Fotografía: gentileza de prensa
No pegues porque tenés la mano pesada, le decía siempre su mamá. El profesor de tenis intentaba enseñarle la técnica perfecta, con movimientos coordinados y con estilo. “Yo no quería hacer el golpe lindo, yo quería reventarle la costura a la pelota”, recuerda. Y extiende la línea de puntos. “El lanzamiento de martillo en esencia me dio eso: ‘tomá, reventalo’. Después te das cuenta que es súper técnico y hay una maestría, pero en ese primer momento me encantó: agarrá esto y tiralo lo más lejos que puedas.”
Jennifer Dahlgren dio la vuelta completa. Ahora mira hacia atrás con otros ojos y para adelante con una nueva mirada. Resignificó todo. Giró como lo hace en la pista y revoleó como lo hace con esa bola de plomo de cuatro kilos a la que llaman martillo. A los 14 años fue la primera vez que vio que la aguja de la balanza se corría hacia la derecha del 100. Fue una infancia dura en el colegio, marcada por el bullying, que ni siquiera tenía nombre por ese entonces. Pero ella fue poniendo cada cosa en su lugar. Le encontró una vuelta. Un giro. Un nombre. Maneras diferentes de hacer catarsis: con un poema que todavía sigue en el cajón, tirando el martillo lo más lejos posible o con el libro de cuentos infantiles que estará disponible en las vidrieras desde octubre.
“En el colegio sufrí mucho por mi diferencia física, por ser muy grandota. La verdad es que me hicieron padecer momentos muy feos. Y en la pista de atletismo descubrí que lo que los chicos usaban como algo negativo para burlarme, que era mi cuerpo, en la pista pasaba a ser mi ventaja”, relata Jennifer, la deportista argentina que en Río de Janeiro representó al país por cuarto Juegos Olímpico consecutivo.
De todo esto se trata el cuento “El Martillo Volador” que saldrá en octubre encabezando el libro que lleva ese mismo nombre. “A veces, ser diferente nos lleva a ser extraordinarios. Tenés que encontrarle la vuelta positiva”, lo resume. Y vuelve a girar hacia atrás.

Hija de Irene Fitzner, velocista argentina que participó de los Juegos Olímpicos de Munich 1972, Jennifer vivió su infancia en Estados Unidos, hasta que la familia decidió regresar al país. “Vine sin hablar el idioma, apenas sabía un par de palabras en español. Y encima, así gigante. Me gritaban ‘machona’ porque me gustaba jugar al fútbol y la única manera en la que me relacionaba con chicos de mi edad era con el deporte. Pasé por todos. Pero una vez fuimos con mi hermano al Cenard y empecé a lanzar el martillo. Y me encantó.”
Sola. Parada en el centro de un círculo. Protegida por una jaula de metal semiabierta. Sin demasiados requerimientos técnicos. Era ideal para la preadolescente que tenía pasión por el deporte y la necesidad de lanzar un montón de cosas que llevaba adentro.
“En cuanto al lanzamiento hago mucha catarsis personal, porque es donde yo dejo de lado todos mis problemas y me concentro en el martillo. Después, en los cuentos, hago catarsis de otra forma, de un modo más maduro, por los valores que les quiero transmitir a los chicos. Es un proyecto que me encantó, me enamoró. Lo hice con mucha pasión. Antes escribía algunos poemas, pero para mí, los tengo en un cajón, no se los mostré a nadie.”
Tres veces campeona sudamericana, ganadora de un Panamericano juvenil y medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de 2007. Llegó a Río con la cabeza despejada, sin tantas presiones, con las mismas ganas de competir que de disfrutar. La eliminación en la fase de clasificación no alteró demasiado sus planes. «Yo sé que no soy sólo un mal resultado. Mi carrera deportiva no depende de eso», dijo tras quedarse sin la chance de llegar a la final.

—¿Qué te pasa cuando ves que el fútbol ningunea a los Juegos y casi no se presenta?
—Nosotros como sociedad creo que somos cómplices. Que los chicos se saquen la medalla de plata apenas se la ponen y que no la valoren, es porque les estamos exigiendo que sean medalla de oro o nada. Los deportistas amateurs lo vemos muy diferente. Tenés a los futbolistas, pero al mismo tiempo tenés a Paulita Pareto que cuando sale segunda en un Panamericano alza al rival y festeja también por ella. Eso hay que valorarlo. El deportista amateur lo tiene inculcado; el fútbol tiene la presión que todos le generamos. Es fácil estar de este lado, del nuestro; es difícil estar en la cancha y sentir la presión. Porque el triunfo es de todos pero el fracaso es individual. El “crítico del sillón” es muy duro.
—¿Entonces se entiende que haya diferencias?
—Sí, pero el problema es otro. Antes de viajar para Brasil me acuerdo que fui a comprar a la vuelta de mi casa y el vendedor me dice: “Che, qué tremendo esto de Río”. Yo pensé que me iba a hablar del Zika o de la cuestión política. Pero no. Me dijo: “Qué terrible que el fútbol no tenga para pagar el hotel”. Y bueh, ahí le contesté, “sí, pobre el fútbol”. Qué le voy a decir. Se pierde el olimpismo. Ya estamos acostumbrados, pero lo vivimos tan intensamente que el resto no nos afecta.
—¿Qué te gustaría que le pase a los chicos cuando lean tu libro?
—El libro pasa por dos ideas. Por un lado, que se acerquen al deporte y conozcan aquellos que no son tan tradicionales. Y por otro lado, apunta al bullying, la timidez, el trabajo en equipo… El libro demuestra que el deporte te ayuda a superar obstáculos más allá de un resultado deportivo. Lo veo como una plataforma para hablar de un montón de temas culturales con los chicos.