que más me gusta de mi vida te diría mis hijos o mis nietos. Si le preguntabas a Grondona, te decía “que soy el número dos del mundo. Que soy vicepresidente de la FIFA. Que todos vienen ¡acá! Ahí donde estás vos a pedirme tal cosa”. Ese era el rol que le gustaba. El problema es que en la AFA todo lo decidía él. Desde los negocios más grande hasta los árbitros de todos los partidos. Te voy a contar una experiencia. Un día dije voy a ir a presenciar el sorteo de los árbitros. Siempre mandábamos a un empleado de menor rango pero quería ver cómo era. Llego y al lado mío se pone un dirigente que solía ir y cuando arrancan a poner las bolillas, me dice: vas a ver, tal partido, fulano. Sacan… Y sí, fulano. Yo dije: bueh, fue suerte. A la cuarta vez que me dice este partido lo dirige mengano, sacan la bolilla y efectivamente era mengano, yo no sabía qué hacer… Ahora me río, pero ahí me di cuenta que el tema era arreglar bien con Grondona qué arbitro querías y después tenías “la suerte” de que salía sorteado. No sé cuál es el sistema pero funciona. Y ahí te das cuenta que en los detalles se te pueden ir los partidos.
—¿Cómo siente que lo veían sus pares?
—La mesa chica no me quería, lo tenía claro. Pero lo que notaba es que le pegaban más al que saliera en mi apoyo. La idea que había era “este es un loco, pero si salen varios a bancarlo este loco ya se convierte en peligroso”. Entonces el problema no era yo sino los que me apoyaban.
—Los dejaba expuestos.
— (se toma unos segundos) Pensemos bien de los dirigentes, pensemos que tienen miedo de los barras. Y es lógico. Pero al mismo tiempo cuando vos vas a ser dirigente sabés que hay barrabravas, entonces no te podés hacer el desentendido. En realidad, no es que tienen miedo porque les digan “sé dónde estudia tu hija”, el tema es que los barras disponen de mucha información del club. Y si alguien se quedó con el pase de un jugador, con un porcentaje, o si una obra salió más barata y la pasaste como más cara, los barras lo saben. Y después los amenazan con eso. Los tienen agarrados. Son rehenes. Yo sé cómo son las cosas, sé de negocios, pero en el fútbol está todo más preestablecido. Formaba parte del paisaje. Si en la administración pública cobrás una comisión, te denuncian y podés ir preso… Acá no estaba mal visto, era lo que correspondía.
—En el fútbol, honesto es sinónimo de boludo.
—Sí, para ellos, sí. El fútbol tiene otros códigos, otros valores. Hay que ganar o ganar y, si jugás un clásico, querés ganarlo en el último minuto y mejor si es con un gol con la mano, para que se queden más calientes. Sinceramente no lo entiendo. En el fútbol para mí hay tres clases de asistentes a los estadios: los hinchas comunes, los hinchas comunes que se ponen violentos, que cuando el 9 se come tres goles lo esperan a la salida para putearlo, y los barrabravas, que no son hinchas porque cobran o viven de eso. Por eso digo que hay que sacar a la Policía y a las barras, que son los dos males que se potencian.
—Los dirigentes tienen miedo y son funcionales. ¿Y los políticos? Ellos también le soltaron la mano.
—Los políticos te dan respaldo individual, personal, que no está mal. Yo hablé con todos los del Gobierno. Me llamaron Sergio Berni, Abal Medina, Capitanich, Ricardo Alfonsín, Gabriela Michetti, la ministra de Seguridad… pero me respaldaban en cuanto a la seguridad mía. Y el problema era otro, era el sistema. Algunos te llamaban solo para la foto, otros no.
—¿Pero encontraba respuesta en la lucha contra el sistema?
—No. Es que sabés cuál era la respuesta cuando Independiente se fue al descenso: “ven cómo le fue a Cantero por lo que hizo”. Si a mí me hubiese ido bien habría sido un muy mal ejemplo para ellos.
—¿En algún momento se la creyó? ¿Pensó que les había ganado a los barras?
—Quizá me la “creí” en el momento que les apliqué el derecho de admisión a los barras para que no entraran y efectivamente no entraban. Esos que me decían “vos no vas a poder”. ¡Sí, se puede! Yo pude estar dos años sin que entraran los jefes de la barra. La pasé mal, obvio. Pero si hubiésemos sido unos cuantos los que buscábamos eso, si hubiese una política de Estado… Acá los barras tienen vínculos con los políticos de primer nivel. A mí una vez me dijeron “¿A usted el que lo molesta es Bebote? Quédese tranquilo, le ponemos cocaína en la camioneta, hacemos que lo paren en cualquier operativo de tránsito y chau. Va preso un par de años y se lo saca de encima”. Pero inmediatamente después yo tenía que arreglar con el comisario de la zona y poner al nuevo jefe de la barra… Una locura. No iba a meterme en ese sistema.
—¿Cómo fue el día que lo llamaron para decirle cómo lo iban a matar?
—Me llamó una persona, se presentó como el hermano de un barra brava que estaba detenido y me citó en un bar. Decía que sabía cómo iban a matarme y quiénes lo iban a hacer. Que su hermano había trabajado con barras de Independiente en el asalto de blindados y bancos. Lo primero que hice fue la denuncia y el juez me cableó todo (se pasa la mano por el pecho), me puso micrófonos y me mandó al bar a juntarme con ese tipo. En la puerta había una combi con efectivos que escuchaban todo. Y bueno, me dijo que iban a matarme barras de otros clubes, sicarios, que iban a esperar que estuviera solo por la calle y que ese día la barra de Independiente iba a estar en otro lado, en algún evento público, para demostrar que no habían tenido nada que ver con el crimen. La Justicia pinchó los teléfonos y las conexiones eran ciertas. Era cierto que su hermano era barra, que estaba detenido, que tenía vínculos con la barra de Independiente y que habían participado de varios robos. Todo cerraba.