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aquí hay ciencia liberada

el gato y la caja

Que la carrera espacial se haya convertido en un hito de la cultura de masas no es raro. La hazaña de meter a un hombre en un cohete y mandarlo a la luna es toda una proeza. Sin embargo, la ciencia no siempre ha gozado esa suerte. Por lo general, la mayoría de los descubrimientos pasan inadvertidos para gran parte de la sociedad: el bosón de Higgs, los efectos del GDF11 o el Homo naledi se transforman así en eslabones perdidos en medio de esa marea de conocimiento que brota de los laboratorios. Pero, ¿por qué tiene que ser así? ¿Por qué la ciencia tiene que estar confiada a un círculo selecto, sólo a aquéllos que entienden el comportamiento de las partículas?

 

El proyecto El Gato & La Caja nace como una urgencia frente a esa necesidad. Si bien la divulgación científica ha dado pasos agigantados en los últimos años —de la mano de Adrián Paenza, Mariano Sigman y Diego Golombek, entre tantos otros—, el camino que queda por desandar es enorme. “Para empezar, necesitamos que la ciencia abandone los auditorios y vuelva a tocar en bares”, rompen el hielo Pablo González, Juan Manuel Garrido y Facundo Álvarez, creadores de este experimento multiplataforma que no sólo riega de ciencia la web, sino que ofrece contenidos en radio (con una columna semanal en Vorterix), en formato físico (en un anuario-libro) y en vivo (a través de charlas y eventos).

 

La propuesta es más que interesante: toman hechos de la vida cotidiana, relatos, anécdotas lo más pop posibles, los mastican y les meten ciencia de prepo. “Es la lógica del Caballo de Troya. Te muestro una cosa, pero en realidad te estoy hablando de otra”, revela Juan Manuel. Bajo ese método, por ejemplo, publicaron artículos sobre drogas psicodélicas para explicar cómo reacciona nuestro cerebro cuando soñamos; tomaron el tema de los zombis como excusa para hablar de virus y epidemiología; y se metieron un poco con el Mundial para hablar de álgebra y combinatoria. “La idea es dar la promesa de que se trata de algo pasatista, que no requiere tanto esfuerzo epistemológico, y de golpe aparecen conceptos y estás aprendiendo algo nuevo”, agrega Pablo.

 

La intención de fondo no es enseñar, sino contagiar la mecánica del pensamiento científico: primero la duda, después la pregunta, luego la investigación y, al final, la evidencia y la verdad. “Abrazar esa forma de ver el mundo nos permite entender cómo funcionan las cosas y tomar mejores decisiones sobre nuestras vidas”, sostiene Pablo, y aclara que con algunas cosas no concilian: la religión, la magia y las terapias alternativas: “En eso somos fundamentalistas”.

 

En casi dos años, El Gato ha crecido tanto que ya no cabe en sólo seis manos. Ha cosechado miles de visitas en la web, más de 78 mil seguidores en Facebook y de 19 mil en Twitter. Sus creadores andan con ganas de hacer “algo” audiovisual. “No nos molesta decirlo: somos unos mercenarios”, reconoce Pablo. “Podemos hacer cualquier cosa con tal de comunicar ciencia. Lo importante es entender a la construcción colectiva del conocimiento como un acto poderosamente transformador y a la comunicación pública de la ciencia como un gesto político. Cómo se haga es otro tema.” Ahora sus creadores andan con ganas de hacer “algo” audiovisual. “No nos molesta decirlo, somos unos mercenarios, podemos hacer cualquier cosa con tal de comunicar ciencia. Lo importante es entender a la construcción colectiva del conocimiento como un acto poderosamente transformador y a la comunicación pública de la ciencia como un gesto político. Cómo se haga es otro tema”, reconoce Pablo. Y, como quien no quiere la cosa, baja a la ciencia del pedestal, la ubica junto al resto de los mortales y da cuenta de que una idea que no se embarra las patas duerme tan tranquila que corre el riesgo de volverse inerte, irrelevante, intrascendente.