Conocí a Carlos Jáuregui en 1993. No puedo precisar el mes. Fue un sábado lluvioso por la tarde de esos inviernos crueles con los que a veces nos sorprende Buenos Aires. Estábamos reunidos en un aula con vidrios rotos de un segundo piso de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, en la calle Púan.
Poco tiempo antes, un grupo de intelectuales, profesores de la universidad, activistas de derechos humanos, estudiantes y referentes del feminismo habíamos constituido el partido del Frente por la Democracia Avanzada (FDA). Parte de nuestro proyecto consistía en renovar a esa izquierda ortodoxa fascinada por los overoles. Aggiornar la agenda para nosotros/as significaba, por ejemplo, entrar en diálogo con Carlos Jáuregui y con su agrupación Gays por los Derechos Civiles (Gays DC). Desde el supuesto universalista de la igualdad, queríamos ensanchar las fronteras del concepto de ciudadanía.
Pasó unos meses y el FDA alquiló una oficina en el pasaje Carlos Ambrosio Colombo, en pleno barrio de Balvanera. En fin, allí pasamos gran parte de nuestros días de ese año, y del siguiente también, treinta y nueve activistas, encerrados como si ese departamento fuese nuestro búnker. Nos abroquelaba un afronto: diseñamos una campaña política en torno a las reivindicaciones gay-lésbicas junto con la despenalización del aborto, y así salimos al espacio político de 1993.
Entonces Carlos empezó a venir a nuestra oficina una y otra vez, pero nunca solo. La oferta era más que tentadora. A Gays DC se les abrían los portones del pasaje Colombo como a la clase obrera el paraíso. Yo siempre estaba por las tardes, intentando decorar sus paredes roídas por el descuido. Había colgado un póster de uno de los exuberantes modelos negros del fotógrafo Robert Mapplethorpe: de esa manera les dábamos una bienvenida homoerótica a nuestros colindantes. De Carlos recuerdo sus anteojos grandes de marcos marrones, sus mechones rubios, el bozarrón de locutor de radio mezclado con un seseo infantil. Era atento, observador y, por momentos, yo creía escuchar que hacía preguntas sobre mí a los demás. Le llamaba la atención que mi marca en el orillo fuese Bellu, una abreviatura de mi apellido paterno. En ese momento no tengo presente que hayamos entablado un diálogo. Con el pasar del tiempo y con el ritmo vertiginoso y el ajetreo de la campaña política en plena parada gay, entre la avenida Santa Fé y la avenida Callao, con una remera puesta que decía “Todos somos homosexuales”, pudimos hacernos compinches y divertirnos con nuestras ingeniosas acciones.
Hoy la comunidad GLTTBI nos trae una noticia para celebrar: la nueva estación de la línea H de Subterráneos, en esa esquina emblemática, tendrá una parada con el nombre de Carlos Jáuregui, en conmemoración del 20º aniversario de su fallecimiento.
* Mabel Bellucci es activista feminista queer. Integrante del Grupo de Estudios sobre Sexualidades (GES) en el Gino Germani-UBA y de la Cátedra Libre Virginia Bolten de la UNLPlata. Autora de Orgullo. Carlos Jáuregui, una biografía política (Emecé, 2010).